Liniers
Por Alicia Rozental.
I
Estábamos en el medio de un embotellamiento: mi papá manejaba, yo iba sentada en el asiento del acompañante (no estaba prohibido en esa época que los chicos viajen adelante) y mi hermano viajaba sentado en el de atrás. Todavía recuerdo el susto en su cara cuando mi papá insultó al conductor de un auto que se le cruzó o que no frenó donde él quería, o que hizo algo que a él no le gustó. Era muy común que mi papá se enojara mientras manejaba. Cuando miré para atrás para compartir el miedo que yo tenía, vi su cara aterrorizada y desamparada: él sabía lo que se venía, los dos sabíamos. Esa vez el conductor no se achicó, redobló la puteada y así fueron escalando hasta que los insultos se transformaron primero en amenazas y después en una furia que los fue llevando a un descontrol que terminó con los dos afuera del auto agarrándose a las trompadas. El susto de mi hermano se había transformado también. Primero en llanto y al rato en gritos que intentaban, como lo puede hacer un chico, impedir la pelea. No sé quién logró separarlos cuando ya estaban golpeándose con esa rabia que se suele ver en los animales.
Tengo grabada la imagen del lugar en el que se produjo esa pelea. Era en una de las bajadas de la General Paz, debajo de un puente.
II
Era domingo, mi hermano y yo íbamos con mi papá al cementerio de Liniers. Ahí está enterrado mi abuelo, el papá de mi papá, y él nos llevaba a conocer la tumba. Era invierno y el cielo estaba nublado. Fue la primera vez que nos llevó a ese lugar.
No encontrábamos la tumba y dábamos vueltas por el cementerio. Los que vamos poco perdemos las direcciones de nuestros muertos en la tierra: ese lugar que algunos usan para imaginar que, de alguna manera, siguen estando y pueden seguir relacionándose con ellos. Para nosotros no era así, íbamos de vez en cuando, como se va a los museos: a enterarnos del pasado mirando objetos; es con lo poco que hoy puedo contar para construirme una historia. Esta visita, como algunas otras acciones aisladas, funcionaron como mojones que sustituyeron la falta de palabras. Yo tenía unos diez años y mi hermano ocho. Llevarnos debía ser para él una manera de contarnos quién era su papá. Supongo que también estaba el deseo de hacerle saber a su papá quienes eran sus hijos. Primero caminábamos los tres juntos; después nos empezamos a distanciar buscando en los mármoles el nombre y la foto de mi abuelo, al que nunca habíamos conocido porque se había muerto muy joven cuando todavía nosotros no habíamos nacido. Sabíamos poco sobre mi abuelo (casi nada) la narración había que adivinarla, circulaba condensada en algunos gestos. En un momento me di vuelta y vi a mi papá de lejos, conservo esa imagen: él vestido con una campera de lana azul caminando entre las tumbas un día gris. Un pensamiento fugaz me asaltó sólo un instante: en algún momento él también se va a morir.
III
Mi papá se murió unos cinco años después, lo enterraron en la misma tumba en la que está mi abuelo.
El día del entierro yo usaba una camisa de encaje negro que me gustaba mucho y una pollera también negra. Tenía quince años, no había conocido hasta ese momento la muerte de cerca. Un rabino ofreció una ceremonia, después de rezar se acercó a mi. No me dijo ni una palabra. Nada me permitió saber que se trataba de un ritual. Cortó con una tijera, a la altura del cuello, un pedazo de mi camisa negra de encaje. En ese momento el corte me dejó sin aire. Me sorprendió la violencia de esa tijera que rompió mi ropa. Mucho después entendí que un dolor desconocido había desgarrado mi vida para siempre y que ese tajo trataba de darle alguna inscripción.
Alicia Rozental
Psicoanalista, fotógrafa y escritora
Me dedico hace muchos años a la práctica del psicoanálisis.
Esta práctica me habilitó la escritura de distintos trabajos teóricos y clínicos, algunos fueron publicados y uno se transformó en libro en colaboración con otros colegas.
Siempre me gustó escribir y leer.
Empecé a fotografiar en la adolescencia. En los últimos años pude concretar algunos proyectos fotográficos que derivaron en muestras. Un libro colectivo realizado y publicado durante la pandemia («Postales de cuarentena») que me sumergió en la experiencia de la intertextualidad: fotos que dialogan con textos, lazos entre amigos y familia tratando de contar y resistir el impacto del encierro.
Fue en ese momento que surge una necesidad postergada de una escritura íntima, que el encuentro con la propuesta de Mariana Mazover posibilita. Hace tres años que participo en los talleres.