Todas las familias felices se parecen

Los Teros

Por Ana María Vivani

 

Me despierta el grito de unos teros en medio del silencio suave y tibio del amanecer. Hay una semi penumbra en mi habitación; las sombras no dejan entrar la mañana. No identifico que me genera el sonido estridente que escapa de los picos puntiagudos.

Anoche no pude conciliar el sueño hasta la madrugada. Por eso siento la cabeza pesada. Prendo la luz del velador y después de varios tanteos encuentro el pastillero; saco los medicamentos que tomo en ayunas, los trago juntos y me dejo caer nuevamente sobre una pila de almohadas. Es la hora de pensar, me resultara imposible volver a conciliar el sueño.

Esto no me pasaba cuando había voces chillonas a mi alrededor y pasos cortitos llegando. El despe´rtador sonaba como un sirena de bomberos en mis oídos. Entonces me incorporaba arrastrando las sábanas hasta la puerta del baño, y entraba para ducharme, si no lo hacía era imposible pararme frente a los alumnos más tarde.

Un alboroto en el fondo interrumpe mi recuerdo. ¿Teros? me digo. Creo que revolotean en la bruma de mi cabeza. Me incorporo, sentada en el borde, con los pies colgando, busco a tientas las pantuflas, una seguro está debajo de la cama. Me pongo la que tengo a mano y camino hasta la ventana. La abro, el jardín ha comenzado a vivir, hay brotes, muchos verdes distintos, el aroma del jazmn que se enreda en la reja penetra en mi nariz, un murmullo de abejas, y el cuchicheo de los gorriones anuncian que la mañana avanza. Pero no es eso lo que me sorprende, es una vez más el grito de los teros.

¿Teros en la ciudad?, vuelvo a preguntarme. Aunque no imaginé que podan habitar fuera de los pastizales y las lagunas, allí están. Una pareja elegante, señorial, parada sobre el tapial. Los picos, patas y el espolón en las alas de color rojizo. Igual que el iris de sus ojos inquietos.

La frente, la garganta y el cuello negros, separados del resto del cuerpo por plumas blancas. La cabeza y los costados grises. Con un gracioso copete. Las alas también negras pero patinadas por un verde bronceado. Un ave vivaz, inquieta, de porte y elegancia natural.

Me quedo mirándolos, erguidos, balanceándose sobre el borde del tapial. De pronto abren sus alas y dar un rodeo, planean y bajan. Mi sorpresa no tiene limites cuando los veo corretear por el fondo de mi casa buscando alimento. Un remolino se enreda en mi cabeza, infinitas imágenes superpuestas me invaden y confunden.
Los imagino en el patio de mi infancia, domesticados, mi padre tirándoles pedacitos de carne y ellos devorándolos. No se por qué le gustaban tanto a mi padre estos animales.

De chica los perseguí y a su vez hui de ellos. Un mundo de sonidos antiguos retumba en mi cerebro. Los recuerdo recorriendo el campo siempre en pareja o en grupo. Cuidando el nido y los pichones. Representaban verdaderas ceremonias, para distraerme, cada vez que me acercaba a ellos; se agachaban en distintos lugares, lejos del nido o de los pichones, a veces fingían estar heridos arrastrando un ala. Si insistía en molestarlos intentaban asustarme con vuelos rasantes sobre mi cabeza.

Yo me afanaba en encontrar el nido, pero ellos siempre gritaban lejos para protegerlo. Entonces iba a caballo, desde arriba y prestando mucha atención pude descubrir alguno. Los huevos eran verdosos con manchas negras, por eso se confundían con el pasto. Ahí si que se ponan bravos, al grito furioso de teru teru pasaban tan cerca de mi cabeza que tenia que agacharme para evitar el golpe. Algunas veces pude ver los pichones, también del color de la hierba, correr fuera del nido. Eran muy graciosos, con las plumas de la cabeza formando una especie de gorra.´

Una ráfaga de aire fresco me hace regresar. Tengo hambre, es hora de desayunar. El pie descalzo se me enfrió. Tengo que buscar la pantufla pero me cuesta agacharme. Igual que a mi padre cuando caminaba lentamente, apoyado en el bastón, hasta el lugar donde los 3 ejemplares que trajo del campo lo esperaban para recibir su desayuno.
Cierro la ventana. Los teros remontan vuelo hacia algún lugar que desconozco. Seguro volverán mas tarde. O mañana.

Los que cuidaba mi padre se murieron a los pocos días que muriera él.

Ana María Vivani

 Lic. en Educación. Escritora

Ana Maria Vivani tiene  80 años.
EsLicenciada en Educación egresada de la Universidad Quilmes.
Jubilada. Nació en La Niña, 9 de Julio, Provincia de Buenos Aires. Escribió poesía, policiales, cuentos.

Ahora escribe autobiográfico.