El cuidado del agua
Por Romina Rissolo.
La pileta está llena de hojas y olvido. El otoño las volvió densas, como un colchón que no deja ver el fondo. Cuando me mudé a esta casa, no sabía nada sobre el cuidado del agua.
Pero había algo de transformación en ese mundo, que se insinuaba cada vez que me acercaba. Un diálogo entre aguas, un proceso de sanación que nos atravesaba.
Un universo químico de sedimentadores, alguicidas, cloro líquido, granulado, me abrió las puertas hacia la transparencia. La cantidad a usar, dependia del clima, ya que la lluvia con su falsa identidad cristalina, termina, si la dejas, volviéndolo todo turbio .
Al limpiarla, recordé una salida con mi hermana. Un “ happy hour” que terminó mal como cada reunión familiar en la que dejábamos que el alcohol nos abra las puertas del inconsciente familiar e imponga temas que de ninguna otra manera aparecerian.
En un momento, cuando la segunda copa de malbec se esfumaba, dije:
―Siempre quiero ver el fondo de todo ―y hablé, para sorpresa de mi hermana que esperaba escuchar sobre mis aventuras en la pileta, de la vez en que mamá casi nos abandona.
―Mamá salía con la valija en la mano y la abuela atrás obligándola a entrar. Mi cuerpo de nena de seis años, paralizado por el miedo, lloraba en silencio.
―¿Te acordás?
―De los nervios le abría la puerta y la dejaba ir ―agregué e interrumpí el relato.
Estaba en blanco. Con la mirada buscaba la copa. Tomé otro sorbo de ese malbec, cosecha 2021. El vino, era más joven que mi versión actual y que la niña de seis que estaba entre nosotras. Daba en la boca un sabor fresco y frutal. Dejé que los taninos hagan ese efecto de picor antes de tragar, apure un par de tragos y envalentonada retomé:
―¿Las cosas que hacemos cuando estamos en pánico, no?
―Pienso en esos animales que se mimetizan frente a un peligro y cambian de apariencia
Iba a seguir con el monólogo, cuando mi hermana que venía escuchando atenta dijo:
―¿Y vos en que te hubieras querido transformar… en puerta?
Nos callamos. Incómodas, en ese bar de copas dejé que el dolor del recuerdo se diluya en el jugo de uvas.
Ella es la mayor, y también la mayor bebedora de la dos. Tomaba un gin tonic, relación sesenta cuarenta a favor del gin, y movia los hielos con el dedo índice, el mismo, que después usó para señalarme.
―Vos no entendías nada porque eras chica. ―Y me contó una historia común para una ciudad, pero rara para un pueblo como en el que vivíamos nosotras.
―Papá y mamá se llevaban como el culo, suelta la lengua por el gin y proclive a las malas palabras, no quise interrumpirla. Era mi oportunidad de conocer otra versión de los hechos.
―Tuvimos una reunión familiar, y nos pidieron que elijamos con quien vivir. Mamá se quería ir a Mendoza. Yo elegí a papá, tu hermano voto en blanco, y a vos no te consultaron. Conclusión nadie la eligió.
Seguí la línea del diálogo y pregunté:
―¿Y la abuela, como ganó protagonismo? Mira que revolearle la valija.
La noche avanzaba. El alcohol era nuestro constelador familiar, imponia silencios y diálogos. Cuando callábamos, la única relación válida era con la copa.
Recordar es vivir de nuevo. Y eso hacíamos, pero con el cuerpo, recordábamos la parálisis, la sensación de peligro, el miedo al abandono.
Mi hermana no pudo hablar. Por un rato, quedamos suspendidas en una mesa de bar. Flotando entre imágenes de historias familiares no resueltas.
La escena reaparecia en mi mente como un caleidoscopio, veía a mamá correr por el pasillo con la valija en la mano, a la abuela por detrás, y a la nena de seis viéndolo todo desde la puerta. Y vuelta a empezar.
Una imágen sumergida por el tiempo en lo profundo, que nos manejaba desde abajo, como la base de un iceberg.
Desde afuera, escuchaba como un eco distante la voces, las risas, la música de un escenario accidental llamado bar.
―Al final no se para que se quedó ―retomó mi hermana, con un gin renovado.
La terapia etilica continuaba.
―¿La viste reírse alguna vez?
Pensé, todo lo que el alcohol me permitía pensar antes de responder y dije:
―Para mí, ese día, se fue para dentro. Por alguna ruta interior hacia algún destino alejado.
Para ese entonces el vino se diluía en el agua de mis lágrimas que bordeaban la nariz y goteaban desde la punta del mentón al vaso.
Para alivianar agregué:
―Al final si hubiese sabido que mamá nos iba a abandonar hasta la puerta, no me hubiera traumado tanto.
―Al final, dijo mi hermana, hubiese sido mejor que nos hubiera abandonado.
Barro el agua con una escoba imaginaria, ahogo esos recuerdos que suben y todo sigue estancado. Miro al cielo para saber la hora, las 10.
Enciendo el barrefondo, una especie de aspiradora subacuática. La manguera serpentea sobre mi mano al ser tironeada. La siento vibrar. En su interior, viajan miles de burbujas de aire, que encierran realidades, agua podrida y hojas quebradas, sin identidad de árbol.
Un universo vulnerado por el efecto del tiempo y la falta de cuidados. Un universo descartable.
Me muevo despacio, estiro y contraigo, una estela clara hace un camino en el agua que deja ver algo de lo profundo. Un matiz de colores que descienden en espiral. Un degradé de verdes, cuya línea final refleja un horizonte, un límite que contiene.
Las 11, el sol está casi en el centro del parque. Ilumina de lleno. El polvo se estira en el agua, la ocupa. Atraído por la boca del barrefondo sube y se entrega. Desaparece y su ausencia no aclara nada. Bolas de mugre que amenazan tapar el barrefondo se despiertan y marchan. El piso es una alfombra falsa, resbaladiza, destinada a hundirme más. Una ilusión de cercanía. Algo parecido a mi madre.
Contracturada, siento los hombros y los brazos rígidos, como una viga que me sostiene mientras el sol quema. Por primera vez registro mí cuerpo. ¿Cómo está mi agua interior ? ¿qué partes tengo abandonadas?.
Descanso. Remover lo acumulado es eterno. Apago el motor. El silencio es quietud en las aguas. Los mundos se estabilizan. La basura que aún queda, sedimenta. Pero el agua ya no es la misma. Como nosotras, cuando nos volvimos a ver. No hablamos de mamá, lo que se dice alcoholizado, muere en el olvido de la sobriedad.
Como si no hubiera pasado nada, enterramos otra vez el dolor en el fondo. Así, aprendí a sedimentar emociones, a transformarlas en barro.
No espero a nadie este verano. La soledad es mi tiempo. Tiempo para limpiar y evitar que el dolor hecho polvo se acumule y me ponga rígida, que las hojas se pudran, que el agua de mis emociones se vuelva verde.
Llegar hasta el final es una decisión. Camino por el parque hasta la canilla, tomo agua fresca.
Respiro profundo. Purgo el sistema y vuelvo a empezar.
Romina Rissolo
Médica, guionista, escritora y terapeuta floral
Romina Rissolo es médica, guionista, escritora, terapeuta floral.
Nacida en Junín, Prov. de Buenos Aires en 1970. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, con Sabrina Farji, Mariana Mazover, Roman Podolski, Sandra De Falco entre otros. Participó en distintos talleres de escritura de cuento, guión, dramaturgia. Fue coguionista de la miniserie “El Paraíso”, “Fronteras” y de la película “Trópico”.
Escribió el cuento infantil “Nada es lo que parece” con una versión en Braille para trabajar en su proyecto “Infancia inclusiva“ con el que aborda, en escuelas primarias, el tema de la diversidad.