Todas las familias felices se parecen

Mediodía

Por Adriana Fernández


A Tito lo conocí una mañana de domingo a mitad del otoño balcarceño. 

Yo lidiaba con las malezas  tratando de hacer revivir la huerta, cuando un bocinazo en la tranquera, detuvo la furia de mi tironeo con los yuyos. Lo último que deseaba era recibir visitas. Estaba cansada, mugrienta, las manos llenas de tierra, y el trabajo a medio hacer. ¿A quién se le ocurría caer así?  El hombre  había estacionado en la entrada apuntando a la tranquera, y al bajarse de la camioneta tuve la impresión de que se desplegaba. Era  alto como un árbol. Envuelta en una nube de malhumor  me acerqué a atenderlo. Venía vestido con ropa de domingo y una gorra azul. La vejez le delineaba el rostro pero su cuerpo parecía joven.  Resultó ser un vecino y venía a presentarse: Tito Scándola, mucho gusto, dijo, y me extendió una mano áspera y firme. Me comentó que vivía ahí nomás, en la chacra  San Miguel, que la podía ubicar por el cartel, justo  antes del cruce de las vías. Es que en el campo, los vecinos cuentan más que la familia, me aclaró, porque cuando los caminos se ponen intransitables por el barro, o cuando hay alguna urgencia, los primeros que llegan son los vecinos. Y así me puso al tanto de los usos y costumbres de mi nuevo hábitat. ¿Cómo  se le responde a la generosidad  de un absoluto desconocido, al que además no le había pedido nada? Solo me salió decirle gracias, y  de compromiso. 

Cualquier cosa que necesite ahí en la chacra siempre hay alguien, dijo, usted vaya nomás y nosotros encantados de recibirla y darle una mano en lo que necesite.  

Yo no conocía  los códigos del lugar. Y él había caído tan de repente, y la camioneta encarando la entrada con tanta confianza, que en mi cabeza todo eso tenía un solo nombre: invasión. Iban a tener que pasar varios meses para que me acostumbrara a esta nueva sociabilidad. Al fin entre desconfiada y curiosa (me pudo la curiosidad)  lo invité a pasar; así conoce a mi marido y charlamos un rato, le dije. Nos sentamos los tres en la galería a compartir unos mates. 

Hacía  pocas semanas que habíamos comprado con Alberto la chacra que era de los Ruiz. Se la compramos junto con los nogales, la huerta, las flores, el caballo y el gato.  

Nuestra chacra estaba  a pocos kilómetros del pueblo de Balcarce, y  a ochocientos metros de la ruta cincuenta y cinco. Desde esa ruta salen decenas de caminos de tierra que conforman una red, y comunican un conjunto de chacras de tres, nueve, como mucho treinta hectáreas. Todas rodeadas de sierras bajas y alguna que otra laguna. A diferencia del campo  de cientos o miles de hectáreas, el campo de esta zona del sur de la provincia de Buenos Aires tiene otro paisaje: las extensiones  son  pequeñas, los dueños viven en su tierra, y la trabajan con sus manos. 

 Tito nos contó la historia de los Ruiz, nos puso al tanto de los vecinos que nos rodeaban, y de las anécdotas descollantes del pueblo. Y  entonces le pregunté sobre los muchos carteles de venta de  chacras que se veían a lo largo de la ruta. Tantos que se iban, y nosotros llegando. Parece una liquidación de tierras, le dije, ¿qué es lo que pasa?

 ¿Sabe?, dijo, y se le dibujó una mueca de pesar en la boca,  la gorra giraba nerviosa entre sus manos como si la amasara. Luego continuó: todos acá, tenemos miedo a tener que dejar la tierra cuando ya no podamos trabajar. Es como que en una mano llevamos la pala, y en la otra la muerte.

 Pero imagínese: el monte de eucaliptos, que protege mi casa del Pampero, lo hicimos en familia. Las semillas nos la regaló un vecino. Luego las bolsas  para armar los plantines las cosió mi mamá. Con mis hermanas pusimos la tierra en cada una de esas  bolsas, y sembramos las semillas. Cuando los plantines tuvieron un metro de altura, todos ayudamos a plantarlos. Ese monte  creció con nosotros. Luego me casé, y con mi mujer –que Dios la tenga en la gloria- nos hicimos cargo del tambo y de la elaboración de los quesos; mis hermanas se encargaron de la quinta y de las aves. Siempre vivimos de esa tierra  ¿Cómo voy a irme? ¿A dónde? Si en esa chacra están todos los momentos de esta vida que tengo. 

Pero mis hijos no. Ninguno. No sé que pasó, pero no quieren. Los tres se fueron a vivir al pueblo, continuó él. Me hablan de vender la chacra, porque un no sé quién quiere comprarla para invertir en cabañas turísticas. Están convencidos que es un buen negocio. Solo hablan del dinero, de si les alcanza o si no, de lo que pueden comprarse, y solo sueñan con eso.  Cuando vienen a visitarme, me explican  que a sus mujeres no les gusta el campo, y que la vida en el pueblo es más fácil y más limpia. La semana pasada fue mi cumpleaños, me trajeron un abrigo de regalo, que compraron en el pueblo seguramente el día anterior;  su madre en cambio tardaba veinte días en hacerme un abrigo, pero ese abrigo traía el olor de las manos de Lidia, sus historias, hasta sus estados de ánimo venían enredados en los puntos de ese abrigo. Pero ellos no lo entienden.

Bueno, los tiempos cambian, le dije. Y aunque sentía que era un consuelo estúpido, también era una verdad.

Yo creo que es la plata, dijo él, la plata tiene esa magia de la rapidez, ¿vio?;  los deslumbra y no ven el truco. Acá, aunque hay mucho de otras cosas, hay poca plata.

Y era verdad. Todo ese paisaje que nos rodeaba: la sierra y su faldeo verdísimo, el monte con sus eucaliptus, acacias y laureles, el amarillo de los benteveos revoloteando entre las ovejas, los macizos desprolijos  de jacintos y lirios que eran como un ruego. Todo, todo ese paisaje parecía pertenecerle solo al sol. 

Una orgía de abejas se congregaba en nuestros tímpanos. Indiferente a todo un caballo pastaba  en el borde del alambrado. De golpe un relincho, y galopó en estampida hacia el monte. Las crines al viento, el brillo del sol sobre el lomo negro, y el ritmo de los cascos retumbando en la tierra: era un caballo y eran miles.

 Y no sabés qué hermoso. No sé a quién se lo dije. Vaya a saber. No lo dije. Eso resbaló de mi boca.

 El que dijo fue Tito: Libertad, pronunció. Y barrió el aire con el brazo extendido señalando al caballo como si presentara a un elenco, o a una diva, o a un rey. Lo dijo como quien nombra. Y  enderezó su espalda,  como si  ese nombrar lo pusiese de pie. 

Parecía un árbol.

Tito había dicho tanto, que no se me ocurría nada mejor ni más interesante para agregar.  Pero  fue él quien retomó la palabra: ¿Y ustedes?, preguntó, ¿por qué se vinieron de Buenos Aires?

Vaya pregunta, pensé. En realidad, no sabíamos porque nos habíamos mudado. Pero me salió decirle que en unas vacaciones pasadas,  habíamos descubierto que en el campo, entre la mañana y la tarde,  existe el mediodía. En busca del mediodía nos vinimos, fue por eso, le dije.

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Adriana Fernández

Psicóloga y escritora.

Nací en un pequeño pueblo del oeste de la provincia de Buenos Aires que se llama América. Migré a la ciudad de Buenos Aires para seguir estudiando y me recibí de psicóloga. Migré a un pueblo costero y construí una hostería. Migré al campo y cultivé lavandas.

Mi lugar más estable son los libros de mi biblioteca. Me reconozco migrante y lectora.