Todas las familias felices se parecen

El abrigo de otros

Por María Eugenia Mendizábal.

No me quejo del dolor. Mis días transcurren entre la huerta y el gallinero, cortando leña para la estufa, limpiando las astillas de los troncos del piso, preparando conservas al calor de mi cocina económica. Escucho la radio, alimento a la familia: hijas, yernos y nietos que van aprendiendo canciones en lenguas foráneas y que compran cosas, y hacen preguntas que nadie responde.

 

Soy movimiento, soy caminata, soy regularidad: voy y vengo en falsa escuadra, pivoteando una dignidad inapelable. Mientras, nadie en la casa menciona el desacompasado golpe de mi taco ortopédico sobre el piso.

 

En la intimidad del cuarto, cuando separo el armazón metálico del resto mi cuerpo y quedo semidesnuda frente al espejo, masajeando mi pierna indócil; cuando me quedo ahí en ese silencio profundo y sostengo mi mirada sobre el reflejo del espejo, recuerdo las palabras de mi madre cuando tomó la decisión de llevarme al hospital y aceptar las condiciones que nos ponían para darme el primer soporte ortopédico para la pierna. Sin esto no podrás caminar, me dijo, sólo así lo conseguiremos: olvídate las opiniones de los otros. No importan.

 

Cuando estoy sola en mi cuarto, el único en el piso inferior de la casa, y ya nadie entra a hablarme; Cuando el calor de la chimenea me inunda con su luz dorada, busco entre los papeles, entre mis fotos, mis viejos cuadernos, las cartas de mi mamá. Me encuentro con cosas viejas, recuerdos de cuando me casé y me mudé a esta casa, lejos de la familia, los vecinos y los conocidos; oportunamente lejos de sus miradas de su condena sobre mi estar erguida. Vine a este confín para darme un nuevo inicio.

 

Sola, todas las noches, tomo la foto de mis cuatro años. Aparezco sentada en un taburete, sonriendo, luciendo para la cámara el primer dispositivo ortopédico que recibí. 

 

Recuerdo aquel día en que mi mamá me llevó al hospital. Tuve el metal y el cuero protegiendo mi pierna, mi arnés (le decía), y luego otros, que se adaptaron a mi crecimiento. Tuve esta foto, que salió en todos los diarios del país, adonde se ve mi sonrisa, mi pierna corregida. Tuve esta foto adonde me veo junto al dictador de turno, luciendo generoso, cómo un benefactor de lisiados, también sonriendo: como si mi papá no hubiese sido tomado prisionero y arrastrado a una colonia penitenciaria, donde pasaba frío y hambre, mientras talaba árboles para el abrigo de otros.

María Eugenia Mendizábal

Escritora

Nací en mayo de 1976 en Capital Federal.

Soy socióloga y trabajadora de la secretaría de DDHH. Vivo en el conurbano. Participé en diversos talleres de poesía y narrativa y, desde la pandemia, curso los talleres de Marian Mazover. Publiqué algunos poemas y cuentos en antologías. Escribir es un desafío inmenso que me da infinita alegría.