Fotos
Por Samanta Pachotti
El chorro de agua caía sobre las hojas de acelga y la salpicaba un poco, mientras su mente divagaba por los recuerdos de las reuniones familiares de los domingos de su infancia. Ese domingo se había puesto a pensar, y no podía recordar si en esas reuniones había estado su mamá. No la veía. ¿Cómo es posible no recordar esas cosas? Le voy a preguntar a Mauro, pensaba. Su hermano siempre recordaba más a mamá, lo cual a ella no le encantaba, pero quizás se debía a que él era dos años mayor, quién sabe.
Los recuerdos se le borraban fácilmente, y sólo tenía algunos, a modo de fotos, en su mente. Hacía tiempo que la persona de su madre se había transformado en una extraña que ella sólo veía como una historia ajena e incompleta en su memoria, o como esa figura entrañable que la miraba desde fotografías antiguas.
Y si, habían pasado muchos años, y la había perdido cuando empezaba a despedir la niñez. El registro de ese tiempo era caótico y confuso, y así quedó en su memoria. Sólo recordaba algunas escenas, que repasaba cada vez que podía, en busca de que surgiera algo nuevo, o de poder reunir esos retazos en algo parecido a una historia que le perteneciera. Pero era inútil. No sólo porque su cabeza no le respondía, sino también porque parecía haber algo de rebeldía en su interior. No estaba segura de si era enojo, o si todavía intentaba seguir entendiendo lo que había pasado esa mañana en que la despertaron y le dijeron… ¿cómo se lo habían dicho? Ni siquiera eso podía recordar. Tenía en su memoria la foto de ella sentada en la cama escuchando, y después ella sentada en una mesa con otras personas, más tarde llegando al lugar y abrazando a su papá… Fotos, casi sin caras, sin que la escena se completara, sólo imágenes borrosas, confusión y lejanía. Quería estar más cerca, lo necesitaba, pero se le escapaba como se deslizaba el agua por las hojas de acelga.
Volvió al chorro de agua, cayendo, limpiando. A las hojas de acelga, con ese aroma característico. Las odiaba cuando era chica, excepto por los canelones con salsa blanca. Ahí sí le gustaban. Y vino la escena, de mamá lavando las hojas de acelga. Ella la observaba de atrás, en la cocina en L que habían podido instalar después de mucho trabajo y esfuerzo, apoyada en la mesada, con un pie sobre la otra pierna. Y volvió a sí misma, a su pie apoyado en la otra pierna, y le pareció escuchar decir, no estaba segura a quién, que ella tenía la misma forma de pararse de su mamá. Y sonrió un poquito, con una sonrisa triste, agradeciendo esos detalles que le decían que la tenía con ella, y que estaría siempre ahí, tan extraña y tan en ella, como siempre.
Samanta Pachiotti
Es docente y escribe
Nací en la ciudad de Esperanza, provincia de Santa Fe, y hoy vivo a unos pocos kilómetros de allí, en la ciudad de Santa Fe capital.
Estudié Profesorado de Nivel Primario, y después Profesorado en Ciencias de la Educación. La educación siempre fue uno de mis principales motores, por eso doy clases desde hace más de 15 años. Inicialmente, en Nivel Primario, y actualmente en Formación Docente en distintos Institutos Terciarios.
Tengo un vínculo especial con la escritura, porque es una actividad que siento que me acerca a mi madre. Quizás es una de las pocas cosas que recuerdo mucho de ella, ya que fue quien me enseñó a amarla. Aún así, apenas hace dos años que me animé a empezar a hacer algunos bosquejos, textos sueltos, y a buscar talleres. Conocí a Mariana Mazover, y estoy profundamente agradecida, porque al fin pude sentir que eso que latía en mi interior, tomaba una forma real.