Todas las familias felices se parecen

En una relación (con el mar)

Por Marcela Goizueta

 


Él y yo no nos parecemos. Yo soy más previsible y estable; en cambio, él siempre se manifiesta diferente.
Capaz eso es lo que me atrae del mar. Abro las cortinas y lo veo: unas suaves ondulaciones apenas, sobre su
superficie gris, como si una profunda nostalgia lo cubriera. ¿Será que añora las mañanas cálidas del verano?
No, esa soy yo.
Hacia la orilla, la rompiente blanca moja una y otra vez la arena. La espuma de mi café con leche se le
parece.
Para escucharlo en su esplendor, me gusta ir a las playas de Quequén. No sé qué sucede en ese lugar —quizá
sea la pendiente más empinada, o la presencia de piedras—, pero su música es única: las olas que vienen,
suben, explotan y se desplazan. Y entre una y otra secuencia de sonidos, un segundo de silencio absoluto
que desconcierta y, al mismo tiempo magnetiza.
Qué privilegio compartir junto al mar estos tiempos mansos y sin prisa de mi presente.
No sé en qué momento dejé de entrar al mar. Prefiero quedarme en su orilla y esperar a que la espuma
moje mis pies. De niña disfrutaba de esa sensación de elevarme y bajar con las olas, y por un momento no
tocar el fondo como si el mar me acunara.


Miro por la ventana. Hoy el mar celeste se continúa en un cielo más claro, infinito. Está calmo, pero no va a
durar mucho. Sobre su superficie veo pequeñas ovejitas blancas que advierten su cambio de humor para
dentro de un rato.
La rompiente está cerca de la orilla, amable, con olas pequeñas que se desenrollan lentamente hasta quedar
estiradas sobre la arena. Hace mucho frío; imagino el agua helada y mi cuerpo se estremece.
Por la calle pasa El Astro, un personaje de la ciudad, pateando su pelota y seguido por tres perros. En un rato
estará desvistiéndose para desafiar al mar y al invierno.
A lo lejos distingo un chorrito de agua que brota como un manantial: una ballena. Durante el invierno, estas
criaturas gigantes y tiernas pasan a saludarnos. ¿Por eso estará fastidiándose el mar? ¿Porque pierde
protagonismo? Se enoja y lo expresa: ruge, avanza sobre la arena y deja aquello de lo que quiere
deshacerse. Lo envidio. Mis enojos son para adentro, implosiones en mi mente.
Abro la ventana para que el viento sur traiga su aroma a sal. Una ráfaga fría me obliga a cerrarla
rápidamente.

Abro las cortinas y veo todo gris. Desconfío de mis ojos recién despiertos, parpadeo más seguido para
lubricarlos. El mar se confunde con el cielo y el mundo parece cerrarse sobre mí, como si estuviera dentro de
una esfera plomiza.
Siempre me sentí cómoda en la llanura, porque puedo ver hasta donde mi vista alcanza. Perder el horizonte
me inquieta demasiado. Yo, que tengo esa afición de pretender tener todo bajo control. “¡Qué trabajo ser
tan prolijita!”, me dijo una psicóloga hace tiempo. “La flexibilidad, tenés que trabajar la flexibilidad”, me
indica mi profe de yoga. “Gran problema de los occidentales”, agrega.
Y yo me esfuerzo. A veces. Otras, doblo mis rodillas y la engaño, y me miento.
La neblina avanza y el mar desaparece. Recuerdo una película que vi en televisión hace un tiempo, donde
una niebla espesa cargada de monstruos invadía una ciudad, aunque los verdaderos y más feroces
monstruos salían desde dentro de las personas.
Así como vino, la niebla se aleja y revela tres barcos que esperan con paciencia su turno para entrar al
puerto. De noche, cuando veo el parpadeo de sus luces, me pregunto qué ven y qué imaginan ellos sobre
nosotros, los habitantes de tierra firme.

Marcela Goizueta

Es docente. Escribe.

Nació en Tres Arroyos, pero desde hace 8 años su vida transcurre en Necochea frente al mar.

Ejerció y disfrutó de la docencia en Nivel Inicial hasta el momento de su jubilación.

Desde chica devoraba todo libro que se cruzara en su camino, gusto que sigue conservando.

En época de pandemia comenzó a escribir y participar de talleres de escritura.

Actualmente forma parte del taller de Mariana donde continua aprendiendo y desarrollando su escritura.