Proyecciones
Por Anabella Sosa Cabrios
Una vez le pregunté a mi papá por qué nunca estaba en las fotos.
—El que saca las fotos siempre está —contestó—. Soy el que mira.”.
Después me dijo que iba a enseñarme a usar su cámara 35 mm. cuando yo leyera el manual.
Unos días antes de morir se sacó el respirador. Pensé que iba a decir por primera vez que me quería.
Sólo se limitó al siguiente consejo: “Hacé backup”.
Al final agregó:
—Comprate una cámara digital en cuotas: la va a tener que pagar el seguro de la tarjeta.
Entrecerró los ojos y volvió a colocarse el respirador.
Nunca leí el manual, así que nunca me enseñó.
***
Encontré sin revelar tu último rollo de fotos: seguía guardado en el estuche de la Canon AE-1 con la que ibas a Microcentro los domingos a hacer cuerpo a tierra sobre Avenida de Mayo mientras el sol rebotaba entre el asfalto y las cúpulas como un espejismo en zigzag y vos lo capturabas desde tu propio oasis.
La cámara con la que te perdías cada verano por el puerto de Mar del Plata a retratar a los pescadores con sus redes era también tu excusa para volver a casa con un cucurucho de papel con cornalitos apenas traslúcido por el aceite y una bolsita de camarones que al abrirse desplegaba todo el olor del mar. Los limpiábamos uno por uno bajo el chorro de agua; les retirábamos cabeza y piel -en ese orden- y los servíamos en unas copas de boca ancha con un toque de sal y limón, coronados por la salsa golf que preparaba subida a un banquito y a la ilusión de que me sonrieras por detrás de tus anteojos.
Conservo esos anteojos en un altar improvisado de mi biblioteca junto a tu bolígrafo Parker acanalado que parece una columna dórica y el Cuentos Completos/3 de Cortázar que no llegaste a terminar.
Dejaste por escrito en una hoja de tu block cuadriculado que esa cámara -esta cámara- me la querías dejar a mí, la hija que heredó tu forma silenciosa de ver el mundo y una secuencia de sábados con un acuerdo tácito: construir casas dentro de cajas de zapatos por la tarde y preparar tostadas de pan lactal como cena en una vieja y noble sandwichera de metal.
Los dos microcassettes Sony -hijos de tus carretes de cintas que giraban gigantes como ruedas- no sé cuándo me los diste. Nunca los escuché y ya no tengo dónde reproducirlos; sólo puedo leer en una etiqueta borrosa “23/09/95 CUMPLE 18 MARÍA ANABELLA”.
Cada tanto miro a contraluz con un velador el sobre aún cerrado que también lleva mi nombre. Lo tanteo con cuidado para no romper el chip SD que adivino adentro con quién sabe qué mensaje, qué imágenes de todas esas que te dedicaste a digitalizar sistemáticamente de tu colección de diapositivas, rotuladas por fecha y por lugar. Las volviste a ver una y otra vez, solo en tu escritorio con la puerta entreabierta como un filtro mientras yo pasaba sigilosa por el otro lado y escuchaba la penumbra de tus dedos sobre el botón del proyector y el click click click de la sucesión de tus recuerdos, construidos sobre un acetato ya descolorido y ácido. A los míos los pliego como a un papel, uno tras otro, en busca de una forma que los contenga.
Te vas arrugando con cada uno de ellos como un origami que se arma y se desarma: de grulla a estrella; de estrella a rana; de rana a elefante. Te cuelgo en mi memoria como a una guirnalda.
Ahora sos ese barquito de papel que hiciste para mí y que guardo junto con todos los que recojo, parias por la calle, porque me hacen acordar a vos. Los voy pegando en la pared con sus proas trepando al techo como una flota ascendente y errática que acompaña la única foto que dejaste que te sacara una tarde en Plaza Francia, con tu boina de gamuza marrón y su botón a presión oculto en la visera que nunca fue desabrochado.
***
Agarro el rollo guardián y me lo meto en el bolsillo: vamos a salir a pasear. Tal vez lo lleve a la casa de revelado, lo deje, y los últimos diez años hayan desvanecido todo. Capaz siga de largo y sólo nos hagamos compañía, el rollo y yo, como un eco de mi papá y su cámara, que todavía espera, paciente, que alguna vez la aprenda a usar.
Cierro los ojos por un segundo para evocar a mi papá mientras cruzo Plaza Houssay y vuelvo a estar en quinto grado. Tiene puesta la boina que terminó tirando y que recuperé a escondidas para hacerla descansar en el cajón de mi mesita de luz como una ruina-testigo, callada y sólida como esta plaza donde aprendí a saltar a la soga.
Ese día mi papá leía un libro por el que asomaba el borde de sus anteojos, sentado en un banco de cemento a unos metros de distancia, los suficientes para mirarme de reojo, los necesarios para hacerse sentir presente. Yo sostenía una soga finita con los mangos de madera pintados de azul y rojo algo cachados que se enroscaba sobre sí misma como una serpiente anárquica cada vez que la quería guardar. Ensayaba mi danza de pasos y saltitos para esquivar ese hilo liviano y denso sin trastabillar, hasta dibujar en el aire con el mismo vaivén una mandorla invisible y erigirme en el centro de mi propia estampita.
Me despierta temprano a la mañana, me pone las medias metida en la cama porque tengo frío, me canta Arriba Juan y me dice la temperatura: “Hacen dos grados de sensación térmica; ¡a ponerse el traje de oso!”. Prepara el desayuno y me peina frente al espejo que está en el pasillo. No es muy bueno peinándome porque me deja grumitos en la colita, pero se esmera. Me lleva al colegio y me va a buscar. Estamos a unas seis cuadras.
Una tarde me dice que es momento de empezar a volver sola de la escuela, aunque antes me pone a prueba: yo camino adelante derechita sin girar la cabeza con mi uniforme verde cuadriculado mientras él va unos metros más atrás. Nunca lo veo durante la caminata. Hacemos este ejercicio religiosamente de lunes a viernes por unas semanas hasta que me da su aprobación como escolar independiente.
***
Cada tanto necesito cerrar los ojos por la calle, cuando el miedo traba mi paso y mi mandíbula y las primeras falanges de mis dedos empiezan a ponerse amarillas como el sol que me pega de frente en la cara y les da calorcito a las persianas bajas de mis párpados.
Proyectado como una sombra china, volvés a caminar detrás de mí. Y puedo seguir el viaje.
Anabella Sosa Cabrios
Artista plástica, restaudora y docente.
Anabella es restauradora de arte y colabora con galerías y colecciones particulares. Se especializa en pintura de caballete.
Desde chica se interesó en la expresión artística: formó parte de agrupaciones corales, tomó clases de danza contemporánea; la escritura fue su refugio y la lectura, su mejor compañera.
En 2024 empezó el proceso de darle espacio y forma a su experiencia, a las imágenes, a su propia voz y a compartirla en los grupos y talleres de la mano-guía de Mariana Mazover.