Autolavado
Daniela Savalli
Todavía descalza me subía en el asiento de atrás del auto. Estaba en marcha y con la radio encendida. A veces yo era la última en entrar, otras veces era alguno de mis hermanos, pero todas las veces sabíamos que mi papá estaba enojado. Nos estaba esperando desde hacía al menos unos quince minutos. Hacíamos fuerza para no arrojar argumentos como “pero habíamos quedado a la 1” y señalar el reloj que anunciaba las 13:00 hs. Para él siempre hay que llegar más temprano de la hora indicada.
El auto de mi papá siempre estaba impecable, fresco y circulaba silenciosamente a destino. Extrañé mucho que mi única responsabilidad fuera saltar en el asiento de atrás cuando años más tarde combinaba bondis al rayo del sol para llegar a los almuerzos familiares.
Estaciono mi Volkswagen Fox dos puertas en el parking 3 del autolavado.
1. Espuma para llantas
Pongo una moneda de un euro, que me habilitará el uso de las máquinas por tres minutos. Toco el botón 1. Espuma para llantas. Me sorprende lo específico. Miro la caca de paloma que cubre la ventana del conductor de arriba a abajo – el motivo que me trajo hasta acá – y asumo que eso tendrá que esperar un momento.
Lavar un auto es una ciencia compleja en la que soy principiante. La primera vez que tuve que ir a un mecánico de urgencia estaba mi mamá de visita. Tardarían 4 horas en tener tiempo de arreglarlo. Más que un taller era un parque temático a lo Disneylandia de autos: un mall gigante con un aire acondicionado exquisito donde desfilaban productos dedicados a cada partecita de cada parte de los autos que aún no entiendo para qué sirven (los productos, las partecitas, ni las partes). Algunos de esos productos habitarían el armario que papá abría religiosamente los domingos, cuando se lavaba el auto, supuse. En la espera mamá me saca una foto y la sube a instagram: “Rodi Motor Services Mallorca”. Tengo puesto un traje de baño enterizo y un short colorido. Mis amigas le ponen like.
2. Cepillado suave
Cubro el auto con espuma, todavía usando la misma pistola. Al guardabarro lo sostiene una cinta adhesiva negra, que de vez en cuando renuevo. Voy con cuidado para que no se despegue.
No me preocupa demasiado porque el arte de la cinta adhesiva lo domino. Lo que me desconcierta es lo que está dentro del capot, donde se despliega un universo de piezas: las bujías, cilindros, el líquido refrigerante, y no sé cuántas cosas más. “Cuando vayas al taller, dejame hablar con el mecánico” me dijo papá por whatsapp después de la cuarta avería consecutiva. ¿En serio iba a decirle al mecánico un momentito por favor que mi papá quiere hablarte?
Entonces me explicó la lección más importante: las cosas se iban a seguir rompiendo hasta el infinito salvo que el mecánico tuviera un interlocutor que supiera de autos, o yo me presentara enfurecida y les pidiera que me muestren la piezas viejas, cajas y factura de compra de las piezas nuevas. La segunda opción funcionó.
3. Enjuague a presión
Esta es mi parte favorita. Me queda un minuto y medio completo de gloria. Cambio de pistola y apunto a todas las cacas de paloma del techo y de los vidrios. La presión del agua se lleva todo. Me siento super poderosa y sueño con ser una persona que acaba comprando una hidrolavadora porque es una herramienta que necesita. También desarrollé un interés reciente por los taladros y destornilladores eléctricos. Quisiera ser una profesional instaladora de estantes y muebles amurados.
4. Encerado
¿Hace falta? Se acabó el tiempo que habilitó mi primer euro. Me decido a poner otra moneda sólo porque el siguiente paso es prometedor y creo que en esta ciencia no es conveniente saltarse pasos. Cambio de pistola y ahora tiro otro líquido espumante en todo el auto.
5. Enjuague final: con brillo y sin manchas.
Interpreto que este paso garantiza un acabado final perfecto. Pero no, aún falta un paso más que la máquina no ofrece: el secado. Los señores que van al autolavado siempre acaban desfilando sus gamuzas y trapos para un acabado final perfecto. Yo no llevo ningún utensilio y por eso aunque lave el auto luego se ve manchado. Asumo que si igual voy a subir a la autopista el auto se va a secar por la velocidad. Da igual porque igual me subo a la autopista y empieza a llover.
Con pronóstico de lluvia quedaba terminantemente prohibido usar el auto. Nos mirábamos con mis hermanos tragándonos los argumentos mientras salíamos abajo de la lluvia a tomarnos el bondi. Es simple: si llueve, cabe la posibilidad de que granice, y el hecho de que estuviera activo el seguro contra granizo, no afectaba la prohibición.
Hace siete años vivo en Barcelona y solo vi granizar una vez. A mi papá lo veo una vez al año; siete desde que llegué. La última vez me vino a visitar él. Comenzamos un viaje mostrador de AVIS en el que hablamos en un italiano un poco inventado con la representante de turno que estaba fascinada con nuestro idioma. Me dijo que él no quería manejar. Por unos segundos, sentí terror. Elegimos un Jeep, mi preferido. Lo llevé de arriba para abajo por los caminos de curvas que tanto me gustan; tengo perfeccionada la técnica para llevar a mis amigas que son de marearse. Voy despacio y con calma. Llegamos a tiempo a todos los sitios que queríamos visitar.
Un día me bajó la presión. A la mañana siguiente con una náusea en la panza le dije que no se preocupe, que podía manejar igual, pero él ya tenía las llaves en el auto. Descalza y todavía en pijama, me subí al asiento de acompañante. Yo estaría a cargo de la navegación gps, y papá de la conducción. El trayecto fue suave, fresco y preciso; la náusea, domada.
Daniela Savalli
Curiosa. He navegado por diversos lenguajes: el audiovisual, sonoro, espacial y la inteligencia artificial, siempre en búsqueda de provocar emociones. Últimamente explorando cómo es contar imágenes con palabras.
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