Todas las familias felices se parecen

El cazador de patos de Tinder

Por Ana Clara Bérgamo.

 

El domingo, cansada de escuchar historias de gente que conoce al amor de su vida a través de apps de citas, me bajé Tinder. Dejé pasar algunos candidatos y con este hicimos “match”. Tres fotos, mínima descripción, chateamos un poco y me pareció interesante. Me invitó a tomar algo, acepté. Después de pasarme el fin de semana mirando series tirada en la cama, tenía una cita de lunes. 

 

Elegimos para encontrarnos una esquina de Avenida Mazatlan. Hace unos meses que vivo cerca de la colonia : “La Condesa”, nombre que le hace total justicia al barrio. Mi colonia está pegada y yo disfruto al cruzar esa frontera imaginaria y fantasear por un rato que vivo en esa parte de la ciudad con toques europeo-mexicanos. Caminé por el bulevar para tratar de calmar los pensamientos, abrazada por los árboles y el aroma de los tilos. Me hago la casual, pero siempre me ponen nerviosa las citas. Llegué puntual, él, 10 minutos tarde. Atiné a saludarlo con un beso y él le sumó un abrazo apretado. El saludo quedó forzado, como cuando a un niño se lo obliga a saludar a un anciano.

 

Caminamos un poco en lo que decidíamos qué hacer, él ya había comido, yo tenía hambre, así que tenía el poder de elegir. Nos sentamos en un restaurante tailandés, que tenía ganas de probar hacía tiempo. 

 

La charla nos llevó a distintos lugares, en sentido geográfico y temático. Mientras yo comía, me habló de él: de una amiga suya que se había tomado un tren para turistas aventureros, me mostró en el mapa un pueblito diminuto donde ella estaba, habló de sus viajes por Europa, de su estadía en Londres. Entre bocados, hablé de mí: del tiempo que llevo viviendo en México, de mi gato, del trabajo en la productora, de Argentina.

Hablamos de los gays y sus bares excluyentes, hablamos de las mujeres, del machismo y de la marcha del 8 de marzo.  

 

Pagué la cuenta y salimos. Enfrente del restaurante me besa y siento una mano que me agarra el culo.

“Eh amigo! No es mucho para un primera beso de lunes, en medio de la calle” pensé.

 

¿Viste cuando estás durmiendo, pero en el sueño soñas que estás despierto, pero tu cuerpo no reacciona, porque en realidad está dormido pero tu cerebro no lo sabe y de repente, algo pasa en el sueño, te caes o recibís un golpe y eso te despierta y ahí te das cuanta de que estabas durmiendo, no sufriendo de una parálisis física? Bueno, esa sensación tuve.

 

Él me besaba, nos besábamos, porque yo le respondí, pero sentía que era mucho, mucha lengua, mucha mano, para una primera vez. Pero mi cuerpo no reaccionaba.

Si hubiese sido como esos sueños, la Carolina de afuera me estaría gritando: “Caro!! Salí de ahí, sácatelo de encima.”.

Para cuando logro desprenderme solo le alcanzo a decir: 

 

―Te gusta tocar, no?

 

Ahí ya quería que la cita terminara, empecé a caminar en dirección para mi casa cuando me dice:

 

―Oye, estamos cerca de mi depa, si quieres vamos a buscar mi carro y te alcanzo.

 

Todo me indicaba que diga que no: estaba a 10 cuadras de mi casa, era temprano, podía caminar o agarrar una bici, él me incomodaba, no hacía falta seguirla. Pero acepté, ¿para qué? Para seguir juntando datos que re-confirmaran esa primera intuición que había tenido cuando hablamos por teléfono: no me iba a gustar, su voz ya me lo había retratado.

 

Mientras nos desviábamos camino a su departamento, a buscar las llaves del auto, miró de reojo su celular y me comentó en tono anecdótico:

 

―Tanto escándalo por una historia de Instagram, ni siquiera se veía lo que habíamos cazado, éramos solo nosotros vestidos de cazadores, porque la foto estaba cortada, no se veían los patos, pero la tuvo que bajar. ¿Podes creer, qué exagerada que es la gente?

 

Sí, cazaba patos. En sus propias palabras: patos libres, que habían tenido una buena vida y llegaban después de volar por kilómetros emigrando desde Canadá. Patos que vivieron. No como esos que te dan en un restaurante, de criadero, que nacen en jaulas, los engordan y a los pocos meses los matan para que los comamos. 

 

―Los que yo cazo, tuvieron una vida ―insistía. 

 

Para cuando termina la frase, nos detenemos en la entrada de un edificio antiguo, él entra y yo me quedo parada en la puerta, pensé que iba a ir rápido por sus llaves del auto y volver. Pero no, con la excusa de que: “cómo me iba a quedar afuera sola a esa hora”, me invita/obliga a entrar.

El departamento era un caos, había cajas amontonadas por todos lados, bolsas de consorcio, cosas apiladas. Me quedo cerca de la puerta de entrada, miro para un costado y sobre una mesa había repartidas cientos de chapitas de gaseosas y cervezas. Sigo recorriendo con la mirada, hasta que me llama la atención un cuadro en el medio de la sala, que logra despegarme de la puerta para verlo de cerca. Me vence la curiosidad.

 

―Son cartuchos de balas ―me dice antes de que pueda preguntar.

 

―Mira, acá tengo unas cajas llenas de cartuchos separadas por tamaños, me llevó todo una tarde mirando Netflix separarlas, porque en el campo de tiro te las dan pero todas mezcladas. 

 

―¿Te dan miedo las armas? ―Me preguntó, y en ese momento yo volví a ese estado del sueño: la cabeza me mandaba un montón de información pero el cuerpo no me respondía. Mi no repuesta fué una negativa para él, que sacó un revólver de abajo de su cama y le vació el cargador adelante mío para mostrarme la diferencia entre las balas.

 

Era un fanático de las armas y las coleccionaba como quien colecciona monedas de otros países y te las enseña orgulloso. A esa altura ya ni escuchaba lo que me decía. La cita había tomado un giro inexplicable. Mi cuerpo instintivamente se iba acercando cada vez más al picaporte y aunque él intentara retenerme entre besos pegajosos y charla, logro que agarre las llaves y nos vayamos.

Nos subimos a su jeep, un sujeto así no podía tener un auto menos armatoste. 

El camino era corto, el viaje fue rápido pero incómodo. Me dejó en mi casa, no sin antes despedirse con un beso y meter la mano por debajo de mi blusa para tocarme una teta y rematar la noche. Esta vez mi cuerpo sí reaccionó. Lo dejé parado junto a su auto y entré rápido.

 

A partir de ahí, empecé a actuar en piloto automático: me cambié, me lavé la cara, los dientes, y me tiré en la cama. Por las siguientes dos horas me dejé anestesiar viendo los capítulos de una serie colombiana, de esas que miraban las abuelas en el horario de la siesta. Hasta que al fin me quedé dormida con los gritos de las protagonistas de fondo.

Al otro día me desperté con los maullidos de Roberta, caminaba sobre mi almohada reclamando su alimento. Había dormido solo 4 horas. El cuerpo me pesaba, la cabeza, el alma me pesaban. Sentía una angustia que me atravesaba y que no terminaba de salir por lo ojos. Afuera estaba nublado, hacía frío. Me levanté por obligación. Llené el plato de comida de la gata y me quedé mirándola. Calenté el café, llené una taza grande y mientras le daba los primeros sorbos, ya más despierta, agarré el celular, en ese instante la pantalla se ilumina: “Bonito día, princesa. Asómate a la ventana”. Al mismo tiempo que suena el timbre y mi mano suelta la taza, que se estalla contra el piso.

Mientras esquivo pedazos de cerámica, camino hacia la ventana. Sigilosa, como cuando Roberta quiere atrapar a un insecto, espío entre las cortinas. Ahí está, parado al lado el jeep, con una bolsa de Starbucks en la mano. 

Ana Clara Bérgamo

Actriz, artista plástica y escritora

(Buenos Aires, 26 de septiembre de 1984)

 

Es actriz y artista plástica. Reside en la Ciudad de México. 

Se recibió como licenciada en Artes Combinadas (UBA). 

La escritura siempre estuvo presente en su vida pero empezó a desarrollar más su faceta de escritora, desde hace 3 años, a partir de los taller dictados por Mariana Mazover. 

Fue colaboradora en Farsa Mag, redactando crítica teatral. 

Actualmente trabaja como actriz y ceramista, desarrollando su propia línea de cerámica, Querida Clara.