Cotidiano
Por Andrea Mazzuca
Miro el mapa. Frente a mis ojos tengo un lugar para descubrir. No conozco el barrio Nuevo Alberdi, tengo una idea general de la zona geográfica en la que está ubicado. La avenida paralela a su ingreso, hacia el noroeste de la ciudad, se convierte en la ruta 34, el camino que lleva al cementerio Ibarlucea; allí está mi papá. Ese tramo de la ruta lo transité muchas veces. Leo uno por uno los nombres de las calles, hay una zona de manzanas y otra que se llama zona rural, allí las casas se encuentran aisladas unas de otras. La línea 107 roja y verde me deja a 10 cuadras del Centro Cuidar, ése es mi lugar de trabajo. El colectivo está casi vacío, miro por la ventanilla y atenta al recorrido trato de memorizar el circuito, marco las dos vías que cruza, en ambas viven familias en cada uno de sus lados, anoto los barrios por los que pasa. Desciendo del colectivo, algunos negocios como una gomería, un kiosco y un almacén están abriendo. Llego a la avenida, aquí hay semáforo y eso me da seguridad para cruzarla.
Camino una cuadra más y encuentro del lado izquierdo el playón y del lado derecho un enorme basural; llegué al barrio. Guardo el mapa en mi cuaderno.
El paisaje se abre día a día y el mapa se va completando con las relaciones de parentezco entre algunas familias, los pasajes donde hay pasillos, la plaza que está deshabitada y tres puentes que al cruzarlos es aún más desolador. Camino por uno de esos puentes, paso por la casa de Paola, hay álamos y sauces viejos, se escuchan los pájaros, un descampado y varios hornos de ladrillos, en algunos hay hombres trabajando y a su alrededor veo caballos. Me cruzo con mamás que circulan con sus bebés en cochecitos, jóvenes en bicicleta y otros con carros llenos de cartón y plástico. Aquí se siente aún más el calor en el verano bajo los techos de chapas. Llego a la casa de Sofía y Brisa dos hermanas de 14 y 12 años.
Cuando las conocí ellas vivían con su abuelo paterno y su pareja con sus hijos, su mamá se suicidó hace 7 años, su padre tiene otra familia. Busco a Sofía para acompañarla al Ministerio Público de la Acusación. Ella está citada para declarar en la cámara gesell. No hay nadie en la casa. LLamo por teléfono a la pareja del abuelo y me dice que ya salieron. Nos encontramos en la puerta de tribunales, le dije. Mis pensamientos van cruzando las calles y me pregunto por los mapas, esos que armamos mientras vamos viviendo, lugares que recorremos a diario, los que nos parecen más «seguros» los que ya no transitamos. Me comunico con la psicóloga quien la conoce a Sofía y le pido sugerencias para acompañarla en el momento previo a la declaración. LLego al Centro de Justicia Penal. Allí estaban las dos hermanas, frente a unas oficinas; todo el edificio es frío, enorme, siempre me pierdo. Nos saludamos, la pareja del abuelo se queda con nosotras esperando el turno, el abuelo se quedó afuera. A nuestro alrededor gente que pasa hablando, teléfonos celulares que suenan, tacos que pasan corriendo, puertas que se abren y se cierran; la miro a Sofia y le pregunto cómo está, si necesita algo: sí, me dice y después de un silencio, me mira y vuelve a hablar: no quiero verlo a mi papá. En voz alta llaman a Sofía. Él también está citado. Quienes conocen el lugar, ya saben qué es lo que hay que hacer para evitar encuentros. El edificio cuenta con distintas entradas y salidas hacia el exterior y también hay otras estrategias sencillas como el horario para la citación. Me da naúseas aclarar lo obvio. Y esto mismo conversamos con la abogada. Ella igual cumplió con su trabajo. Después de una hora Sofía sale por el mismo pasillo por el que ingresó. Camina lento. Afuera en la vereda la están esperando su hermana, su abuelo con su pareja y la abogada. Salimos juntas del Centro de Justicia Penal, el cielo brillante y los tilos amarillos parecen que honraran la valentía de Sofía. Apenas caminamos unos pasos aparecen los ojos de su padre que nos mira. Nos quedamos quietas, una al lado de la otra, mientras él sigue caminando y cruza delante nuestro. Tiemblo, siento que algo dentro mío se derrumba.
Sofía camina por atajos para llegar a la escuela, recorre el barrio escapando de la presencia de su padre. Hace unos días se acercó con Brisa al Centro Cuidar para conversar, tiene la mirada limpia, la voz clara y es clara para hablar, le gusta su nombre porque lo eligió su mamá, le gusta estar con sus amigas bajo la sombra de los árboles, ya no tengo más novio y estoy bien así, dice convencida y también habla de sus tristezas, con apenas 16 años, ya no cree en la justicia y le da miedo que a su hermana le pase lo mismo que a ella.
El semáforo está en verde, mientras espero para cruzar la avenida, miro la ruta y mis ojos se pierden en el horizonte; me parece sentir el olor a eucalipto que trae la presencia de mi papá. Puedo seguir unos kilómetros más. Cada vez que pierdo el rumbo, busco su inquebrantable convicción por la justicia. Hace mucho tiempo que no le llevo flores, quizás ése sea el gesto que necesite como guía y retorno para mirar otra vez el mapa.
Andrea Mazzuca
Trabajadadora Social
Trabajadora Social, egresada de la Universidad Nacional de Rosario. Desempeño mi práctica profesional en los equipos de Fortalecimiento Familiar de la Dirección General de Infancias y Familias dependiente de la Municipalidad de Rosario, Provincia de Santa Fe.
Intento escribir aquello que me conmueve, como un gesto de amor o de lo que me atormenta, como la desidia, la injusticia social. Tengo un cuaderno de acopio, bitácora que me enseñó a construir Marian Mazover durante los talleres que realicé durante los años 2022 y 2023. En él guardo mis convicciones para no perderlas en el extravío de la soledad y de la incertidumbre, escribo anécdotas sueltas y trazo señales íntimas espontáneas.