A las 6
Por Paula García
Acababa de cortar con su madre, de avisarle que dejaba el teléfono desconectado porque ya empezaba la novela y que, cualquier cosita, la llamara a Inés. No, no lo decía ni tranquila ni relajada, porque no confiaba en su hermana siete años menor. Celia había aprendido a creer que, de las dos, ella era la que podía asistir a su madre, la que podía resolver cualquier conflicto de forma expeditiva, sin abatatarse -le encantaba usar esa palabra-, algo que la Universidad no le había enseñado a hacer a Inés. Cuando decidió dejar el secundario y hacer un curso de mecanografía, no hubo ningún tipo de reacción por parte de sus padres. No hubo preguntas, ni preocupaciones, ni castigos. Firmaron donde había que firmar, y a otra cosa. Estudiar no parecía ser una elección trascendental en la casa del ferroviario y su mujer. O al menos eso pensaba Celia, hasta que Inés comenzó la secundaria. Bastó que una profesora le insistiera para participar en una competencia de Matemáticas que organizaba la escuela, para que sus padres sospecharan que su hija había venido al mundo con dotes que la media no tenía y convirtieran su habilidad con los números en el único tema de interés. Para ese entonces, Celia trabajaba de cajera en una perfumería y se había convencido de que su madre necesitaba sí o sí de alguien que le diera una mano con todas las tareas que implicaba llevar adelante una casa. Su realidad no cambió cuando Inés terminó la secundaria y aquella profesora insistente procuró persuadirla de seguir estudiando en la facultad. Así que, mientras la más chica rendía parciales, la más grande, cuando no estaba trabajando, se ocupaba de ayudar con la limpieza de esa casa enorme, de ir a pagar todas las cuentas, de hacer las compras del mes consiguiendo siempre los mejores precios y, por sobre todas las cosas, de hacerle compañía a su madre, que tenía una salud impecable, cocinaba con una abnegación interesante y hacía todo lo posible para no quedarse sola o con el ferroviario (aunque Celia de esto ni se percataba). Y todo, ¿para qué? Si en las conversaciones de sus padres con los vecinos y amigos parecía que sólo tenían una hija y no era precisamente ella. Lejos de manifestar abiertamente su sensación de vivir una injusticia, Celia siguió cumpliendo el rol que le había tocado en esa familia, aun cuando se casó, aun cuando fue madre, y se abrazó fuertemente a la idea de que la Universidad no te prepara para las controversias de la vida cotidiana. Será muy inteligente con los números, pero para las cosas de la casa y de la vida, es una inútil, le decía con frecuencia a Luis, su marido, con una mezcla de orgullo e indignación. Pese a la supuesta falta de talento de Inés para encarar las vicisitudes de lo cotidiano, a la hora de la novela, era el plan B de Celia ante una posible necesidad de su madre, quien no sufría ninguna adversidad más que la cantidad de años.
– ¡Bajen las persianas! Que no quede ni un agujerito… Y no prendan ninguna luz. No sea cosa que alguien nos toque el timbre… – ordenaba a sus dos hijas, quienes se habían resistido al ritual de la novela en los comienzos, pero luego habían aceptado ser parte, con tal de no escuchar la insistencia de su madre. Con el pasar de los capítulos, decidieron que era más fácil dejarse atrapar por la historia que seguir discutiendo. A Celia le costaba validar los deseos de una adolescente y los de una niña, sobre todo cuando ninguno de ellos coincidía con los propios. No era que los rechazaba; directamente, no los escuchaba. ¿Por qué no iban a querer ver la novela que miraba todo el mundo? ¿Quién no iba a querer saber qué ocurriría con esa monja que tenía una doble identidad, que peleaba por recuperar a su hija y, seguramente, también a su padre, con el que había vivido un amor de locos?
Una madre avisada, un teléfono descolgado, una casa oscura simulando estar vacía, un marido de viaje. Todas las condiciones estaban dadas para el disfrute. Sutil y puntual disfrute. Que Luis estuviera de viaje, como todas las semanas, no era un detalle menor. Su presencia en la casa alteraba todas las rutinas. No era raro escuchar a Celia decir este hombre me complica. Y es que cuando estaba había que cocinar-cocinar, porque él siempre quería comida-comida. Cualquier opción que no implicara cubiertos era considerada más una entrada que un plato principal. Los días que Luis andaba por la zona, visitando clientes, los almuerzos eran en la casa de la abuela – la que ahora no podría llamar por teléfono hasta las 7- y las cenas se solucionaban muy expeditivamente con un café con leche con torta o con unas empanaditas. A Celia le gustaba nombrar las comidas con diminutivos. Le daba sensación de poco trabajo. Hago unos fideitos, y con esa sola mención, sentía que el mundo se volvía simple, que todo podía resolverse con tan sólo una cacerola llena de agua y un paquete de fideos moñito. Resolver, solucionar. Esos verbos acaparaban casi todo el universo lingüístico de Celia. Decidía qué comer; se ocupaba de tener la casa en condiciones, la ropa planchada, la alacena llena, los impuestos pagos; llevaba a las hijas a la escuela, a inglés, a pileta; cuidaba que la madre no sufriera los avatares de envejecer. Todo eso, con un marido que no estaba casi nunca, lo que le daba cierto crédito, una habilitación para jactarse de su fuerza, de su heroicidad.
– Acá hay empanaditas. Ojo que recién las saqué del horno, así que están re-calientes. Hay dos para cada una.
En el momento en el que aparecía en la pantalla la última escena del capítulo del día anterior, a modo de ayuda memoria, Celia sentía que las piezas de un rompecabezas que casi nadie lograba armar se unían, terminaban de encajar en perfecta armonía en el preciso instante en el que se sentaba en el sillón, en el medio de sus dos hijas, mirando en la televisión algo que ella había elegido. El televisor era un objeto de poder, en algún punto. Tener el control en la mano era mucho más que poder cambiar de canal o subir el volumen. Era imponer el deseo, o acaso el capricho. Sí, imponer. En aquel departamento no había ni espacio ni tiempo para debatir, intercambiar miradas del mundo y necesidades, y llegar a algún acuerdo. Tener el control era decidir sobre los demás, sobre qué caras y qué voces entrarían en ese hogar, sobre cuál sería la banda sonora de las comidas familiares. Cuando Luis estaba en la casa, el living era un terreno perdido para Celia. La sobremesa de la cena se reemplazaba por ese periodista que pedía siempre que no lo dejaran solo (Celia se preguntaba qué elegiría Luis si ella, al mismo tiempo, le hiciera ese mismo pedido; pero como no estaba muy segura de si ése era su deseo, se llamaba al silencio). Y los domingos no había escapatoria: se almorzaba con el tres, dos, unooooo del Turismo Carretera, de fondo, y se cerraba el día con el humorista que hablaba rápido de política y hacía reír a carcajadas a Luis, algo que ella no conseguía en ningún momento de la semana, ni en ningún lugar fuera o dentro de la casa. No sé cómo te podés reír con ese boludo, decía al aire, indignada. ¿Y vos con qué te reís?, remataba Luis. Silencio.
Celia detestaba la política. Tampoco la entendía. La aburría. No encontraba motivos para dedicarle tiempo a algo que, según ella, no iba a cambiar nada. Prefería las novelas. Esas historias no cambiaban la realidad del país, pero sí la suya. Ahí pasaban cosas, cosas profundas, cosas dramáticas que la hacían llorar, desear, imaginar, esperanzarse. Ahí había hombres que amaban y engañaban, pero esto último no importaba. Amaban, morían de amor por una mujer. Eran inmaduros, pero amaban. Eran indecisos, pero amaban. Y las mujeres, que vivían invadidas por el llanto, a la larga, recibían su recompensa. Gina era distinta. La protagonista de la novela de las 6 lloraba, pero era fuerte, tomaba decisiones, no se dejaba doblegar y tenía una doble identidad. Esto era lo que más la seducía a Celia. Gina tenía más de una vida. Era inteligente y sensible. No había ido a la Universidad, no hablaba de política ni hacía chistes. Y era protagonista de una novela.
Paula García
Editora, pedagoga y escritora
Soy de Mar del Plata, estudié Letras y desde hace casi 20 años me dedico a la docencia en distintos niveles (para niñxs, adolescentes y adultxs). Me gusta enseñar.
Y me gusta escribir.
Con una amiga ilustradora, tenemos una pequeña editorial artesanal de fanzines, una excusa para autopublicarnos que me da mucha felicidad.
Me anoté en el taller deMariana Mazover porque quería seguir escribiendo y aprendiendo con otrxs. Y así fue.