Todas las familias felices se parecen

Cena de egresados

Por Cecilia Calvet

A los 3 años aprendí a andar en bicicleta en el patio de mi casa. Con una aurorita verde lima que mi mamá me compró en lo de Pratto. En la misma bicicletería nos haríamos, unos cuantos años después, de La Negri, una bici usada tipo inglesa, bautizada por Ceci Rugeri en algún recreo.
Desde el patio salgo a toda velocidad, como casi todos los días, tratando de ganarle al tiempo para llegar, subir las escaleras, dejar la mochila en el aula, hablar de la nada misma con otros dormidos, bajar para la formación.
Mucho sueño, mucho guardapolvo blanco, la oración a la bandera. La mirada clavada en las zapatillas de quienes me rodean. La obsesión de siempre, que se reduce a encontrar las Nike más copadas, las más raras, las que no tienen todos, en general las más caras.
Otra vez el aula. María Elba, la de psicología, la que te deja afuera si llegás tarde a su clase. Casi nunca lo hago aunque juego al límite. Le tengo miedo. Además me gusta estar en clase evitando llevar a cabo cualquier tipo de consigna que provenga de un docente.

Hoy casi todas mis compañeras están emocionadas hablando de la cena de egresados. Una incomodidad que no termino de entender me aleja de ellas pero participo de la charla aportando algunos chistes ácidos. Alguna que otra verdad dicha en modo encubierto y casi siempre festejada.

No quiero ir a la cena de egresados. Solo quiero irme del pueblo y falta poco para que eso pase.
El tema principal es el vestido para la fiesta. Los varones, Silvina y yo hablamos de otra cosa. Una escapada para ir a jugar al truco a la casa de Ángel o para un partidito de pool en la sala de videojuegos del tío Osvaldo. Con Silvina somos un equipo prácticamente invencible.
Al fin y al cabo ellas tendrán su vestido de fiesta hecho por alguna modista de mayor o menor prestigio que dependerá del poder adquisitivo de cada una. Silvina no tiene un buen pasar, como diría mi vieja, pero tiene un cuerpo privilegiado al que todo le queda bien y va a usar un vestido de su tía, que no tiene hijos y que tiene onda y plata. Ellos usarán trajes prestados de algún casamiento familiar o tal vez uno de alquiler, no es un tema que dé para mucho más.
No quiero ir a la fiesta de egresados. En unos meses voy a estar viviendo en La Plata. Voy a estar ahí, deseando estar en Buenos Aires. Pero no queda otra, por cuestiones de guita, el destino será la capital de la provincia, donde ya están mi hermano y mis primos. Lo importante es irse del pueblo.

Salgo de la escuela y voy con Silvina a la casa de Estefi. Para ese entonces ya tenemos nuestro amor declarado al punk rock. Silvina no, pero entró a nuestro mundo un día que se aprendió de memoria un par de canciones de Los Ramones para ir con nosotras a Obras. Una de las aventuras más grandes de nuestras vidas. Solas, con la custodia de mi hermano apenas mayor que yo, en la capital (la verdadera).Les digo que me quiero rapar. Me dicen que no, que después no me voy a animar a salir a la calle. Entonces digo que me voy a hacer una cresta y me voy a llenar las orejas de alfileres de gancho y reímos. Estefi me tira una idea: mitad de la cabeza rapada. Toda la nuca y apenas arriba de las orejas. Si me ato el pelo se me ve el rapado y si tengo que caretear me lo suelto. Acepto y ponen manos a la obra. El rapado brilla luego de la última pasada de Prestobarba.

No quiero ir a la cena. No quiero un vestido. Pero no me queda otra que enfrentar la situación. Como en el Wonder Boy, donde para pasar de nivel tenés que matar al monstruo de la última pantalla.

No es una opción no ir a la cena. No es una opción ir vestida de otra manera, serían insoportables las miraditas de reojo y lo dicho por lo bajo.

Mi mamá me lleva a la casa de una modista. Vestido negro, digo. Está bien, dicen, el negro disimula.

Tengo diecisiete años y tengo que ”disimularme». Que me ponga derecha, agregan, que así me veo más esbelta y que los tacos altos van a hacer lo suyo para que supere mi metro y medio. Como dijo Delia, la de educación física, “usted, Calvet, crece de ancho pero no de alto”. Ya tengo las tetas mucho más grandes de lo que desearía, daría la vida porque no existieran pero insisten en que las muestre, que sino nunca voy a conseguir novio, que voy a quedar para vestir santos.
El vestido va a ser de raso. Con botones negros forrados que irán desde la cintura y recorreran la espalda hasta la altura de los hombros. Todas las ideas que mi mamá y la modista evalúan después ya no las escucho. Digo a todo que sí y hasta trato de fingir cierta alegría.
A la cena se entra en pareja. Todas se pelean por los más lindos. Espero que terminen de elegir y me quedo con el que me asignan por defecto.
Llega la fecha. Me maquillan, me calzan los zapatos mágicos y salimos todos vestidos de fiesta. Mi hermano, mi mamá, mi papá y yo.

Vamos entrando mientras la de psicología va resaltando datos de color de cada uno de nosotros.
Todos ríen cuando entro con mi no elegido porque ella hace alusión a que “el gato” como a él lo apodan entra con “la potra” sobrenombre que los Calvet heredamos de un primo de mi abuelo. Un tipo conocido en el pueblo por ser un croto. Bruto, criador de chanchos, cliente habitual del bar de la Pitusa. Algo tengo en común con él, abusar del escabio todos los fines de semana.
Avanzamos con Alejandro, el gato, apodo que nunca tuvo una explicación para mí. Antes de sentarnos a la mesa mi mamá se acerca y me habla al oído:
-Ya, te soltás el pelo- me lo dice clavándome la miradita de ya sabés lo que te espera en casa.
Tenés que ser un poco más fina, no tenés paz conmigo, no sé porqué me hacés esto. Una seguidilla rápida de su rosario con la sonrisa tensa del disimulo.
-Caminá bien, andá a la mesa y ojo con tomar demás. Me desvivo para darte todo y así me pagás.
Me siento al lado de Silvina. Extrañamos a Estefi que va al San José y que está castigada por haberse teñido el pelo de azul para el acto de fin de curso. El papel crepe también le tiñó la cara. Empezamos la noche brindando por ella, por Charly y por Los Ramones.

Cecilia Calvet

Artista plástica y escritora

Ceci Calvet nació en Rojas -Buenos Aires- en 1977. A los 18 años se fue a vivir a La Plata donde se recibió de Profesora de Lengua y Literatura.
En 2008 decidió mudarse a la Ciudad de Buenos Aires. En 2015, viviendo en La Boca, se encontró con su vocación y dejó la docencia para dedicarse por completo al Filete Porteño. Cuando sus pinceles descansan, escribe.
En 2015 y frente a su crisis vocacional comienza a tomar talleres de escritura con Juan Sklar. En 2024, en la búsqueda de profundizar su proyecto de escritura autobiográfica, comienza el taller de Mariana Mazover.