Todas las familias felices se parecen

Mar negro

Por Eleonora Cohen Imach

 

 

Es la primera vez que puedo escribir de frente al ventanal del departamento, sin darle la espalda a las montañas. Es que el cielo se ha oscurecido y las nubes están cargadas de lluvia contenida. La luz, entonces, se filtra a través de ellas y el brillo baja unos puntos, unos puntos cruciales a la hora de poder escribir, de poder hacer cualquier cosa, en realidad, cuando me duele mucho la cabeza. Las migrañas son como una negación del mundo: hay que quedarse en una habitación oscura, cerrar los ojos, alejarse de cualquier tipo de ruido, de cualquier tipo de estímulo, hacerse a un lado de la vida, por un rato, hasta que se acabe. Pero en este último tiempo se ha alojado en mi frente un dolor que insiste en quedarse. Arde la frente, arden los ojos y arde la mandíbula.

 

Ya lo he intentado todo y nada ha funcionado. Quizás sólo quede escribir con el dolor vivo para comprenderlo, para descifrar su significado, ese relato que todavía me es inaccesible; para que en el despliegue de palabras en la página en blanco se vaya debilitando, convirtiéndose en bruma, hasta ser sólo recuerdo, y así dar paso a la vida, a la otra vida, esa que me permitió alguna vez sentir liviandad, como en aquel verano, hace diez años atrás, en una playa en Guatemala, país que adoptó a la familia de mi mamá hace mucho tiempo. Habíamos dormido con mis primos y sus amigos en el living de la casa frente al mar. Eran las 7 de la mañana y fui la primera en despertarme. Todos dormían con los brazos extendidos hacia atrás o hacia los costados sobre los colchones desparramados en el suelo. Me miré en un espejo un poco gastado, con un marco de sirenas: los cachetes rosados, los ojos casi verdes por el reflejo del sol, el pelo con sal y arena todavía. Salí a la galería y vi el mar, un mar negro, porque la arena en Guatemala es negra: arena negra de las cenizas de los volcanes. Empecé a caminar hacia las aguas inmensas, siguiendo las huellas que dejaron las tortugas marinas que liberamos la tarde anterior. Y fui quitándome la blusa blanca, casi transparente, y el corpiño de la bikini con la que me había quedado dormida, y los fui dejando en el camino. No había nubes, sólo un poco de viento. No necesité café para unirme al mundo, ni esperar acostada media hora con los ojos perdidos en el techo para afrontar otro día más. Bastó con ingresar al universo de las olas, del agua salada, y flotar ahí por un rato, para saber, con certeza absoluta, que estaba entera: entera mi mente, entero mi espíritu, entero mi cuerpo.

 

Pienso que una parte de mí supo, en ese momento, que vendrían años difíciles, que tenía que absorber toda la energía posible de ese instante porque la iba a necesitar luego. Pienso que ya no sé cómo hacer para que la migraña desaparezca así puedo escribir sobre otra cosa. Escribir sobre otra cosa en este momento sería imposible. Pienso que tal vez las aguas me limpiaron de todo lo malo y de todo lo bueno, también, y que la única solución que me queda es regresar a ese mar negro y que me devuelva lo bueno, o que se lleve sólo lo malo esta vez. Pero está muy lejos y los mares que tengo más cerca no hicieron efecto.

 

Escucho un trueno y noto que el negro de las nubes se ha acentuado. Tal vez sólo tenga que encontrar la forma en que pueda llevar mi cuerpo a ellas, quizás desde la cima de la montaña, para que me abracen y me curen, para hacer de cuenta que los años se revierten, que el cuerpo se revierte, y que el agua de lluvia apague mi incendio y mis síntomas queden para siempre perdidos, olvidados, en la profunda oscuridad.

Eleonora Cohen Imach

Actriz y realizadora audiovisual

Desde muy chica busqué distintas maneras de expresarme a través del cuerpo. Comencé Ballet a los 5 años y fue mi gran pasión hasta los 21, cuando descubrí el teatro y la palabra tomó un nuevo lugar en mi vida. Estudié actuación en Los Ángeles, Nueva York, Buenos Aires y Tucumán, donde vivo actualmente. En el 2022, persiguiendo otra de mis grandes pasiones, me recibí de Técnica en Medios Audiovisuales (EUCVyTv). En el 2023 sentí la necesidad de expandir y explorar el mundo de mis imágenes internas y los distintos significados de mis memorias y por ello comencé el taller de Mariana Mazover, donde me sumergí en la inagotable belleza de la escritura y la lectura.