1 de noviembre de 1964
Por Patricia Aloe
No íbamos a una fiesta, sin embargo, nos vistieron con las mejores ropas.
Mi madre y mi tía se ubicaron en los asientos de adelante del Chevrolet, mis primos y yo atrás. Papá se puso al volante, y arrancamos. El viento entraba por las ventanillas, mi madre con una mano se sostenía el pañuelo de la cabeza y con la otra el ramo de claveles, mi tía cerraba los ojos, creo que rezaba. Me trepé a la luneta y durante el viaje jugué a imaginar qué cara tenían los autos que íbamos pasando, la camioneta parecía doña Clara, la de la despensa, el jeep, el viejo mirón y bigotudo de la tienda El Liquidador y el carro tenía cara de carro. Llegamos. Papá estacionó junto al zanjón que bordea la ruta. Nos bajamos, mi madre me acomodó el moño del vestido, me hizo subir las medias y la tía nos hizo seña de silencio. Mis primos y yo pusimos unas monedas en las alcancías de A.L.P.I que dos mujeres abrazaban a cada lado de la entrada al Cementerio. Caminamos por la calle embaldosada hasta el Cristo y nos detuvimos, el cura Lorenzo que nos daba catecismo, decía el ruego y todos contestamos “Ora pro nobis”. Cuando terminó, doblamos hacia la calle de tierra donde estaba el panteón familiar junto a un viejo laurel. Mi tía y mi madre entraron espantando el olor a humedad estancada y se adueñaron de la cosa, llevaron las flores marchitas al cesto de basura de la esquina y en la bomba cambiaron el agua podrida de los jarrones. Papá hablaba como siempre sobre autos con un vecino de panteón. Los chicos nos escapamos a jugar a las escondidas por los sombríos pasillos de tierra húmeda entre las tumbas. Mi primo de 9 años como yo, sacó el palito más corto, y tuvo que contar, sabíamos que él se perdía buscándonos y al final era a él al que había que encontrar. Corrí siguiendo la fila de pinos que bordeaba el cementerio, salté un charco y al caer pisé en una tierra barrosa que salpicó mi vestido, traté de limpiarlo pero las gotas se transformaron en gordas manchas coloradas. Entre unas mosquitas que me seguían en forma de nube ví brillar con el reflejo del sol el vidrio de la ventana en la pieza del sepulturero. La puerta de lata estaba semiabierta, el silencio me atrajo, la empujé y entré. Había olor a cera quemada. El rayo del sol iluminaba el camino hacia la estatuita de una virgen que me pareció que me miraba, a su lado en el borde de la penumbra titilaba una vela. Apoyada en el rincón una pala, el pico, baldes y dos sillas de plástico con revistas Gente en los asientos. Oí pasos acercándose. Me agaché detrás de un baúl. La puerta se abrió de par en par, de reojo ví una bota sin lengüeta primero y después la otra, era un hombre bajo de pelo lacio cayéndole sobre los ojos. Me encogí, el hombre paseó nerviosamente la vista por la pieza y avanzó hacia mí.
—¿Qué hacés acá, nena?
—Nada —dije sin mirarlo y apreté los puños.
—¿Nada, o curioseando?
—Ya vienen mis primos.—Me puse de pie.
—Mm, ya debe haber unos pelitos creciendo por ahí.
Hizo un paso hacia atrás y empujó la puerta con el pie de la bota sin lengüeta. Me hizo seña con un dedo para que me acercara y me dijo “venga una miradita”. Me pegué contra el revoque arenoso de la pared. Está la virgen, pensé. Como si él me hubiera adivinado el pensamiento se dio vuelta y fue hasta ella, se persignó y bajó la cabeza. Después apagó la vela de un soplido, encendió la radio y caminó hasta el baúl desabotonándose la camisa. Yo seguía contra la pared esperando que pasara algo para poder escaparme. Extendió el brazo y me rozó el pecho con la yema de los dedos, me corrí hacia un costado y me dijo que mis botoncitos ya iban a explotar. Quise gritar pero no lo hice. Colgó su camisa en el perchero suspendido en la pared y metió la mano en el baúl.
Algo de tiempo pasó cuando oí el grito lejano de mi padre, fue como una corriente que me atravesó el cuerpo. Salí disparada por el miedo que el hombre me agarrara de un tobillo. Recuerdo que me encontré frente a la cara de fastidio de mi padre diciendo que me había perdido, y él reprochándome que mamá protestaría todo el viaje por las manchas de mi vestido. Me llevó de la mano apurando el paso bajo la sombra de los pinos. Al pisar la calle embaldosada me solté. Llegamos al auto, mi primo más grande esperaba junto a la puerta trasera del auto, me miró de un modo que no lo había hecho antes. Me hizo entrar y se sentó a mi lado.
Papá puso en marcha el Chevrolet. Fijé los ojos en el camino que avanzaba como un hueco vacío entre la nuca de mi padre y el pañuelo morado de mi madre.
Patricia Aloe
Docente, escritora.
Nació en Las Varillas, Provincia de Córdoba.
Ejerció la docencia de Nivel Superior. «Los que Llegaron» 2021 fue su primera publicación.