Todas las familias felices se parecen

Conferencia I - Con la familia

Por Liz Meza.

 

Mamá y papá ese día, el de la noticia, se ocuparon de los chicos. Nosotros nos demoramos en el sanatorio y lo que iba a ser quedarse un rato con ellos, se convirtió en pasar toda la tarde yendo y viniendo a las mil actividades que tienen sus nietos.

Le inventé una excusa a mamá para encontrarnos en casa, le pedí que después de dejar a Iker en gimnasia vuelva para charlar. No les iba a contar por mensaje que me habían dicho que tenía cáncer.

 

Llegamos a casa y al ratito llegaron ellos, sin imaginar la noticia. Bueno seguramente algo sabían, porque dicen que las madres lo saben todo. Me senté en la punta de la mesa y a cada lado de mí, papá y mamá. Les dije sin rodeos, “me encontraron un tumor, tengo cáncer”. Mamá me miró con ojos de desconfianza, porque siempre hago bromas y seguro pensó que era un chiste. Lo miró a Santiago y le preguntó “¿de verdad?”. Santiago con su rostro transformado, le respondió “si Alicia”, arrugando la cara como haciendo puchero. Ahí no más ella desplegó una emoción que parecía llevaba adentro hacía tiempo, preparada para la ocasión. Porque la reacción trágica siempre está a la orden del día, entonces gritó “Dios porque no me pasó a mi!” y llanto, llanto. Nos tomamos los tres de la mano y el aluvión nos atravesó. Respiré profundo y lo miré a papá, que tenía la mirada desconcertada, pero sus manos fuertes juntas apretando la mía, decían lo que la voz no podía. En el caso de mi mamá la angustia se le quedó entre los oídos y la garganta, como atorada. Como todas las cosas dolorosas para ella. Se le quedan ahí en la punta de la lengua. O detrás de los ojos, y se escapan como cascada cuando relata un recuerdo. Mi mamá no permite que las noticias tristes atraviesen su cuerpo, hagan lo suyo y se vayan. Se quedan con ella estancadas. 

 

Papá, que es poeta y siempre está lleno de palabras, no pudo decir ni una. Me miraba con ojos nublados y perdidos. Yo sentía la necesidad de consolarlo, a los dos. Como siempre hago. Pero esta vez solo les ofrecí mi mano. La metástasis ya estaba haciendo lo suyo en mi. Ellos estaban ahí desesperados del miedo y yo atenta a mi angustia. 

 

La negra, hermana de mamá y otra madre para mí, también intuía algo y no paraba de llamar. Le dije a mamá “atendela y contale”. Atendió y me pasó el teléfono, como siempre, lo que ella no puede me lo pasa a mi. Esta vez lo acepté entendiendo que debe ser más difícil tener una hija con cáncer que tener cáncer. Agarré el teléfono y le conté lo que me habían encontrado. La negra no rompió en llanto, a cambio me escuchó e hizo un silencio abrasador.

 

En ese momento decidí que sería yo la que contaría con mi voz, mis palabras y silencios, a cada persona con la que comparto la vida, sobre lo que me estaba pasando. Hablaría sobre el cáncer y pediría directamente que nos acompañen y estén cerca. Como en las Conferencias, alguien dice algo de lo que sabe para otros que escuchan. Algo así como conferencias sobre el cáncer, para contar algo de lo que no se habla a quienes tenían algo para brindarme. 

 

Mamá siempre fue la vocera de la familia, llevando y trayendo dichos y comentarios tergiversados. Hay un poder que tienen las madres sobre la información en la familia, pienso. Dueñas de lo se que calla, se habla, se niega o se silencia. Le dije que esta vez sería yo la que hablaría con mis hermanos. Y me cedió el lugar, no porque se lo pidiera, sino porque creo, no puede hablar de mi cáncer. 

 

Llamé a cada uno de ellos para pedirles que vengan a casa, al día siguiente, que necesitaba verlos y hablar. No habría excusas para llegar, el 24 de marzo es feriado, por el día de la Memoria. Vaya si no fue, ese día memorable para mi. 

 

Primero llamé a mi hermano mayor, que vive cerca pero parece lejos, me pidió que le dijera qué me pasaba, que no iba a poder dormir a la noche pensando. Él igual nunca duerme de noche, y tampoco nunca deja de pensar, por lo que no me sentí responsable de lo que no puede. Mi hermano médico que vive lejos pero estuvo muchas veces cerca me dijo “yo voy a ir, pero decime qué tenes porque yo me lo imagino”. Hablamos del cáncer, me dijo que me quede tranquila que voy a estar bien. Sus dos años mayor que yo me hicieron sentir siempre que estaba segura. Recuerdo una vez que éramos chicos y él se enfermó de paperas. Mi mamá nos separó para que yo no me contagiara. Él en la pieza, yo en el comedor. Aguanté un par de horas hasta que le dije a mamá que quería jugar con él, que no tenía miedo de contagiarme. Desde ese momento no tengo miedo de enfermarme si hay alguien cerca. 

 

Por último llamé a mi hermana, la más chiquita. Me di cuenta que nunca la había llamado para decirle que estaba mal. Hice otra metástasis, cambié de lugar con mi hermana. Ella ya no era para mí la pequeña indefensa que tenía que proteger, ahora era yo la que necesitaba que venga, me abrace y me escuche. 

 

Los cité a todos al mediodía. Un día demasiado brillante para ser otoño. Llegamos con Santiago a casa después de dejar a los chicos en lo de una amiga. Otro día en el que queríamos que no estén, para que no se dieran cuenta de lo que pasaba, como si necesitaran escuchar o ver para sentir o saber que algo pasaba.

 

Mi familia nos estaba esperando en la puerta. Como nunca sucedió en la historia, todos coincidieron con excelente puntualidad. La más chiquita ya venía llorando. Porque las madres y las hermanas intuyen lo que pasa. Preparé mate y puse en la mesa una fuente con pororó. No íbamos a ver una peli, aunque sentía que estábamos en una.

Santiago esta vez se sentó a mi lado, me tomó de la mano y simplemente me acompañó en silencio. Como solo él sabe acompañar. Ahí estábamos otra vez, todos sentados en torno a una mesa . Creo que hace muchos años no nos encontrábamos así, los seis. 

 

Nuestra familia hace mucho ya no es la misma. Las familias van mutando, la mía además fue mejorando. Se fue liberando con el tiempo de los enojos, las miserias, las penas y los reproches. Se fue multiplicando, y las nuevas vidas trajeron aire fresco, anécdotas y otros recuerdos. Ya no somos los mismos, sin embargo hay algo intacto en nuestra familia. Como una semilla dentro de una fruta, mientras que el tiempo transforma su pulpa y su piel, ella permanece en el centro, firme, fuerte, intacta. Algo así debe de ser el amor. 

 

El encuentro duró las horas más largas del mundo. Cuando se habla de la muerte el tiempo se detiene, pienso. No hay manera de condensar en palabras tanto sentir del cuerpo. Entonces hable de cuestiones técnicas, como un médico que sale de terapia intensiva y les habla a los familiares del paciente con palabras distantes y sueltas, como tumor, cirugía, procedimientos, tratamientos. En este caso nadie escuchó mi parte médico. Mamá quiso decir algo, pero nuevamente arrugó la cara, inundó los ojos, apretó los labios y encerró dentro de ella una vez más al dolor. Entonces ante el silencio mudo, dije “bueno ahora yo pienso que la herencia le debe quedar a la hija que tiene cáncer”. Nos miramos y soltamos todos al unísono una carcajada. Porque no existe herencia alguna, o si, pero la que tenemos es de esas herencias que no se disputan. 

 

Es increíble cómo después de la risa el cuerpo, el alma, se predisponen distinto. A nosotros bromear nos salvó siempre de enloquecer. Aflojamos la tensión que provoca el miedo. Y con el rostro mojado por la pena, pero la voz clara nos dijimos lo que ya sabemos. Mi hermana chiquita no dijo nada, lloró mucho. Como los bebés recién nacidos que lloran en el parto, tal vez porque saben que no van a volver a ese lugar.

 

Yo sentí alivio, tanto alivio. Con el cáncer le decía a mi familia que ya no podía cargar un peso que no era mío. Que les entregaba sus sombras. Que ahora era mi tiempo de recibir. Que nada me parecía ni tan serio, ni tan grave, ni tan importante, más que lo que pasa dentro de mi cuerpo. 

 

Cuando terminó la tarde se fueron todos menos mi hermana pequeña que ya se había hecho grande, se quedó un rato más conmigo en silencio. Dejó de llorar y se comió los últimos pochoclos que quedaban en el plato. 

 

Liz Meza

Escritora, mamá y psicóloga

Mi nombre es Liz Meza, vivo en una ciudad frente al Río. La bella Paraná Entre Ríos.

Tengo 42 años, pero después del cáncer siento que uno.  

Soy mamá de Iker y Zury.

Trabajo como Psicóloga, escribo, hago teatro, yoga, reiki y todo lo que me haga bien.