Todas las familias felices se parecen

El cumpleaños

Por Florencia Kobelt.

Volvió a preguntar por mamá. Ni el disfraz ni la torta funcionaron, nada de eso la distrajo. Sus amigas del pabellón están encantadas con el festejo que armamos con las enfermeras, pero para sorpresa de nadie, ella no.


Lo único que me reconforta es que el día esté soleado y podamos disfrutar del parque tranquilas, separadas del resto. Hace unos días, mientras miraba el pronóstico, temí lo peor: si llovía el cumpleaños lo íbamos a tener que festejar adentro. El comedor del hogar es un lugar que me deprime más de lo que quisiera reconocer. Un poco por la luz artificial y bastante más por los pacientes, con sus cuerpos desgarbados, los restos de baba escapando por la comisura de sus labios, los pedazos de comida por toda la ropa, la mirada fija en la nada en un bamboleo sin fin.


Adelante.
Atrás.
Adelante.


Hay algo en la combinación de todo eso que me repele. ¿Verán los demás a Celia como yo veo al resto? Cada domingo, antes de entrar al hogar, me obligo de antemano a no impresionarme por lo que sea que vaya a ver. Me obligo también a cortar con el espiral de preguntas sin respuesta.


No siempre lo logro.


Para calmar mi neurosis galopante últimamente observo a las enfermeras. La incógnita que me persigue es entender porque nunca nada de su lenguaje corporal delata asco o agotamiento. ¿Fingen o son así?. A la vuelta en el colectivo repaso lo que aprendí. Como le hablaron a tal paciente, como anularon el ataque violento de otro, como repartieron las pastillas sin que nadie las escupiera. Tomo nota de cada gesto y entonación para que la visita siguiente me angustie menos. Instinto de supervivencia egoísta.


Pero hoy es el cumpleaños de Celia y nada importa más, así que intento frenar la catarata de pensamientos mirando al cielo. Ni una sola nube se asoma sobre nuestras cabezas. El parque es nuestro lugar favorito. Un pulmón verde donde el tiempo se detiene. Entre estos árboles ni la locura, ni las enfermedades, ni la soledad, tienen el mismo peso. Casi que parecen más livianos.


Me acerco a ver cómo está. Mientras todas juegan con sus varitas de cartón y sus alas hechas con cartapesta, ella se queda sentada en el banco mirando a la nada. Se ve que la decoración infantil que planeé no le gustó, o peor, no se dio cuenta que estaba ahí.


—¿Mamá viene hoy? —me increpa antes de que termine de sentarme a su lado.
—No, mamá no viene hoy, se siente mal —miento.
—Pobrecita —responde bajito mientras acaricia el relicario que esconde entre sus manos.


Lo abre y me muestra, como cada domingo, la foto que guarda dentro. Nosotras tres, abrazadas, sonriendo. Celia tenía 15, yo rondaba los cinco. Ya pasaron más de 30 años del día en el que mamá nos llevó a ese estudio fotográfico. Y pensar que este es el primer cumpleaños en el que no está. ¿Por qué no dijo nada? La foto nunca tuvo una explicación, y su partida menos.
¿Cuándo fue que se enteró?¿Cuánto tiempo mantuvo oculta su enfermedad? Quizás no quería sumar la suya a la de Celia, o pensó que podía lidiar con eso en secreto. O quizás, y esto es lo que más temo en verdad, quizás no pensó nada.
Veo la mirada de Celia dirigiéndose hacia la torta.


—¿Cuánto falta para mi cumpleaños?
—Es hoy linda —le respondo mientras le acomodó el antifaz que me pasé toda la noche decorando.
—¿¡Hoy!?


Una sonrisa gigante le desborda la cara. Asiento con la cabeza y le doy un beso en la frente. ¿Cuánto tiempo más tengo hasta que su conciencia se me escape del todo?


—¿Y mamá viene?
—No, tiene que hacer un trámite.


Lucia, la enfermera, se acerca con una porción en cada mano. Los ojos de Celia se abren de par en par. Le repite el monólogo, que es su cumpleaños, que soy su hermana, que se acuerda de cuando era chiquita como una pulguita. «Así» dice y le muestra cómo su dedo índice casi se junta con el gordo. Ese resquicio de aire diminuto es el que designó para representarme. Cada vez son más incontrolables las ganas de llorar. ¿Cuándo se va a cerrar del todo ese espacio?¿Cuándo se va a olvidar de mí? Lo veo en otros pacientes, como piden por versiones más jóvenes de familiares que tienen enfrente. ¿Qué voy a hacer en ese momento?.


El sonido de unos pasitos cortitos me hacen volver en sí. Romi se acerca hacia nosotras concentrada en no tropezar, tiene las manos ocupadas en el platito descartable. Su mirada va del piso a la torta, de la torta a Lucía. Nunca deja que se vaya lejos. Siempre cerca de su enfermera favorita.


Romi se sienta al lado de Celia. Son amigas y eso me tranquiliza de una manera que no puedo terminar de definir. Algunas noches, cuando me cuesta dormir, pienso en Celia sola en este lugar, y la culpa de no vivir juntas me asfixia. Pero cada vez que las encuentro charlando siento alivio: hay mucho más de lo que veo. Tiene amigas, compañeros, gente que la cuida. Tiene el parque.


Celia mira el anillo que Romi le planta casi en la nariz. Le cuenta que se lo regaló su novio. Con Lucía nos reímos cómplices, cada semana es un novio diferente. A veces es alguien del hogar, otras algún famoso. Este por ejemplo se lo regaló Sandro, el más estable del elenco. Bajando la voz Lucía me cuenta que se lo trajo el padre, que esta vez le costó reconocerlo más que otras así que están probando con una medicación nueva.


La voz de Romi interrumpe nuestra charla, con la palabra medicación todavía dando vueltas, escuchamos como canta ‘’Tus labios de rubí, de rojo carmesí, parecen murmurar mil cosas sin hablar… como hechizadas giramos para ver el momento justo en el que entona ‘’y yo que estoy aquí sentado frente a tí’’ mientras se agarra con las dos manos el pecho en un éxtasis musical.


¿Cómo cabe tanto en un cuerpo tan chiquito?


Celia explota con una carcajada maravillosa. Contrario a lo que me pasa con los demás, ella me resulta hipnótica. Nada en su cuerpo me impresiona. Es en cierta medida igual al resto, pero para mí es única. Toda mi vida gira en torno a ella, y sé que por más que lo intente eso no va a cambiar. No es solo amor, ni la necesidad imperiosa de protegerla contra todo, sino algo más punzante. Un hilo me arrastra hacia su órbita y no puedo escaparme.


—¿Mamá viene hoy? —pregunta con la boca llena y los labios manchados de chocolate.
—No, pero te quiere mucho y yo también.

 

 

Florencia Kobelt

Crítica de artes y escritora

Estudié crítica de artes pero hace unos años me dejé seducir por la escritura creativa. Y desde ese momento, de la mano de Marian Mazover y otros talleristas, acepté que no puedo desligar mi vida de esta profesión.