Amanecer
Por Mariana Sinisi
Abre los ojos, el día está soleado. Desde la ventana observa las copas de los árboles de la plaza que no tienen hojas. Da lo mismo qué día es, odia su trabajo. Riega las plantas: dos potus y una especie de palmera morada que ocupa gran parte de la superficie del departamento, un monoambiente de 30 metros cuadrados que habita desde hace unos meses. Nunca, en sus 55 años había vivido sola, pero siempre se sintió sola. Tampoco viajó, pero cree que le gustaría vivir en otro país. Se viste con el mismo uniforme de todos los días, piensa en la palabra “uniforme” y la deprime tanto como el color marrón de la camisa que la obligan a usar, cree que si fuera anaranjada su vida sería otra. Se asoma al balcón, hace frío, un pájaro atraviesa el cielo y por unos segundos, fantasea con volar.
Antes de salir, retira del bolsillo del saco un cartelito con su nombre y se lo abrocha. Se mira al espejo, lee el cartelito -dice ablA- no sabe qué decir, piensa que quizás sea por la falta de ortografía y se queda unos segundos mirando su nombre como si quisiera encontrarle un sentido a su vida, se da cuenta que pierde el tiempo.
Trabaja en el mismo lugar hace más de 30 años y sabe que su trabajo carece de relevancia, lo confirmó cuando la trasladaron a una oficina olvidada del subsuelo donde están amontonados esos archivos que ya nadie necesita. Cumple las horas esperando que alguien vaya a consultar algo, sucede cada vez menos. Todos los días, Alba se asoma a la única ventana de la oficina, mira hacia arriba y ve un pequeño cuadrado de cielo recortado por las paredes sucias del pulmón del edificio, nunca entendió la idea de llamarle así a esos huecos en los edificios. Mira hacia abajo, el hollin y la oscuridad se mezclan hasta transformarse en un agujero negro cuya profundidad se vuelve infinita. Como si fuera un juego, todos los días intenta encontrar indicios del fondo de ese hueco, pero no lo logra.
Cuando regresa al departamento ya es de noche, con las verduras que compró de pasada prepara una sopa y se sienta en la cama, con la mano corre la humedad condensada en el vidrio de la ventana, ve una paloma muerta en la cornisa del edificio vecino y piensa que las palomas siempre mueren solas. Toma un poco de sopa y mira otra vez la paloma. Recorre con la vista el departamento como si tratara de recomponer su vida, parece cansada, quizás de trabajar toda la semana. Como cada noche desde que vive sola, intenta arrancarse el anillo de su mano izquierda, eso y las plantas son lo único que conserva de su matrimonio, observa las plantas y piensa que quizás ocupan mucho espacio. En ese momento ve que a un potus le faltan algunas hojas, se pone los anteojos y descubre una oruga blanca con rayas grises y unas púas que le cubren el cuerpo, la mira comer la planta y piensa que ella también fue un potus para su matrimonio y su trabajo. Le gustaría ser alguna vez, la oruga.
Se pierde en las imágenes de su propia historia y descubre que no recuerda haber hecho algo solo para ella, vuelve a mirar a la oruga, piensa que tener esas púas podría ser una ventaja.
Esa noche, Alba se queda dormida acurrucada en un rincón de la cama, como si intentara desaparecer. Cuando despierta, vestida aún con la camisa marrón, siente que le falta el aire. Abre la ventana, se arranca la ropa como si quisiera arrancarse la piel y queda desnuda frente al espejo.
Por unos minutos permanece con la mirada fija como si el reflejo no le perteneciera, luego desliza lentamente las yemas de sus dedos sobre su piel y se acaricia los brazos hasta quedar abrazada a sí misma. Inmovil, continúa sintiendo su piel y ese abrazo mientras su garganta se hace un nudo y los músculos de sus ojos se esfuerzan por contener las lágrimas.
Observa su cuerpo: tiene un aspecto pálido y blando, con algunos pliegues de grasa que se superponen. Los agarra con sus manos como si intentara reconocerlos, lleva tantos años sin mirarse que no recuerda cuando aparecieron. Por el espejo ve una parte del potus y se acuerda de la oruga, se acerca, observa sus movimientos y su forma y cree que sus cuerpos se parecen. Entra una ráfaga de aire y se le eriza la piel -ahora también tengo púas- , piensa y por la especie de sonrisa que aparece en su cara, parece gustarle.
Cierra la ventana y mientras se abriga decide cuidar a la oruga con la ilusión de que se convierta en una mariposa.
Durante el fin de semana la observa detalladamente y se da cuenta que no sabe nada acerca de orugas ni de cómo criar mariposas.
Se va temprano a trabajar y cuando regresa por la tarde, entra al departamento con una caja de cartón vacía que consiguió en la calle, le hace algunos agujeros con un tenedor y la deja a un costado. Saca del bolso tres libros y comienza a estudiar, el que más le gusta es uno que se llama “El ciclo de las mariposas” : tiene imágenes y explica en detalle las diferentes etapas. Piensa en ese proceso y lo imagina doloroso, se pregunta si las orugas sentirán dolor y se le ocurre que seguramente se les olvida una vez que vuelan. Imagina que volar debe ser muy hermoso, tanto como para suprimir el dolor.
Los primeros días observa a la oruga devorarse el potus y duplicar su tamaño. Coloca el otro potus al lado, la oruga se pasa de planta y Alba tira el potus pelado. Para evitar que se pierda, cada vez que se va a trabajar coloca la caja de cartón encima de la planta.
Esa semana, Alba pasa las horas en el trabajo dibujando mariposas en las carpetas de los archivos, las recorta y las pega en las paredes de la oficina, siente que por fin las horas en ese lugar tienen sentido.
Una mañana cuando se despierta, encuentra el potus totalmente pelado y a la oruga quieta, agarrada a la pared como si estuviera pegada. Sabe que no se va a mover hasta que se transforme en mariposa.
Los viernes son los días más importantes en su trabajo, antes de irse de la oficina debe rociar veneno sobre los archivos, su trabajo depende de la conservación de esos papeles. Pero esa mañana cuando se va a trabajar, Alba solo piensa en la oruga, se lleva la caja y tira el otro potus. En
la oficina se entretiene pintando de colores las mariposas de cartulina. Cuando regresa se saca el uniforme, lo tira en un rincón y retira de su bolso una tela similar a una gasa.
Todo el fin de semana se dedica a cubrir con la tela que compró, las ventanas y las puertas del departamento, mientras observa como la oruga se envuelve con hilos blancos hasta quedar totalmente encerrada.
A partir de esa semana, Alba decide no ir a trabajar.
Alba desconoce el tiempo que la oruga permanecerá dentro del capullo, en los libros decía que pueden tardar desde días hasta meses según la especie. Corre la cama de lugar y la arrima a la pared justo debajo donde está pegado el capullo, siente que de esa modo está más protegido. Compra alimentos por teléfono y el encargado del edificio los alcanza hasta la puerta, golpea una vez y se va. Alba espera unos minutos, corre cuidadosamente la tela; abre un poco la puerta; entra las bolsas; cierra la puerta y vuelve a colocar la tela. Se reporta enferma en el trabajo y pasa casi todas las horas del día tirada en la cama con la mirada fija en el capullo, que cambia paulatinamente de color, o eso le parece a ella.
En la pared dibuja una línea vertical por cada día que pasa y cuando llega a siete las tacha con una línea horizontal. En un cuaderno anota los cambios que observa en el capullo y cuando no puede ver ninguno, imagina lo que estará sucediendo adentro.
Lo primero que piensa es en la oruga habitando el capullo por primera vez y recuerda su primera noche en ese departamento: el espacio reducido, la ausencia de lo conocido y la desesperación por sentir su propio olor, – dura solo unos días-, dice ,mientras vacía perfume a su alrededor.
Luego piensa en el silencio y en la oscuridad, sabe muy bien de qué se trata. Coloca un velador apuntando al capullo, segura de que al ser blanco dejará traslucir la luz de la lámpara como la tela de sus ventanas deja traslucir la luz del sol y recostada sobre la cama, comienza a contarle su vida.
Le habla acerca de su trabajo, su matrimonio, los hijos que nunca llegaron y su infancia en el campo: las tardes en el río y las primaveras llenas de mariposas. Cierra los ojos y los recuerdos se reproducen en su mente, por un momento vuelve a ser aquella niña acostada sobre el pasto mientras miles de mariposas vuelan a su alrededor.
Para cuando dibuja la segunda línea horizontal, Alba ya le contó toda su vida y se da cuenta el poco espacio que ocupan 55 años.
Otra vez intenta sacarse el anillo y otra vez no puede.
El sol del atardecer se filtra a través de la gasa de las ventanas y Alba observa como el capullo se tiñe con una luz dorada. Contempla esa imagen los minutos que tarda el sol en desaparecer y antes que el capullo pierda todo el brillo dorado, enciende el velador. Olvida dibujar las líneas verticales y pierde la noción del tiempo. No le da importancia.
Una mañana de sol ve que el capullo se mueve y decide ordenar el departamento y preparar todo para el nacimiento. Lava los platos sucios y junta la basura acumulada en una bolsa; corre la cama, la ubica nuevamente en su lugar, encuentra el uniforme arrugado y por un instante se acuerda del trabajo.
Con el escobillón saca las telas de araña de los rincones mientras mata a las arañas que van cayendo. Limpia el piso y perfuma el departamento con la fragancia “flores de primavera”, se ríe, piensa que es muy literal pero es lo único que tiene.
Durante ese día se queda mirando el capullo que se mueve cada vez más. Se imagina a la mariposa volando dentro de su departamento y piensa que quizás hasta pueda conseguir más orugas y vivir rodeada de mariposas de colores para siempre.
Se queda dormida sobre la mesa, agotada por la espera. Cuando despierta ya está oscuro, enciende la luz y siente que algo vuela hacia ella. Se emociona, su corazón late fuerte y las lágrimas caen, esta vez de felicidad: por fin nació.
Alba sonríe, mira hacia la lámpara donde se escucha el golpeteo de las alas y se encandila, extiende una mano e intenta tapar la luz, es ahí cuando la ve.
El cuerpo de la mariposa es tosco y pesado con alas pequeñas y marrones. Con movimientos torpes vuela alrededor del velador: se acerca, choca contra la lámpara, se aleja y vuelve a repetir esta secuencia infinitamente.
Alba la mira, no es como se la había imaginado y la ilusión de una vida rodeada de mariposas de colores se desvanece. Su sonrisa se desdibuja y su cuerpo se derrumba en la cama. La mariposa da dos vueltas más alrededor del velador y vuela para posarse sobre el anillo de su mano izquierda, Alba la observa y acerca muy lentamente su mano hasta que sus ojos quedan frente a los ojos de la mariposa, los mira fijamente y parecen agrandarse. Contempla la profundidad de esos ojos redondos y negros y por un instante siente que la mariposa es quién la mira a ella. Como confirmando su intuición, la mariposa cierra y vuelve a abrir las alas muy despacio, las lágrimas de Alba se deslizan por sus mejillas y sonríe: por primera vez siente que no es invisible.
La mariposa vuela y Alba se seca las lágrimas con la mano, mira el anillo y se lo saca sin ningún esfuerzo. Se acerca a la puerta, arranca la gasa y sale al balcón. Respira profundamente.
Amanece y Alba entiende que todo terminó.
La mariposa da unas vueltas más y abandona el departamento. Desde la ventana se ve como el reflejo del sol dibuja filigranas doradas sobre sus alas hasta teñirlas completamente de un color anaranjado. Son esos mismos rayos de sol los que iluminan los pasos de Alba que cruza la plaza y se aleja hasta perderse debajo de las copas florecidas de los árboles.
Mariana Sinisi
Artista plástica.
48 años, estudié Artes Visuales (pintura) en la Facultad de Artes de la UNLP.
Me desarrollé profesionalmente en el área de Educación.
Este es mi primer cuento, empecé a escribir hace 4 meses.