Hugo, el poeta verdulero
Por Florencia Bottazzi.
En la cortada Dugraty, al sur del sur de Rosario, donde la ciudad se vuelve a desplegar como una serpiente renovada con plazas, bares, carnicerías, zapaterías y mercerías, vive la negra.
En su casa hay una verja que separa la calle de un patio de rosas rojas y amarillas, yo siempre la salto. Cuando era chica eso me llevaba más esfuerzo, en cambio a medida que fui creciendo lo hacía con más facilidad, las piernas fluían, una después de la otra mientras saltaba. La medida de la verja se parecía a la medida de mi altura, cada vez que la saltaba podía saber cuánto había crecido.
Entraba por el patio directo a la cocina que era angosta y chiquita. La negra me recibía con una palmada en mis cachetes flacos, hola nena. Me invitaba a jugar unos fichines, ponía en la mesa una cerveza ya abierta del día anterior, sacaba una morcilla fría y la cortaba en rodajas finas.
Algunas tardes se sentían unos golpecitos por el vidrio de la ventana, era Hugo el verdulero que preguntaba por el Fede. El Fede era el hijo menor de la negrita, mi tío más joven. Nació con una enfermedad que lo hacía andar encorvado y amasando alguna hojita de forma obsesiva entre las manos. Usaba un jardinero de jean, no hablaba y solamente se reía o se enojaba con sonidos que reconocíamos fácilmente.
Un día Huego preguntó «¿por qué Fede no estaba donde siempre?», porque a la hora de la siesta él se arrodillaba del lado de adentro de la verja y jugaba con las hojas que se caían de los árboles de la avenida San Martín. La negrita le contestó diciendo que le tenía que coser unos parches en las rodillas porque los últimos que había puesto ya los había vuelto a romper. Ese Hugo es un pesado, me dijo, dale nena jugá que te toca a vos.
Hugo visitaba a Fede casi todos los días. Aunque parecía que estaba de paso, la visita no dejaba de sostenerse casi siempre a la hora de la siesta y así fue por muchos años. A Hugo no se lo notaba preocupado cuando pasaban las horas en silencio entre los dos. Tampoco tenía intenciones de entrar a la casa, tomar un café o sentarse en la mesa de la cocina. Se quedaba del otro lado de la verja, cerquita de Fede. Uno en el jardín y otro en la vereda. Yo los miraba y trataba de imaginar de qué iba esa conversación sin palabras.
Cuando Fede se murió Hugo le escribió un poema. Lo tiro por debajo de la puerta. Era sobre las marcas en la pared que dejaba Fede cuando se agarraba para caminar. El poema repetía con una cadencia suave, íntima y certera “las marcas en la pared que deja Fede” “las marcas en la pared que deja Fede”.
El poema estuvo colgado muchos años en el living de la casa de la negra, ella le puso un marco de madera turquesa y lo cubrió con un vidrio para que no se arruinara. Cada vez que podía yo me quedaba frente a ese cuadro de palabras, lo leía una y otra vez. Después me iba a la cocina con paso lento, como imitando esa manera arrastrada de caminar que tenía Fede, iba acariciando la pared, buscando las marcas en ese bastón eterno que era la casa, ese resguardo ante la inestabilidad de estar erguidos.
Florencia Botazzi
Politóloga, docente, investigadora y escritora
Es politóloga, especializada en Derechos Humanos y Democracia. Trabaja en políticas de infancias y juventudes. Es docente y co-fundadora de Quepa Laboratorio Social, un espacio autogestivo de investigación y aprendizaje colaborativo.
Participó durante dos años de los talleres de escritura autobiográfica dictados por Marian Mazover y actualmente participa del taller de lectura y escritura creativa La materia Oscura, en su ciudad, Rosario.