Todas las familias felices se parecen

Fila 14, ventanilla

Por Mónica Barone

 

 

Cuando el avión comenzaba a carretear para despegar, el pasajero de al lado se puso a acomodar, en el bolsillo del asiento de adelante, una serie de objetos: un libro gordo de tapas negras con letras blancas y doradas, un cuaderno chico anillado con rayas multicolores en su frente, dos lapiceras -una azul y otra roja- con sus tapones respectivos, una bolsita tipo ziploc con dos Titas, una tableta de dulce de leche de esas bien tucumanas, unos caramelos de menta y un cubo mágico. Dispuso el libro más abajo, en el fondo. Encima ordenó lo demás: el cuaderno alineado, las dos lapiceras en forma vertical -que cuidó que quedaran bien derechas- y la bolsa de golosinas a la izquierda, asegurándose de que el cierre fuera hermético. Solo retuvo en sus manos el cubo de caras multicolores.  

Mientras despegábamos, como un autómata, desarmó la uniformidad del cubo y, con movimientos rápidos, devolvió a cada cara su color… azul, rojo, amarillo, blanco, naranja y verde.

Luego, abrió la mesita rebatible, tomó el cuaderno y se puso a escribir, eligiendo la lapicera roja, mientras disponía muy prolijamente la azul a un costado.

No podía dejar de mirar de reojo sus movimientos. Noté que no escribía en el cuaderno abierto, sino en la parte de atrás de los papeles de votos de la reciente elección política. Por mi sentido de la austeridad, pensé que era de los míos. Esforzaba mi vista, intentando divisar algunas palabras. Su letra era pequeña, muy redonda y prolija, dibujada en el papel sepia sobre unos renglones marcados con otro color.

Demasiado. Me intrigaba cada vez más. Era un vuelo de apenas hora y media, ¿hacía falta tanto entretenimiento? Hasta su postura me parecía extraña. Este tipo ya me comenzaba a asustar. Su torso grande y gordo me tapaba la luz de la ventanilla. Se inclinaba mirando hacia afuera, como un paracaidista midiendo para saltar.

Yo bullía por escribir todo esto tan extraño que estaba sucediendo a mi lado… ¡pero no tenía con qué! Mi celular estaba en la cartera en el portaequipaje y tenía del otro lado un señor dormido, no quería despertarlo. Tampoco tenía papel, solo mi libro del momento y mis anteojos. Resignada, agudicé la vista para intentar leer alguna de las frases que él seguía escribiendo, y quizás así descifrar un poco de su peculiar universo.    

Entonces, así como con mi hija inventamos las historias de la gente que está cerca, me tenté de hacer lo mismo: podría ser un tipo de oficina, un  yuppie, que trabaja en esos edificios espejados, lujosos, que pretende hacer gala de su extravagancia con esta puesta en escena; o quizás un paciente de algún psiquiatra que, para controlar su trastorno obsesivo compulsivo, administra esos elementos como cuidadosas dosis de ansiolíticos; o uno de esos que asisten a cursos para perder el temor a volar, y que, aterrado, toma uno a uno esos elementos que subliman sus miedos en un dulce bocado, unas palabras o  un clic clic de un juguete catártico.   

En un momento divisé la servilleta que la azafata me había dejado con el café y decidí pedirle al vecino de asiento la lapicera azul, porque con la roja se había puesto a escribir de nuevo. Hablé a su espalda, subí el tono, un poco más; me pregunté si también sería sordo. Tuve que tocarle el hombro con mi dedo, y recién reaccionó, sorprendido y me la prestó, amable.   

Mis letras comenzaron a llenar ese mínimo papel, con el temor de que se acabara sin poder registrar todo. Por un instante imaginé que quizás él también podría escribir algo sobre mí: alguna fantasía sobre la vieja entrometida de su lado, sola, apretada entre dos tipos, que no dejaba de mirarlo de reojo sin timidez.

Advertí que se había puesto un poco incómodo al prestarme la lapicera; cada vez más inquieto, volcaba su cuerpo sobre la ventanilla, pegando la cabeza al vidrio, mirando, desesperado, suponía yo, hacia tierra firme.       

Atinó a tomar la bolsita, tan misteriosa como todo lo demás: golosinas de la infancia, esas que pone una madre para los recreos. Sacó la Tita y se aseguró de que la bolsa quedara cerrada, sin aire. El que parecía sin aire era él. Pero tal vez haya sido sólo una idea mía. 

Mientras tanto, había vuelto a ese juguete, a desarmarlo y componerlo en escasos minutos que me parecieron décimas de segundos. Me tenté de preguntarle cómo lo hacía, pero me quedé callada mirando de reojo su pulóver gris con motitas oscuras.

El viaje ya llegaba a su fin. Quise leer mi libro, pero estaba muy perturbada. Entonces él tomó el último objeto de su colección de viaje y se puso a leer el suyo.  

Para esa hora yo ya estaba obsesionada. La vista se me cruzaba intentando mirar al costado, hacia su libro, pero con mi cabeza al frente. Había puesto el señalador prolijamente en una de las últimas páginas. Para mi sorpresa, era algo que yo también siempre hacía. No sé por qué veía coincidencias entre este tipo y yo. Pude leer el título “Buenos Aires y España”. Y se me ocurrió otra antojadiza conjetura… quizás estudiaba para diplomático.

Al oír el anuncio de que ya podíamos descender,  me apresuré a salir por sobre mi vecino dormido, antes que todos los demás se levantaran, porque tenía un vuelo de conexión. Tomé mi abrigo, mi cartera, y un poco más adelante, me volví a mirar hacia donde había estado sentada: el hombre sobre el pasillo aún dormía y, en la ventanilla, no había nadie. Me pareció extraño. Muy pocos de los pasajeros se habían levantado.  

Esperando el equipaje me di cuenta de que no le había devuelto la lapicera. Por eso, y por pura intriga, no dejé de buscarlo. No lo vi en la manga, ni en las cintas, ni en las salidas. Me asomé incluso a la pista, como si aún pudiera verlo bajando por la escalerilla, el cubo de colores en la mano. Nada.

Entonces recordé al empleado del mostrador de la aerolínea, cuando me dijo:

–Solo quedan los asientos del centro, señora, y la ventanilla de la fila 14. Pero ese asiento… nunca se chequea.

–¿Cómo que nunca? —le pregunté.

Él levantó la vista, incómodo, y murmuró apenas:

–No pregunte, señora. Desde hace años, nadie viaja allí. Ese asiento vuela vacío.

Desconcertada, con la lapicera azul en la mano, me dirigí hacia la puerta 48, siguiendo al malón de gente, para tomar mi próximo vuelo. Afuera, los altavoces repetían indicaciones, las cintas giraban…   todo parecía seguir un mismo libreto.

 

Mónica Barone

Escritora.

El amor por la literatura nació con ella, en su Tucumán natal. Ha publicado cuentos en diversas antologías junto a otros autores y, en 2024, presentó su primer libro, Un infinito en el corazón. Escribe relatos donde lo cotidiano se entrelaza con lo poético y lo inesperado. Cultiva su pasión en talleres literarios con reconocidos profesionales de Tucumán y Buenos Aires.