Todas las familias felices se parecen

Felices fiestas

Por Carolina Raduan.

 

Hace unas semanas recordé, en terapia, la noche del 23 de diciembre del año 2000. Mamá y papá habían salido a cenar y yo estaba al cuidado de mis hermanas. Delfina estaba en la habitación de ellos mirando dibujitos y con Josefina estábamos en el comedor alternando entre la tele y la computadora, que llevaba tiempo conectar a internet. Las ventanas estaban abiertas y de afuera se escuchaba un clima propio de esas fechas: música, risas y gente hablando a los gritos. Era una de esas noches calurosas repletas de bichos que se pegan en la luz y el ventilador de techo hacía un ruido molesto que hacía vibrar las tulipas. 

Debían ser las 23.30 horas cuando entraron mis abuelos con las llaves de casa que mi abuela Marga tenía por cualquier cosa. No tocaron timbre ni llamaron previamente por teléfono para avisar que vendrían. Mi abuelo Richard parecía preocupado y Marga intentaba disimular que algo pasaba, sin darse cuenta de su incapacidad para ocultar sus expresiones: “me llamó mamá que se les hizo tarde, por eso vinimos”, me dijo. No era la primera vez que mamá y papá salían y nosotras no quedábamos solas y tampoco era tan tarde. Mientras Richard caminaba en silencio con la mirada en el piso entró mamá. Estaba nerviosa y tenía los ojos hinchados como si hubiese llorado. No recuerdo si dije algo, tampoco lo que hizo Josefina que estaba ahí conmigo, pero sí que mamá miró a Marga y le dijo: “mamá nos vamos con las nenas a dormir a tu casa”. Yo le dije que no me iba a ir a ningún lado y en ese instante llegó papá, se lo veía enojado y también con los ojos rojos. Le dijo a mamá que ella no se iba y menos con nosotras “ándate vos si queres, pero a las chicas las dejas acá”. Mamá le dijo que no se le acerque, que no la toque. 

En el medio de reclamos, gritos y amenazas, Delfina vino al comedor porque el caos hizo que ya no pudiera escuchar la tele. Richard quiso tranquilizar a papá y se lo llevó al living para poder hablar, mamá y Marga lloraban y nosotras tres también. Me acerqué hasta la puerta del living intentando ver o escuchar algo, pero solo vi el reflejo de las luces del árbol de navidad que se prendían y se apagaban. Marga le decía a mamá que lo piense, que no tome ninguna decisión de la que después se pudiera arrepentir, que quizás mañana más calmos podían intentar hablar. Yo en un estado de total enojo y desconcierto le pregunté a mamá si se iban a separar, no recuerdo su respuesta, pero sí su mirada llena de angustia y desesperación. Josefina se fue a su habitación y Marga fue detrás de ella. 

Me apoye en la baranda de la ventana tratando de que todo el ruido de afuera tapara un poco el de adentro. Delfina estaba agarrada a mi cintura y me dijo: “vos por lo menos los tuviste mucho más tiempo a mamá y a papá juntos”, yo solo pude decirle que tratara de escuchar la música que venía de la calle. Marga se acercó para avisarme que se iba y me dijo “si me necesitan, me llamas”. Las dos nos miramos mientras nos apretábamos la mano y yo asentí con la cabeza. Vino mamá a decirnos que mejor nos fuéramos a acostar. Yo le dije que no, que no tenía sueño, “es tarde” me dijo, pero ni la miré, seguí con medio cuerpo fuera de la ventana. 

Me fui a mi cuarto, cerré la puerta y me ahogué en un llanto que no me dejaba respirar. Me metí en la cama, pero no podía estar acostada porque se me tapaba la nariz. En el pasillo se escuchaban las voces de mamá y papá que iban y venían, pero ya no peleaban como antes. Esa noche di vueltas en la cama y recé. Por momentos me adormecía, pero después me despertaba. Pensaba en cómo iba a ser todo de ahora en adelante, si se iban a amigar, con quien íbamos a vivir y si íbamos a tener que elegir.  

Prendí el velador para ver la hora y ya eran las 6 de la mañana, fui a la habitación de mamá y en su cama estaba Delfina durmiendo y en la pieza de Delfina la cama estaba vacía. En el comedor la ventana había quedado abierta y con la persiana levantada, había amanecido y afuera reinaba la calma. Sobre la mesa agonizaban los bichos que a la noche se juntaban frenéticos en las luces del ventilador.  

Escuché voces que venían del escritorio, caminé despacio y en patas para que no me escuchen y apoyé la oreja detrás de la puerta. Parecía que abrían y cerraban el placar y se oía el sonido de un cierre. Mamá le pedía a papá que trataran de resolver las cosas entre ellos, que no se metieran en un terreno legal donde todo era eterno y doloroso. Él no quería saber nada, le respondía que se iban a arreglar con abogados, que él no quería hablar nada más con ella y que no se iba a ir de casa. Ella intentaba hacerlo cambiar de opinión: “yo soy abogada, se lo que son los tiempos de la justicia, por favor, no tiene sentido y están las nenas en el medio”. El seguía firme en su postura y le decía ella se fuera de casa y que nosotras nos quedáramos a quedar a vivir con él. 

Me alejé de la puerta, para que no me escuchen me fui por el living, en donde las luces del árbol de navidad seguían titilando. No quería que mamá se fuera, pero tampoco quería que lo haga papá. La idea de que alguno de los dos nos estuviera me resultaba desoladora. Volví a mi habitación y me metí en la cama. 

Cuando me levanté papá no estaba y mamá tenía los ojos chiquitos e hinchados. Nos abrazamos y en un llanto profundo que soltó en mi hombro me pidió perdón. Le pregunté a donde estaba papá y me dijo que había ido un rato a lo de mis abuelos paternos. Mis hermanas también se levantaron y desayunamos las tres en silencio. 

Papá volvió a la tardecita después de no haber estado en todo el día. A la noche nos juntamos a cenar a pesar de que no había ni el más mínimo ánimo de festejo. Vinieron mis abuelos maternos y mi bisabuela, mis abuelos paternos nunca aparecieron porque estaban “dolidos”. Comimos en el comedor con la ventana abierta, el ventilador prendido y los bichos en el techo. Nadie hablaba, solo para pasarnos la soda, el hielo o el vitel toné. Papá estaba sentado en la punta de la mesa con la mirada desencajada y cuando se dirigía a mis abuelos lo hacía con una formalidad absurda. Comimos y bebimos poco. Todavía puedo sentir la indignación de esa noche ridícula y desconcertante, todos ahí sentados celebrando la nada. 

Afuera se escucharon las explosiones de los fuegos artificiales que anunciaban las 12: ya era navidad. Mamá y Marga fueron a buscar las copas de champagne, había que brindar.

 

Carolina Raduan

Escritora y diseñadora

Carolina Raduan, nacida en Rosario  el 26 de Noviembre de 1986.

2018 – Taller de Escritura Creativa Patas de Cabra – dictado por Maia Morosano

2019 – Taller de Periodismo de Viajes – dictado por Carola Fernández Moores & Marcelo Borrego

2019 – Seminario de Posgrado “Teorías de Género y Filosofía Política Feminista Contemporánea”

2022 – Taller de Escritura Autobiográfica “Esta historia es la mía”- dictado por Mariana Mazover

2022 – Taller de proyecto autobiográfico “Todas las familias felices se parecen”- dictado por Mariana Mazover

2022 – Participación en el Mundial de Escritura – dictado por Santiago Llach

2022 – Participación en el Concurso de Narrativa de la Revista Orsai

2023 – Lectura en el ciclo de lecturas del taller “Ese Vértigo” – Mariana Mazover – Espacio Animal


Publicaciones

Revista Ineditadas, Diario la Capital de Rosario, Ojo de Prensa y Suma Política

2018 – Integrante del libro Antología “Le Cucó” – Taller de Escritura Creativa Patas de Cabra.