Todas las familias felices se parecen

La vida al ras del suelo

Por Daniela Jaschek

 

Paula está sentada sobre el pasto, debajo de la mesa, recostada contra las piernas de su madre que allá arriba mezcla las barajas. Contra sus propias piernas está Laila, su muñeca. Las tres miran hacia adelante esperando que llegue algún cliente.

Afuera el día resplandece, pero ahí,  oculta tras el mantel negro, Paula se asila del calor y de la plaza. Por suerte vinieron temprano y encontraron vacío el lugar abajo del gomero. La chica de los atrapasueños las miró feo cuando llegó con sus cosas, pero la madre sostuvo su mirada con indiferencia. El lugar no está comprado, le dijo a Paula por lo bajo, alzando los hombros. 

Unas piernas de mujer se acercan y se sientan, nerviosas, frente a su madre. La mujer mueve los pies, cruza y descruza. Tiene zapatos acordonados y tobillos gordos.

Contame, dice la madre. La mujer empieza a contestar, pero Paula se desentiende; mira a Laila y le dice, mentalmente, moviendo los labios sin sonido: contame. La muñeca permanece muda, y por más que Paula se concentra, no escucha nada; las palabras no se forman en su cabeza, como otras veces, que oye clarito: quiero saber si soy la mejor amiga de Cintia. ¿Era del Colo la cartita? Decime si me van a hacer una fiesta de cumpleaños

El silencio la aburre y mira a través de la tela. Dos perros se olisquean. Una pareja se da besos en un banco. El señor de la nube de azúcar prepara un pincho enorme, algodonoso y rosa, para una nena que le extiende la mano con quinientos pesos.

Paula se acurruca contra las piernas de la madre, que le da un empujoncito suave para que no la moleste. La mujer sentada frente a su madre solloza. Paula escucha unos quejiditos cortados y finitos, con hipo, y piensa: le habrá salido el Diablo. O el Colgado. Su mamá dice que muchos se asustan con las cartas como si ellas tuvieran la culpa. Pero las cartas son un mensaje nomás. Y la tarotista el canal, agrega.

Paula piensa que un canal es otra cosa pero no se lo dice, porque le gusta escuchar a su mamá cuando le enseña el tarot. Si al padre le toca trabajar de noche, ellas se quedan hasta tarde mirando las barajas, descifrando los dibujos, ensayando tiradas. Su mamá habla y le brillan los ojos y las manos, y a Paula le gustan esas palabras raras que le llegan como rayos de luz a la panza. 

La mujer de los tobillos gordos se va. Paula ve cómo se aleja, medio chueca, con los zapatos vencidos hacia adentro. Atrás de ella, dando saltitos, ve al Diablo que la sigue como una sombra, con sus cuernos rojos y sus patas peludas de cabra. 

Tiene ganas de salir un rato de abajo de la mesa y sentarse en la falda de la madre, pero sabe -la madre siempre se lo dice- que nadie quiere hablar de sus problemas adelante de una niña. Que los adultos no saben que en los primeros años somos capaces de comprenderlo todo.

Pasa un rato largo sin que se acerque nadie. Paula se entretiene imaginando a las personas que están arriba de esas piernas que ve pasar, jeans con zapatillas que van de a cuatro o de a seis,  pantalones de traje que pasan apurados, un gato, ruedas de bicicleta, sandalias, una cucaracha atontada por el sol y el peligro de las pisadas.

Esta mañana, cuando el padre las dejó en la plaza, le dijo a su mamá: es la última vez que te traigo. Sacás dos mangos, no alcanza ni para la nafta. Por qué no hacés algo más productivo, coser para afuera o vender tortas en el barrio. La madre no  contestó, pero le quedaron grises los ojos verdes y la boca se le puso finita y dura. Paula se adelantó con la mesita desarmada para no escuchar lo que seguía, y gracias a eso consiguieron instalarse abajo del gomero. La madre llegó al rato con el bolso. Tenía los ojos rojos y estaba opaca, pero enseguida se puso a sacar el mantel, las cartas, el sahumerio, y acomodó las dos sillitas plegables una enfrente de la otra. Por último puso el cartelito:  TAROT- VIDENCIA- LIMPIEZAS- AMARRES.

Por eso ahora Paula no quiere salir de abajo de la mesa: no quiere espantar a los clientes, volver otra vez con poca plata, que el padre se enoje y a la mamá se le pongan grises los ojos.

Vuelve a mirar a Laila y le pregunta con la mente si quiere jugar a algo, pero Laila sigue muda. 

Al rato ve llegar unos pantalones que ya reconoce, aunque no sean siempre los mismos. Esta vez son anchos y a rayas, de lumpen, como dice el padre cada vez que ve a los artesanos de la plaza. Sobresaliendo apenas, unas sandalias de cuero, ajadas por la tierra y el uso. Paula ya sabe que el de los pantalones va a dar algunas vueltas por los puestos, haciéndose el distraído, mirando algún colgante o alguna bombilla. Pero aunque tuviera los ojos cerrados reconocería el momento en que él se sienta frente a la mesita, porque su madre empieza a hablar bajito y a reírse con un gorjeo agudo y corto parecido al de un pajarito. La madre cruza las piernas y Paula se inquieta, porque sabe perfectamente que las cartas no se pueden tirar con las piernas cruzadas. 

Su mamá no le dice «contame», pero él igual le cuenta: que ya le vendió el taller a un vecino. Que le escribió a sus amigos de Salvador de Bahía. Que está juntando mercadería. Que ya consiguió el lugar donde pueden quedarse los primeros días. 

Después de tantas horas de mudez, Laila habla. Le dice a Paula al oído que el de los pantalones se parece al Loco, con su ropa de colores y sus sandalias y su antojo de aventuras. 

Paula ve las cuatro piernas buscándose por debajo de la mesa y siente en el pecho, aunque todavía no pueda ponerle nombre, el aguijón del abandono

.

Daniela Jaschek

Escritora y antropóloga

Es antropóloga, todavía se reconoce actriz aunque hace mucho que no actúa, y trabaja en educación de adultos. Cada vez que puede, escribe.