Todas las familias felices se parecen

El bretel

Por Ana Clara Bérgamo

 

Sin ropa, sin prisas, cansados, transpirados. Ya no nos corre la urgencia por tocarnos, ya cubrimos la cuota de este año. Ahora descansamos, en este tenernos por un rato.

Agus está recostado en el centro del king size, ocupando todo el espacio entre las almohadas. Me siento sobre él y empiezo a improvisar unos masajes en su pecho, sus hombros.

_ Te estoy amasando como a mi barro _ le digo.

_ Me gusta ser un hombre de barro_ sonríe, mientras se deja modelar por mis manos.

Me seduce esta confianza que construimos en años de encuentros casuales. Entre palabras y caricias, lo amaso en la penumbra. Desde mi ubicación tengo una panorámica del cuarto, de la noche que se asoma por el ventanal y dibuja los brazos de los árboles en la pared y el techo (como sombras chinescas), de la cama toda.
Veo su cuerpo en primer plano, veo las sábanas que delatan el juego terminado, veo asomándose debajo de una almohada algo negro, y es lo último que veo. Ahí se queda clavada la mirada y, como si me hubiesen tirado un cubito de hielo por la espalda, me paralizo. Me tienta pausar la acción, pero la necesidad de disimular es más fuerte. Trago saliva, sigo hablando en susurros con las manos en su cuerpo, pero mis ojos se quedaron fijos en el bretel negro.

“No está solo”. Pienso.

Hago el esfuerzo pero me cuesta distinguir qué le sigue al bretel. Trato de alcanzarlo, tirar de él, pero esta siendo aplastado por un cuerpo, un peso muerto, que hace inútil cualquier acción.
Estoy con Agus, intento seguir estando acá, pero mi otra yo no puede evitar buscarle historias a lo que está viendo. El bretel que podría ser de un camisón, de una chica con quien la cosa va en serio, porque le deja su ropa interior debajo de la almohada. Ese pedacito de tela que seguro tiene una biografía, tiene nombre, tiene dueña.

Ahora siento celos. Estoy incómoda, tengo una mezcla de curiosidad y bronca. Me duele imaginarlo con otra mujer. ¿Qué cosas hacen juntos? Seguro comparten el sueño, el mate, viajan a España a visitar a su familia. Ella lo espera cuando él se va a filmar a Tailandia, lo escucha tocar el piano. Él le enseña a comer sushi mientras ella juega con la gata prestada del vecino y es la protagonista de sus películas, de su vida.

Estoy celosa, estoy celosa de un bretel que me grita: “no sos la única, no sos especial.”
¿En qué momento pasó? ¿En qué momento empecé a ocupar este lugar de amante relajada y casual? ¿Por qué no soy la chica del bretel? ¿Porque no quise quedarme a dormir en la segunda cita? ¿Ese fué mi error? ¿O porque decidí mudarme de país? ¿O porque nunca le pedí que fuéramos algo más?

Pretendiendo iniciar un juego, intento inútilmente, mover su cabeza para alivianar la almohada y llegar al bretel, no puedo. Le clavo los dedos en el omóplato, indignada.

_ Eso dolió.
_ Perdón_ lo beso en donde casi le hago un moretón.

Mientras lo beso, pienso: “a mí también me duele, yo quiero ser la dueña del bretel, quiero que lleve mi nombre impreso. Quiero tener un lugar en su cama, debajo de la almohada. Quiero ser ese camisón a quien él acaricie todas las noches. Quiero quedarme, dejar de ser la invitada. Quiero observar sus sueños, abrazar sus neurosis, quiero ser el bretel. El de él, el de alguien.”

Agus se incorpora, ignorante de la madeja de pensamientos que me invaden, y me envuelve en un abrazo, nos empezamos a acariciar y volvemos a quedar entrelazados. Me distraigo por un rato del bretel, aunque sé que está ahí.

Cuando terminamos ya no hay tiempo entre-sábanas. Satisfecho dice:

_ Perdón, no te digo que te quedes porque estoy un poco neurótico para dormir.

_ No me iba quedar, mañana madrugo_ miento.

Empiezo a buscar mi ropa. “La camisa y el short quedaron en el living” pienso, mientras muevo las sábanas recuperando el resto. Encuentro la bombacha, sigo buscando, muevo el acolchado y, con más luz, descubro que lo que se asomaba debajo de la almohada y me había estado increpando, era el bretel de mi propio corpiño, todo este tiempo fue él.

Ana Clara Bérgamo

Artista plástica, restaudora y docente.

(Buenos Aires, 26 de septiembre de 1984)

 

Es actriz y artista plástica. Reside en la Ciudad de México.

Se recibió como licenciada en Artes Combinadas (UBA).

La escritura siempre estuvo presente en su vida pero empezó a desarrollar más su faceta de escritora, desde hace 3 años, a partir de los taller dictados por Mariana Mazover.

Fue colaboradora en Farsa Mag, redactando crítica teatral.

Actualmente trabaja como actriz y ceramista, desarrollando su propia línea de cerámica, Querida Clara.