Despedida
Por Laura Keegan.
Es una mesa plegable, cuadrada o rectangular, adaptable. Una mesa de arrime. Es de fórmica naranja y tiene el canto recubierto con un vivo de goma negra que le suaviza el contorno. Se sostiene con una única pata, metálica. Está baqueteada. Tiene por lo menos 40 años, como yo, un poco más también. Se la regalaron a papá el Turco y Mabel cuando se fue a vivir con mi mamá. La pata metálica se merece, al menos, un cromado nuevo: está toda oxidada. La fórmica, al contrario, está intacta. Deberíamos ser eternos como la fórmica, pero nos oxidamos como el metal.
Nadie se la lleva y yo sufro por esta mesa. Proyecto en ella mis angustias vicarias, recargo de sentido y de lustramueble ese cuadrado de 1×1 de fabricación industrial, representante de una era de materiales innobles pero evidentemente imperecederos. Quiero que se luzca: sólida, práctica, versátil. Quiero que alguien la elija y la albergue amorosamente en su vida. Le dé un uso y un sentido nuevos.
Calculo que me sucede porque la mesa aparece en mis fotos, porque sobre ella me daban la papilla o me servían la merienda. Fue nuestra mesa de cocina, una de las cocinas más pequeñas del mundo, casi una kitchenette. Era imposible cocinar ahí más que un churrasco o unos fideos, sólo podían prepararse cosas sencillas. Y si se tiraba algo a asar a la plancha, la falta de ventilación garantizaba que la casa oliera a grillado el resto del día. Pero, como a nuestra casa casi no venía nadie y estábamos los tres la mayor parte del día fuera, poco importaba. Mis padres terminaron gestionando el espacio del hogar un poco como una oficina, o un cuartel central. Los horarios de mi viejo permitían que estuviera para el desayuno y el almuerzo, y con mi mamá cenábamos solas. Eso significó una crianza a base de almuerzos en casa y cenas en pizzerías, bares, restaurantes y cantinas. La afirmación que aprendí de chica -“Mi mamá no cocina”- en nuestra realidad cotidiana se traducía en hacer la tarea del cole, varias noches por semana, en San Carlos, Rio Rhin, Bravo o cualquiera de los servicios gastronómicos que existían en Caballito sobre Avenida Rivadavia en los 90’s. Pumper Nic incluído.
A pesar de ser una simple escolar mi agenda se parecía a la de un adulto. Cursaba doble turno en el colegio, con un corte para el almuerzo y la continuación de la jornada en alguna de las tantas actividades extracurriculares a las que mis padres me habían inscrito: inglés, gimnasia deportiva, teatro y natación. Al regreso de cualquiera de estas actividades esperaba en casa la llegada de mamá mirando la tele con el uniforme puesto. Y no me lo quitaba hasta regresada del ritual de cenar algo afuera. Sobre el filo de las 21 bajabamos del departamento con la mochila y en la mesa del bar resolvía la tarea para el día siguiente, mientras ella corregía parciales con preguntas sobre la teorías de Jean Piaget y observaciones de sus alumnas del profesorado.
Conocía a todos los mozos del viejo San Carlos por nombre de pila. Al cajero lo saludaba con un “choque los cinco” y había uno al que yo había bautizado muy de niña “Benny Hill”, mirando las repeticiones en la tele, porque era muy parecido.
Él, en alguna ocasión y ante una emergencia me prestó plata de la caja para pagar un taxi que había tenido que tomar para llegar a casa. También nos servían de recepción para paquetes que llegaban en horarios donde no había nadie para recibirlos o de parciales que mi mamá -por algún paro inesperado o cese abrupto de las actividades en la Facultad- no había podido retirar y que alguien del Departamento de la carrera le dejaba en un sobre a su nombre.
Festejamos ahí cumpleaños, navidades y años nuevos. Es increíble que una vez fallecidas mis abuelas (y por consecuencia, achicada la familia) nos alcanzara con tener ese subterfugio donde pasar esas fechas festivas que suceden inexorablemente. Así, la decoración de navidad quedaba tercerizada: a nuestro departamento no llegaba el arbolito con adornos, no se colgaban luces ni guirnaldas. Apenas ingresada a la pubertad mis padres dejaron de darle un sentido a “las fiestas”, confiados por ahí en que las navidades de mi infancia habían bastado para consolidar en mí una experiencia básica de festejo familiar tradicional. Lo que siempre me resultó paradojal es que mi papá había nacido un 25 de diciembre, como el niño Jesús. Nuestra negación a interesarnos por celebrar se redoblaba. Papá jamás festejaba su cumpleaños. O mejor dicho, nuestra cena navideña de a tres se convertía en una celebración en su honor. Al cumplirse las 12, Benny Hill le traía un postre helado con velita y se le cantaba el feliz cumple bajito, entre el tintinear de las copas de sidra y los “¡Feliz Navidad!” de las mesas aledañas.
Cuando se conocieron, mis padres ya sabían lo que era intentar y fallar. Ambos tenían experiencia previa en parejas o matrimonios, vidas anteriores donde habían aprendido lo que no querían replicar. “Improvisar” no era exactamente la consigna, pero debía ser algo parecido. Tal vez su decisión era perseguir un estilo de vida que fuese tolerable para ambos, una relación más sincera donde fuese simple preguntarse qué está uno dispuesto a hacer por el otro.
Aliviada veo a la mesa irse por el pasillo del PH, empujada por Florencia y el marido, vecinos amorosos que conocieron a papá durante el final de su vida. Se la llevan hacia el fondo, adentrándose cada vez más en la manzana. La casa se la va tragando amablemente, la propiedad la va incorporando. Es lo que necesito: que no quede en la calle, a la intemperie, sin poder alcanzar su próximo destino.
Siento que, como la mesa, estoy toda oxidada por debajo pero desde lejos tengo buen aspecto. Y aunque un poco rota, para algunas cosas todavía sirvo.
Me reconforta la imagen de los vecinos llevándose la mesa de mi papá. Sonrío porque algo de él se queda acá, donde vivió. Porque alguien seguirá mateando sobre ella, mientras suene la radio, que alguna vez tuvo su voz.
Laura Keegan
Escritora, cantante y Lic. en Artes
Laura Keegan Anta Paz nació en 1982 en la Ciudad de Buenos Aires.
Es Licenciada en Artes Combinadas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Participa en diferentes ocasiones de las Jornadas de Estética del Cine, a cargo del Departamento de Artes y de las Jornadas de Literatura Inglesa, a cargo del Departamento de Letras de la misma FFyL.
Profesionalmente trabajó entre 2007 y 2017 coordinando el Área de Relaciones Institucionales de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica – ENERC (INCAA) para luego pasar a integrar el equipo de la Gerencia de Asuntos Internacionales del mismo Instituto.
Es cantante e integró hasta 2022 el grupo musical infantil “Mecache Rock” con el que participó de la grabación del primer disco de la banda, presentado en el Centro Cultural Konex, la Usina del Arte y el Festival Lollapalooza 2021 y 2022.