La caída del catre
Por Verónica Elizalde.
Calculo que tendría seis años, cuando empecé a darme cuenta de mi cuerpo chueco y disminuido.
Me acuerdo de un día en particular, estábamos en la pieza de las mujeres, yo sentada en la cama esperando que mi mamá me ayudara a vestir; ella estaba con el cuerpo prácticamente metido adentro del ropero, cada tanto asomaba la cabeza para tomar aire y refunfuñaba algo que no lograba entender; de repente salió con todos los pelos revueltos y una sonrisa victoriosa levantado en alto un vestido, como si fuera un trofeo; era uno de viyela que le quedaba chico a Irma, mi hermanita menor; y ahí nomas me lo zampó, con tanta fuerza que casi me descogota.
Se alejó para mirarme y una especie de enojo y desilusión le vino todo junto a la cara, se sentó en la sillita de al lado del ropero y de repente se largó a llorar a moco tendido.
―Mire lo que parece m´hija, un payaso parece, ¿Que voy hacer Dios mío? ¿Qué voy hacer? –dijo maneando la cabeza.
No era común ver a mi mamá llorando, se me achucharró el corazón; con el vestido a rastras me acerqué despacio y la abracé, ahí se le acrecentó el llanto y al mismo tiempo me alejó de ella decidida, me sacó el vestido y casi me descogota otra vez, agarró de un voleo el costurero de arriba de la cómoda, sacó la tijera y en tres movimientos cortó el ruedo y las mangas, enebró una aguja y armó un vestido bastante digno para mi tamaño.
―Hoy me acompaña al pueblo y después vamos a lo de la Chucha Vega para que le haga ropa a medida y listo ―dijo con dulzura, sonándose los mocos y esta vez vistiéndome despacio.
Sentí un revoltijo en la panza como de alegría; no me llevaba nunca al pueblo, se ve que ese día no tuvo más remedio.
La veo a ella clarita, hermosa, le flameaban sus pelos negros y brillosos, sentada bien derechita en el sulki, llevaba las riendas con firmeza, hacía un ruidito entre dientes para alentar a los pobres matungos, que ya no daban para más.
Fuimos primero al boliche de los Maestre, ahí hacíamos las compras del mes.
En cuanto corrió la cortina de tiras de plástico, para que yo pasara, una bataraza desesperada se nos cruzó entre las pierna, buscando la salida.
Cuando nos acercamos al mostrador tres hombres se dieron vuelta al mismo tiempo y me clavaron la mirada, una mirada rara, sorprendida y como de burla.
En ese momento me empecé a avispar de que algo raro pasaba conmigo, mi vieja se dio cuenta enseguida de las miradas, ahí nomás saludó en voz bien alta.
―Que hacen los paisanos? ¡Trabajando se ve! ―Y señaló el grupito de vasos que tenían en el mostrador, los tres hombres volvieron rápido las miradas a sus ginebras, sin decir ni chito.
Otra cosa que me hizo ir cayendo en la cuenta, era que todos mis hermanos, más chicos, eran mucho más altos que yo; por ahí me mandaban un ―Che enana vení! ―, pero yo no me terminaba de percatar que me decían así porque era una auténtica niña enana.
Nadie hablaba de mis diferencias, todos en mi familia hacían como si yo fuera normal, hasta que no pudieron disimularme más.
Finalmente la que me hizo que terminara de caer del catre fue mi tía Yiya.
Una navidad, en la que me regalaron a La Claudia, así le puse, ya tenía el nombre reservado, era una muñeca de porcelana, la más linda del mundo. Les debe haber costado a mis viejos un par de chanchos y unas gallinas; canjeados en la juguetería del viejo Krasuk.
Ese día todos los grandes habían empinado más el codo de lo normal, había clima de fiesta que podía terminar en tragedia. No una verdadera tragedia, pero en un drama gaucho sí.
En mi casa le daban al pico de lo lindo y a veces se pasaban tres pueblos casi sin querer.
Hasta ese momento el día había transcurrido tranquilo. Armaron una mesa larga debajo de la parra. Había muchos invitados, más que de costumbre. Se escuchaban las carcajadas exageradas por el vino; alguien había empezado a tocar la guitarra, y uno por ahí largó un sapucai. Seguro que después se armaba el bailongo. ¡Cómo me gustaba ver bailar!
Por allá lo vi a mi hermano el Bocha, estaba subido arriba del paraíso, me hacía un gesto de silencio. Fijo que planeaba alguna maldad. Mientras yo jugaba con la Claudia.
De repente de la nada hubo un griterío, se armó un revuelo, se levantó una polvareda alrededor de la mesa, mi mamá alzaba los brazos al cielo y a la vez pegaba puñetazos a la mesa.
Los grandes y los chicos se quedaron medio duritos como jugando a la mancha helada. Mi mamá decía mucho que no con la cabeza, en un momento se agarró al cristo con espinas que tenía colgado del cuello y se golpeaba el pecho, como en el mea culpa. Mi tía Yiya hacía un gesto como de “calmate,” pero a mi vieja se la veía cada vez más furiosa. Ahí me di cuenta que le gritaba a la tía Yiya, quien también empezó a levantar la voz, mi vieja volvió a decir que no muchas veces y parecía que se le iban a salir los ojos de la órbita. Me animé y empecé acercarme despacito, me quedé medio recostada y escondida detrás del paraíso, dónde estaba subido el Bocha y ahí paré la oreja :
―¡Antonia escucha lo que te digo! ―gritó mi tía Yiya ―por el amor de dios, tenés que hablar con la gurisa ¿no te das cuenta?, no tiene remedio. Esto te lo dijeron todos los médicos a los que fuiste, la Tere es una enana. –Y ahí corrió un murmullo entre los presentes.
Un calor me subió por el cuerpo, la enana era yo.
Mi mamá se acercó a mi tía Yiya y sin previo aviso, le encajó una reverenda cachetada; mi tía no hizo nada, se quedó paradita en silencio con la cabeza gacha; acto seguido, mi mamá se lanzó al piso y se empezó a revolcar y a tirarse de los pelos y gritaba “porque a mí, porque a mí.”
Se veía que ser enana no era algo lindo; mi viejo la levantó y se la llevó medio a la rastra para adentro.
La fiesta había terminado.
Ahí mi tía Yiya se dio vuelta como para irse y se topó conmigo, que me asomaba detrás del árbol, primero se paró en seco y se tapó la cara con la manos y después se acercó despacio, tenía los ojos llenos de lágrimas, me abrazó y empezó a hablar.
No recuerdo exactamente todo lo que me dijo, habló mucho y cada tanto me volvía a abrazar y a llorar. La cabeza me quedó embarullada. Pero entendí, entendí que no iba a crecer de altura mucho más, que iba ser distinta a los demás toda la vida, que la gente me iba a mirar raro, que me preparara, y al final me dijo: ¨Teresita sos una enana, eso es seguro, pero que nadie te pase por arriba, vos siempre con la cabeza bien en alto¨.
Eso sí me quedó bien grabado.
Verónica Elizalde
Escritora, actriz y representante
Se formó en actuación con Carlos Gandolfo, entre otros maestros. Realizo talleres de escritura con Ricardo Monti y actualmente con Mariana Mazover donde está trabajando en su primera novela.
Verónica se ha dedicado a lo largo de su vida a la actuación, la producción de teatro independiente y comercial y desde hace más de quince años es representante de actores y actrices.