Todas las familias felices se parecen

Los rituales del frío

Por Clara Leis

 

Encargar la leña es asumir el invierno. Hacerle lugar en el patio para acopiar su voluminosa tonelada, esa, que la salvará de los días grises e inhóspitos y hará de su llegada a casa el momento más esperado.

Antes, tendrá que coordinar el día con la leñera y correr con la suerte de que no llueva los días previos al acordado. La leña húmeda es casi peor que el frío.

Hace doce años colocaron la estufa. Lo recuerda, porque fue el primer invierno con bebé en casa, desde ese entonces pasaron por tres leñeras. La primera era siempre impuntual y el precio de la tonelada aumentaba cada año más que el promedio. La segunda llevaba tamaños que no entraban en el calefactor y les prometía astilla colorada que nunca llegaba. A la de ahora, llegaron por recomendación de un amigo. Son cumplidores, laburantes, un emprendimiento familiar que ha crecido poco a poco. En cada reencuentro de un invierno a otro, entre carretillas llenas de monte que van y vienen, transcurre una charla amena. Conversan sobre el negocio y cómo viene la temporada, hablan de los hijos, recuerda a su hijo mayor por el nombre y le pregunta por la escuela. La charla es amable y fluida. Pero él está atento, sostiene la conversación sin bajar la guardia, mientras relojea que el volumen de la tonelada sea similar al año pasado. Confía, sin dejar de sospechar.

Puede evocarlo, porque ha sido espectadora de la escena año a año, pero lo cierto es que nunca se ocupó. En el reparto azaroso de los haceres domésticos, ese lo tomó él.
Desde entonces, es él quien año a año marca el cambio definitivo de estación. El invierno comienza el día que encarga la leña.

Este año será distinto.
A comienzos de año, acordaron que lo mejor era separarse. Era verano y el invierno todavía estaba lejos. Nunca pensaron que a su llegada, todavía vivirían juntos.
Desde esa conversación hasta ahora los movimientos han sido lentos, tanto que son casi imperceptibles. Acordaron que él se iba. Él tiene un lugar, ella no. Pero ¿cómo se mueve alguien que está paralizado?
Ella identifica otra vez la quietud, la capacidad menguada para tomar decisiones. ¿Por qué iba a suceder algo distinto de lo que venía siendo?

El invierno ha sido en la vida compartida, el fuego, la comida humeante, la copa de vino, los cuatro en casa. El frío, la lluvia y los días grises, despiertan en ella una alerta casi animal, instintiva, no se le ocurre otra opción que aglomerarse y armar refugio.
Sin embargo, este año el impulso es otro, quiere desaglomerar, desunir, necesita que de una vez por todas se desate el desarme.
El calendario avanza y se ve atrapada. Siente que si el invierno llega, ya nada es posible. ¿Quién se va cuando todo el mundo se establece, se queda, se guarece, se demora? ¿Una crueldad nacida de dónde, le permitiría dejarlo ir?
¿Será que siente culpa, porque acordaron que él se va y ella se queda? ¿Será que siente miedo, porque él se va y ella se queda?
Quizás ambas.

Ninguno de los dos menciona el asunto. Ella piensa que si todavía no la encargó, no va a llamar, es parte de empezar a dejar su lugar. Ella debería descifrar cuál de todos los imanes que cuelgan de la heladera es la actual leñera. Pero no lo hace. Poner en evidencia la intención de resolverlo es un acto violento, de usurpación, de expulsión. El mensaje es claro, encargará la leña que los abrigará en el invierno, a los habitantes de esa casa, a los que de quedan, que ya no serán cuatro, sino tres.

El amanecer se demora todos los días unos minutos, las mañanas muestran sus señales. Agrega una manta más a cada cama. Guarda las chancletas y pone en uso las pantuflas. En la cuadra, el otoño agoniza. Los árboles desvestidos de amarillo muestran sus ramas desnudas.

Va metida en sus pensamientos calle abajo, y al doblar la esquina, a mitad de la cuadra, justo en la puerta de su casa está el camión de la leña descargando.

Clara Leis

Es psicóloga. Escribe.

Soy urumex, nací a mediados del 79, en México, en el exilio de mis padres. Vivo en Montevideo desde hace 40 años.


Soy psicóloga. Desde niña me cautiva el mundo de las palabras. Me gusta escuchar, leer y a veces me animo a escribir.