Flores de Ceniza
Por Carla Guerra
Eran las nueve cuando Mónica despertó enajenada en el sofá. La tele del cuarto del fondo sonaba a todo volumen. Con la hornalla encendió el primer cigarrillo del día, quería dejar de fumar, pero no era un buen momento. Como un portazo dado desde adentro, un pensamiento la golpeó: su madre había muerto y ella estaba atada a su hermano, otra vez.
Miró hacia el pasillo, buscando algo que interrumpiera su realidad, y encontró en las paredes sus cuadros, desnivelados, torcidos, pintados por ella en otra vida. Había olvidado su obsesión por copiar los Jardines de Monet. Había estado tan cerca de ser otra persona, casi famosa, casi feliz.
La puerta del dormitorio de Mauricio estaba entreabierta. Su hermanito se había convertido en un hombre grande, canoso, pesado y de movimientos blandos. Los domingos miraba las carreras desde un banquito de madera, que el mismo había pintado de verde cuando estaba en cuarto grado. Tenía la mirada clavada en la pantalla y sus manos flojas se agitaban como banderas; gritaba con palabras guturales y carcajadas.
Mónica siguió de largo hasta la habitación de su madre, fumando con pitadas cortas, el humo le salía por la nariz y por los ojos. Las manos le temblaban; pensaba en la plata, en el quilombo, en la condena. Vació los cajones, se desplomó sobre la cama y, con los dientes se arrancó los pellejos de los dedos. Las uñas ya no existían, se las había comido durante el funeral. La ceniza caía alternadamente entre el cubrecama floreado y la alfombra.
Mauricio apareció de la nada, llenando todo el ancho del marco de la puerta.
− No toques sus cosas. Mamá no quiere. Mamá no descansa en paz si tocamos sus cosas − Repitió dos veces, como un recordatorio para él y para ella. Una vez parecía no ser suficiente para entender todo ese desmadre.
El sol se filtraba por la tela floreada de las cortinas cuando Mauricio comenzó a tararear una melodía. “Había una vez una gata con una manchita negra en la trompa que vivía en una ventana…”. Mónica recordó la canción e intentó cantarla en voz alta. Al oír la música, una gata blanca, escuálida y traslúcida bajó del ropero dando vueltas alrededor de él. Otra herencia, otra trampa, pensó.
− Es mi hora de la leche, Moni − dijo mirándola fijo, jugando a no pestañear, con su boca entreabierta y sus ojos achinados, demasiado cerca el uno del otro. Mónica se ató el pelo con un rodete y aplastó el filtro del pucho contra el pastillero apoyado en la almohada.
− Dale − exhaló entre dientes − Vamos a la cocina.
La canilla goteaba y la cañería tocía igual que ella. El aire tenía un olor tan denso y grasoso que raspaba su garganta. Lavó una de las tazas que había dentro de la pileta; la otra se le cayó y se rompió. Abrió la heladera y olió dentro del cartón de la leche. Recordó que a Mauricio no le gustaban los grumos, así que mezcló con fuerza las tres cucharadas colmadas de cacao y calentó la chocolatada en el microondas durante 50 segundos. A Mauricio le gustaba tibia, también recordó eso; mientras tanto el segundo cigarrillo del día se consumía entre sus dedos sin siquiera notarlo.
El piso del baño estaba mojado y las piedras de la caja de la gata impregnaban el aire con la orina. En la canilla de la bañera colgaba un calzoncillo y entonces las preguntas le llegaron de a cientos: ¿se lo habrá lavado solo?, ¿desde cuándo estaría ahí?, ¿tendré que lavar calzoncillos por el resto de mi vida?
− No abras la ducha. Mamá murió. Ya no tengo que bañarme más − Mauricio sonrió, apoyándose en la puerta del baño ocupando todo el hueco. El tercer pucho de la mañana quedó enterrado en la caja de las piedras de la gata, no llegó ni a las tres pitadas, el asco pudo más que su deseo por la nicotina.
Mauricio dejó el almuerzo por la mitad, Mónica había olvidado que no le gustaban los fideos recalentados y sin levantar la vista, miró como el cuarto cigarrillo se consumía en el borde del plato, dejando caer las cenizas sobre la pintura descascarada y verde de la mesa.
El calor de la tarde se volvía insoportable, el ventilador no arrancaba y la casa parecía ahogarse también. El zumbido de la heladera, el crujido del parquet, la vibración de las moscas contra la mesada y el maullido de la gata se mezclaban con la pesadez del aire. Ya había hurgado en cada rincón, buscando algo de valor, algo de dinero, pero nada. Solo encontró pensamientos atorados, recuerdos de un pasado borroso y rancio.
Entonces Mónica pensó en el patio, en la soga de la ropa, las baldosas grises, la medianera del vecino, las tres macetas de cemento y en la cápsula del tiempo. Necesitaba salir de la casa y encontrarla. Abrió la puerta de chapa y empujó el mosquitero, cegada por el sol encendió otro cigarrillo y, con la primera bocanada de humo abrió los ojos. Ninguno de sus recuerdos coincidía con lo que estaba viendo.
El césped cortado, los canteros impecables y alegrías del hogar en flor. Hortensias azules en una esquina; azaleas y milenramas en la otra. Un estanque pleno de nenúfares rosados, brillaban bajo la luz de la tarde. Mauricio apoyado en el gomero con la gata en brazos, como si llevara horas parado ahí.
− Mamá murió. Yo cuido el jardín ahora. − La brasa caliente del cigarrillo le quemaba los dedos, pero Mónica no podía salir del asombro, se acercó a uno de los maceteros y cortó una margarita. El tallo estaba húmedo, era real.
− Es hora de regar. Mamá no descansa en paz si no riego − Mauricio sabía contar hasta diez y lo hizo en reversa: cinco, cuatro, tres, dos, uno. Los aspersores se encendieron y una bruma hecha con la llovizna del agua de riego dibujó un arco iris en el aire.
El cigarrillo se consumía lentamente y la ceniza estaba por caer sobre un rosal, pero ella puso su mano y la atrapó. .
− Mamá plantó estos rosales. Yo ayudé, vos no estabas − agregó.
La gata comenzó a dar vueltas sobre un montículo de tierra removido, sin pasto, sin flores, sin nada, Mauricio la miró, sonrió con toda su cara y le acercó una palita de plástico. Mónica la tomó sin hablarle, sin hacer preguntas, se arrodilló y empezó a escarbar, sosteniendo el cigarro con la comisura de los labios.
A la tercera palada algo la paralizó: una lata de galletitas oxidada, sellada con cinta de enmascarar y atada con hilo de algodón. La levantó en silencio, la mantuvo entre sus manos y cerró los ojos. Se vio sentada bajo un rosal, el día del funeral de su padre junto a la voz de su madre diciéndole: Lo único sobre lo que no tenemos poder es aquello que enterramos.
Se dio cuenta que estaba llorando, las lágrimas caían mezcladas con la tierra de sus manos y el sudor de su cara. Recordó a su madre, devolviendo cada una las becas ganadas para la escuela de arte, rompiéndole sus dibujos, cancelando sus viajes, llamando a la ambulancia, sacándola de la bañera y gritándole: No podés abandonarlo. Sos la única que lo entiende.
Ella cumplía los dieciocho cuando la internaron; él cumplía los catorce. En aquel verano, Mónica dibujó casi a diario mientras que Mauricio la seguía con un tarrito de pintura verde pincelando todos los muebles de la casa.
Destapó la lata y un olor rancio la golpeó directo en la cara. El cigarro cayó dentro del pozo. Todo estaba ahí, acurrucados en el fondo, un He-Man sin brazos, tres autitos, una birome, un pincel seco, una rosa aplastada dentro de un libro y dos sobres.
En el primero, escrito en imprenta mayúscula: MAURI 1998. En el interior, una hoja doblada en cuatro que Mónica leyó con las manos temblorosas.
“Cuando sea grande quiero tomar chocolatada todos los días. Mirar las carreras los domingos. Quiero tener un gato. No quiero bañarme más. Quiero que Moni sea mi hermana para siempre”
El segundo sobre era de su colección de papeles de carta y estaba escrito en cursiva, Mónica: No abrir hasta que seas vieja. Dentro halló unos dibujos y una nota.
“Quiero ser artista. Quiero ir estudiar arte a Paris. Quiero que mis cuadros se exhiban en la Galería Lafayette. No quiero volver acá nunca más. No quiero que mi hermano me siga todo el día. Quiero tener mi propia vida”
Los dibujos permanecían intactos. En una de sus acuarelas, Mónica se había dibujado a sí misma. Era una mujer parada a la distancia, recortada en el fondo del cielo, delineada con un vestido blanco arremolinado por el viento sosteniendo una sombrilla. De fondo un jardín lleno de amapolas rojas y hierbas altas bañadas por el sol. Una de sus mejores interpretaciones de Monet.
En la otra, su hermano dibujado de espaldas, vestido de azul, de pie en un camino de tierra rodeado de girasoles apuntando hacia él. Detrás se veía la casa, desdibujada entre las sombras.
Mónica no supo si eran lágrimas guardadas por años, si eran nuevas o si solo era impotencia. Tal vez por no haber guardado algo de plata en la cápsula del tiempo; o quizás algo filoso. Solo escuchaba la voz de su madre saliendo de la lata, saliendo del pozo, diciendo: Vos sos fuerte, él no puede solo.
Mónica dobló las cartas con cuidado y con la birome azul agregó en mayúscula la palabra MÁS a su sobre. No abrir hasta que seas MAS vieja, y subrayó la palabra No.
− Mamá murió. Ahora podés dibujar flores acá Moni.
Buscó en su pantalón pero los cigarrillos se habían acabado. Miró sin parpadear su jardín doméstico, a través de la humedad de sus pestañas y, en silencio, enterró todo nuevamente. La lata, el paquete de cigarrillos vacío, sus recuerdos y sus sueños. Los de Mauricio también, aunque él ya tenía todo lo que había deseado.
− Mamá murió. Ya no tenemos que enterrar nada más − sentenció Mauricio como una plegaria sobre la última palada de tierra que cayó sobre la tumba de la lata.
− Son las nueve, Mauri, entremos, ya casi es de noche − La gata saltó de los brazos de Mauricio y desapareció por la medianera del vecino.
Mónica se puso de pie y miró dentro de la profundidad del estanque, ahora teñido de rojo bajo el atardecer. Otra herencia, otra trampa, pensó.
− Son las nueve, Mauri − repitió, como recordatorio para él y para ella. Una vez parecía no ser suficiente para arreglar todo ese desmadre.
− Es la hora de la cena − dijo él, y le extendió la mano. El cielo ya había cambiado de color
Ella comenzó a tararear una melodía, luego agregó la letra a la canción: “¿Qué otra cosa puedo hacer? Si no olvido moriré y otro crimen quedará, sin resolver”.
Derrotada tomó su mano para entrar a la casa. Tras cerrarse la puerta desde adentro, un pensamiento la golpeó: su madre había muerto y ella estaba atada a su hermano, otra vez.
Carla Guerra
Arquitecta, ilustradora y escritora.
Soy Carla Guerra nací el 30 de marzo de 1976, Buenos Aires y vivo desde el 2007 en Lago Puelo, Chubut. De profesión, Arquitecta egresada de la UBA y Escritora e Ilustradora de alma. Estudié artes plásticas y comencé a adquirir herramientas para mejorar mi escritura desde hace algunos años, asistiendo a talleres, seminarios y cursos, tanto en línea como presenciales. En 2019 publiqué mi primer libro infantil ilustrado llamado El Tren de Clara como una búsqueda autobiográfica. Este libro fue el puntapié para querer desarrollarme como escritora.
He realizado talleres de poesía, escritura creativa, narrativa y algunos vinculados con la crónica, despertando mi interés en la escritura de cuentos especialmente. Acompaño a veces, mis textos con ilustraciones propias, indagando en la creación de escenarios e historias a través del arte en todas sus formas. Sostengo además, un espacio virtual en dónde comparto mis trabajos: www.losrelatosdecarla.com