Todas las familias felices se parecen

Gatica al fondo

Por Soledad Masip.

 

Esteban maneja atento, pero con el rabillo del ojo vigila a Nora, su madre, que viaja en el asiento del acompañante. ¿Qué estoy haciendo? Piensa, la misma pregunta se hacía Nora cuando él era un niño y ella acarreaba los trastos.

-Bajá por Gatica, vamos a Gatica al fondo – dice Nora, por segunda vez, confirmando la ruta y el destino.

Aunque la numeración de la calle sea ascendente bajarán por ella en dirección al río, aunque Gatica al fondo es un balneario con nombre Esteban no necesita descifrar, las coordenadas maternas son, para él, una lengua.

Los días de la temporada furiosa han pasado. Esteban le prometió a Nora que la iba a llevar, ha estado retrasando la promesa. Hace años que él elige la pileta o más bien veranea poco, | sólo quince días y si puede se va. El estacionamiento no está completo, de todas formas, Nora baja impaciente se apurada por hacerse un lugar, pero la asalta la efusividad del verano y la detiene. Esteban se para junto a ella y ven el río como un latigazo sobre el lomo del desierto. La brisa perenne hace aletear las hojas de los álamos y un sauce viejo llora en un remanso, ahí, justo donde el agua mordió la tierra.

El río ya no ocupa todo el cause original, cada tanto unas rampas de cemento facilitan el acceso a la costa. Esteban ve que su madre las ignora, ella agita los brazos y logra estabilizar el cuerpo con una torsión intuitiva. Busca una piedra firme, tantea, algo se derrumba bajo su pie gordo pero la piedra se encaja y el pie siguiente desciende.

Esteban se apura, le extiende la mano, pero Nora lo tranquiliza 

-Estoy bien- 

-Qué necesidad tenés mamá de bajar por ahí- reprocha Esteban- la bajada está a cinco metros-

Nora se da vuelta mira las garitas de los bañeros, los canteros y los autos pasar a metros, le cuesta atrapar todo el tiempo en el paisaje. La primera vez que recuerda haber estado ahí era un basural, pero el río fue lo único que vio. Su abuelo le dijo al oído entonces, este es el fin del mundo y tanto la impactó que no recuerda la otra orilla.

-Dame la mochila, al menos- insiste Esteban.

-Estoy bien, te digo. Me pinchan las piedras nomás-

 Esteban repara que Nora lleva las sandalias ya en la mano y la mochila colgada por delante, las quejas no tenían solución eran astillas del encono. 

Caminan sobre las piedras que se achican hasta volverse arena, y otra vez piedras en el lecho del río turbulento. Él sabe que su madre no duda, pero teme. Ella podría estar frente a la cosa buscando estrategias horas y si aún no encontrara una cierta se lanzaría, sobreviviría y habría que ir a buscarla a la provincia vecina. Los rescatistas lo juzgarían por abandono, y ella se lanzaría contra su pecho estableciendo que lo quiere igual, así defectuoso y poco atento. Todo se arruinaría y habría que reiniciar el plan.

 

Mientras Esteban otea la orilla como un baqueano Nora recoge su vestido, ella le toma el brazo, caminan lento, el agua helada los contrae y anuda ese gancho de brazos hasta sentirse del propio hueso. El equilibrio es fundamental, no resbalar, sortear la corriente y llevar el peso. El de Esteban es un cuerpo acostumbrado al peso de su madre. Pesa menos que decidir qué comer, qué vestir, cómo vivir y menos, mucho menos, que esa chica que no era tan buena.

-En diagonal mamá, si haces fuerza en contra es más difícil-

 Avanzan rápido, a la velocidad del río, Nora se esfuerza, pero el gancho ahora es bisagra y quedan espalda con espalda, ella grita, alerta al bañero. Esteban hace señas que están bien, sólo quedan unos metros, el agua le llega a la cintura, en dos movimientos la endereza.

 Nora tiene la tentación de mirar atrás, espía entre su hombro y el de Esteban, que está mucho más arriba, los autos, los canteros, las garitas de los bañeros, las rampas. Una mamá extiende una lona, un nene apila piedras, un adolescente busca su grupo y un heladero exhausto se moja la cara. El sol recorta la imagen y el ruido del agua apenas deja pasar un murmullo al otro lado.

Lo logró ella está ahí disponiendo el campamento, no habrá que ir a buscarla a ningún lado, es un buen hijo. Busca piedras para las esquinas de la lona que su madre ha desplegado a la sombra de dos árboles que forman un arco junto a la orilla.

El la ve entrar de a poco al brazo manso de la isla. En el remojo Nora se ablanda y antes que se deshaga Esteban se zambulle, la rodea, la toma de los brazos y la deja ir con la corriente cumpliéndole su último deseo.

 

 

Soledad Masip

Cajera, escritora.

Nací en 1979, por vicisitud de las guardias médicas en Cipolletti, pero soy neuquina. Hace nueve años trabajo en un supermercado, soy Auxiliar de Línea de Cajas.

En 2021 me anoté en un taller de escritura, quería aprender, conocer herramientas y transitar los procesos de producción literaria. A los pocos meses abandoné. 

En 2023 volví a intentar y el tallerista nos abandonó. Entonces ya había tomado confianza y la encontré a Marian. 

Ahora hay algo más que curiosidad, hay aprender con otros, hay esfuerzo, hay disfrute en escribir.

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