Todas las familias felices se parecen

El trámite difícil de aprobar

Por Fernando Morabes.

No sé si era psicóloga o psiquiatra, pero nos iba llamando de a uno, para hacernos una entrevista. “Examen Psicofísico”, decía la planilla que completé con mis datos y entregué en una ventanilla administrativa. Espere que lo van a llamar, me dijo una señora que, sin levantar la vista de la planilla, me señaló una silla vacía. Me senté a esperar.


La psicóloga o psiquiatra con chaqueta blanca, se asomaba, cada tanto, desde la puerta del consultorio al pasillo, que funcionaba como sala de espera; donde esperábamos ser llamados. Ser llamado. En una de esas salidas, la mujer dijo mi apellido en voz alta para que todos escuchen. Entré a la oficina pensando en cualquier cosa, menos en mi y mucho menos en que me iba a enfrentar a un examen. En un examen se puede salir bien o mal, pero, en ese momento, no lo pensé.


―Tome asiento me dijo. En ese tono formal y distante debí notar la seriedad con que esa señora se tomaba su trabajo. Para mi, hasta ese momento, el “examen” era una formalidad vacía y mecánica. Un trámite.


Me indicó que hiciera un dibujo: “te voy a pedir que dibujes una persona bajo la lluvia”, me dijo como si en la simpleza de la consigna hubiera algo oculto que yo debía descubrir. Me acercó unas hojas blancas y un tarrito forrado con papel azul a lunares blancos, con lápices de colores. Después giró su silla y dejó de mirarme para que me concentre en la tarea. Encendió un ventilador y lo apuntó directo hacia su rostro como si estuviera sola.


Hice mi dibujo, se lo entregué y mientras lo miraba comenzó a hacerme preguntas. Quiso saber en qué trabajaba, cómo ocupaba mi tiempo libre, si hacía actividad física, como se componía mi familia, si tenía pareja estable, si mis padres vivían y con qué frecuencia los visitaba. Preguntas que yo respondía de manera automática y sin mentir, pero sin pensar con rigurosidad mis respuestas. Después puso el dibujo dentro de una carpeta como si las preguntas y el test hubieran finalizado, yo bajé la guardia y ella me miró de frente, se incorporó sobre el escritorio y en vez de saludarme y dar por finalizado el trámite, me preguntó:
―¿Sos feliz?


No pude responder, me quedé callado y se me llenaron los ojos de lágrimas. La mente se me puso en blanco y el silencio se hizo pesado. Esa pregunta fue un fogonazo en el rostro. Me dejo ciego por un instante breve, y cuando volví a ver, ya nada era como antes. Intenté disimular mi angustia, pero eso me provocó más llanto. Después la mujer me acercó un paquete con pañuelos de papel para que me seque las lágrimas, me sequé los ojos y me soné la nariz para limpiarme los mocos que del llanto.


Ya en la calle empecé a repasar la escena, para entender qué fue lo que me había ocurrido. Sabía que ese llanto me dejaba sin laburo, pero eso ya no me importaba tanto porque sentí que tenía que resolver algo más profundo y trascendente. Los problemas cotidianos perdieron peso y sentí un gran alivio en los hombros. Como si me hubieran quitado un peso de encima.
No sabía, si la pregunta por mi felicidad, era una rutina que se utilizaba siempre en ese tipo de exámenes o fue algo que la mujer me preguntó particularmente, por algo que vio en mi dibujo.


Ella me indicó que hiciera una persona bajo la lluvia y yo dibujé una nena bajo la lluvia. No le hice paraguas y la dibujé descalza. Puse un par de botas de goma al lado de la nena como si se las hubiera quitado para jugar en los charcos de agua. Lo hice así porque me quedaba espacio en la hoja.


Ya en mi casa le mandé un mensaje de texto a mi hermano:
―hola, ¿estás ocupado?
―¿qué pasó? ―me respondió.
―nada, quería preguntarte algo.
―decime.
―¿sos feliz?
―después te llamo, estoy ocupado.
―ok. ¿Sabes algo de los viejos? ―Le pregunté.

Grabando audio…
―Si, hablé el viernes. Andan bien pero no les escribas para preguntar boludeces, mamá se pone mal con esas cosas. Están esperando unos resultados de unos estudios que se hizo la semana pasada… confirmarles que vas a ir para las fiestas. No les preguntes boludeces.
No le respondí.


―hola. ―Le escribí a Marina.
―Doble tilde azul. Marina escribiendo.
―¿sos feliz? ―Le escribí antes de que llegue el mensaje que Ella estaba escribiendo.
―Flaco chateamos durante quince días, finalmente nos vimos, garchamos y hace dos meses no me respondes mensajes. ¿En serio me preguntas esto o te confundiste de persona?
―disculpa, es en serio.
―dos cosas te voy a decir: una que sos un pelotudo y dos que la gente no ES feliz, tiene momentos felices y otros que no son felices. Por ejemplo, yo tenía momentos felices y desde que me crucé con vos, tengo muchos momentos de mierda, por ejemplo: este. Estoy trabajando y me llega tu mensaje preguntando boludeces. No me vuelvas a escribir.
―ok le respondí, una sola tilde. Me debe haber bloqueado, pienso. Pienso que no tengo con quien hablar estas cosas, prendo la tele y me duermo.


Sueño que alguien golpea la puerta y me despierto con los golpes del lampazo que Ricardo da en la puerta de mi departamento mientras limpia el piso del palier. Abro la puerta y Ricardo, sin mirarme me pregunta:


―¿Pibe cuándo vas a sacar la bicicleta de acá, no ves que no puedo limpiar?
―Ricardo, ¿vos crees que la gente es feliz o tiene momentos de felicidad y momentos de amargura?
―¿Cuál es la diferencia?
―No sé, no importa. Pero vos ¿sos feliz?
―Mirá―me dice― con la voz temblorosa― si me lo preguntabas ayer, que andaba amargado por el tres a cero que nos comimos el domingo, te hubiera dicho que no soy feliz, pero recién me escribió mi hija porque el patrón le dijo que la iban a poner en blanco en el trabajo. Hoy mismo tiene que hacerse el examen “psicofísico” y con eso ya queda en blanco. Hoy me siento un tipo feliz.
Ella limpia en un edificio muy lindo ―me cuenta Ricardo― que tiene consultorios de psicólogos, ¿querés que le pida que te consiga algún teléfono para llamar? Ahí son buenos, es un edificio de categoría. Calle Arcos, pleno Belgrano, una zona bien pituca.


“Pituca cree que es el mejor, el mejor culo para su sillón”… Me viene a la cabeza la letra de la canción de Los Redonditos de Ricota. Esto me pasa seguido. Es algo así como si las palabras, cuando entran al cerebro desde el oído, van en búsqueda de esa misma palabra que pudo haber sido archivada en otra frase, en otro contexto. Como si al escuchar una palabra que tiene diferentes acepciones, esa palabra tuviera vida o trayecto propio, haciéndose paso entre los conectores de los circuitos de las neuronas, y fuera directamente a la zona del cerebro donde se aloja esa misma palabra, pero archivada con otro sentido. Ese nuevo sonido entra y hace sonar la palabra. Ese eco suena en mi cabeza y se hace voz. Pronuncio lo que me viene de ese eco. A veces ese eco duro mucho tiempo, sobre todo cuando alguna palabra activa una canción pegadiza, ésta suena horas incluso días sin que logre dejar de pensarla, cantarla y tararearla.


Bajé a comprar fideos al chino. Chaein (no sé bien como se escribe) hace más de ocho años que vive acá en Palermo, pero sabe pocas palabras en castellano. Chaein habla poco y fuma mucho, siempre tiene una taza de té medio llena o medio vacía. La tasa con el té y el celular siempre enchufado son parte de ese altar de cosas Chinas que tiene detrás de la caja registradora. Ahí hay cosas que no vende en su negocio, y seguramente compra a otros chinos a los que no conocía en China. Todo se ve descartable, menos la taza de té que parece tener otra jerarquía. Chaein siempre serio y resoplando.
Pienso que la estructura mental de los chinos es diferente a la nuestra. Ellos no se andan preguntando si son felices. Ellos hacen lo que hay que hacer y punto. Le muestro la pantalla de mi celular que dice que la “trasferencia fue exitosa” y veo que Celia, la mujer de la verdulería, volvió a abrir su puesto y tiene muchas frutas y verduras.


―¿Volviste Celia?
―Sí. ―Me responde con paciencia boliviana y expone la falta de sentido de mi pregunta.
―Hace rato que no te veo…
―Sí, porque no estaba viniendo para acá ―me dice distribuyendo sonidos de eses a lo largo de toda la frase.
―¿Por qué no estabas viniendo? ―Le pregunto exagerando las eses, en un gesto de empatía inconsciente.
―Es que se ha dañado la camioneta y no es posible conseguir buena mercadería sin vehículo.
―¿Y ahora cómo conseguiste?
―Mi cuñado nos ha prestado su vehículo ahorita, pero por un tiempito no más ―dijo con algo de preocupación.
―¿Estás contenta, ahora? ―le digo. No me animo a preguntar por su felicidad.
No me responde.
―¿Qué va a llevar? ―me dice Celia que no sabe mi nombre.
―Están lindos los duraznos, deme seis.
La trato de usted. Mientras los busca y los elije o al menos simula elegir los mejores, le pregunto: ―¿Cómo andan los chicos?
―Bien señor, están bien…
Compro lechuga y tomate.
―Chau Celia, que siga bien, le dije, pero ella ya estaba ocupada en atender otra clienta y no me oyó.


A través del vidrio, desde la vereda, pude ver esas manos oscuras con la piel curtida por el sol y la tierra. En la palma de la mano, las líneas se marcan bien nítidas. Mi cabeza pone esas manos a trabajar en la tierra. Pongo esas manos a juntar ajos en un surco largo, tan largo que no logro ver donde termina y así buscando el final del surco construyo la idea de una tarea sin tiempo.


Pienso que hundir las manos curtidas en el surco, para cosechar el fruto de la tierra es lo más parecido a la felicidad. Vuelvo a entrar al negocio, espero que Celia termine de atender a la clienta que tarda y duda.


―Sí señor, ¿qué se olvidó? ―me pregunta.
― No me olvidé nada, le digo yo, pero me acordé de que necesito hacerle una pregunta.
―Diga…no más. ―Me dice mientras se apoya las manos a la altura de los riñones, para quitarse la tierra de las manos, pero también para estirar la espalda en un gesto de dolor fuerte. Un gesto de sufrimiento que me dejó en silencio.
―…Tiene ajo?
―Sí, ¿cuánto va a llevar?
―Deme una cabeza. Le pagué y me fui tarareando el tango “por una cabeza, de un noble potrillo que justo en la raya afloja al llegar”.

 

 

Fernando Morabes

Docente y escritor

Fernando Morabes nació en La Plata y creció en Gualeguay (Entre Ríos) se graduó en la Facultad de Comunicación Social en la UNLP donde ejerce la docencia en el Área Audiovisual. También ejerció la Docencia en la Facultad de Artes de la UNLP y en la Fundación Universidad del Cine.


Es capacitador docente en el Proyecto CineZap que se realiza en el marco de un convenio entre la Fundación Universidad del Cine y el Ministerio de Educación de CABA desde donde realiza talleres de cine en escuelas medias del Sur de la Ciudad Buenos Aires. Trabajó en diferentes proyectos audiovisuales.