Todas las familias felices se parecen

La lupa

Por Inés Rodríguez Sáenz.

 

La imagen y el recuerdo de mi padre me rondan a cada paso. 

Hace un tiempo, abriendo cajones, encontré la lupa. Siempre estaba sobre su escritorio. Recuerdo la disposición de las cosas en cada uno de los escritorios que tuvo: la lupa entre el cenicero y sus lentes de gruesos cristales. Hacia los costados, pilas de libros esperando ser leídos. Un poco más abajo y en el centro, su lectura del momento. Siempre a la mano, todo dispuesto de manera tal de sentarse, encender su lámpara de escritorio, su cigarrillo y dar inicio a la actividad que más placer le daba y a la que dedicó gran parte de su vida. Papá era un lector voraz.

Las bibliotecas de mi casa fueron nutriéndose en la medida que los años pasaban y el poder adquisitivo de la familia -bastante escaso, por cierto- lo permitían.

Su salida preferida siempre fue ir a la librería. Allí buscaba las novedades, las publicaciones sugeridas en revistas literarias, espiaba las estanterías y también conversaba largamente con su librero, quien devino, por supuesto, en compañero de rutas literarias. Carlos se llamaba y era un gran lector. Le recomendaba libros y hasta se los prestaba para que hojeara con tranquilidad en casa, sin obligación de compra. En los últimos años, ya no podía ir solo y yo lo llevaba a las librerías.  Se enojaba cuando notaba que quien nos atendía desconocía todo acerca del oficio del librero. Sin duda extrañaba a Carlos, añoraba su autonomía y sus tiempos de recorridas por las librerías de la calle Corrientes. 

Era un apasionado de la lectura. A veces, disfrutaba tanto con un libro, que todo el resto de la vida pasaba a un segundo plano. Corría para llegar a casa, tomarse un café cortado parado en la cocina y volver a sentarse en su escritorio a leer. Era capaz de empezar el libro nuevamente cuando estaba a pocas páginas de llegar al final. “Es que lo leí un poco rápido…” decía. Y volvía a empezar desde el principio sin haber llegado al desenlace, sin haber leído los últimos renglones.

Papá fue para mí, -y creo que para todos en la familia-, el proveedor oficial de lecturas.

“¿Qué leo papi?”, preguntaba yo. Él pensaba unos instantes, se levantaba de su escritorio y se paraba con las manos tomadas por la espalda, frente a la gran biblioteca. La recorría buscando lo que tenía en mente, lo encontraba y me lo daba. Yo leía sin dudar de sus elecciones, con disciplina y confianza, convencida de que lo que me sugiriera iba a estar bien. No me equivocaba, aun cuando a veces me resultaban lecturas complejas.

Recuerdo una única oportunidad en la que le devolví el libro que me había ofrecido. Colás Breugnon se llamaba, de Romain Rolland. Al poco tiempo le pedí otro y le dije que no era mi momento para esa lectura. Él, mirándome por encima de sus lentes, sentenció: “siempre es momento para Colás…”. Desde ese día, cada vez que le pedía un libro, él me daba Colás Breugnon. Yo me reía y se lo devolvía. Recién entonces él elegía otro y me lo daba. Se transformó en una suerte de juego entre los dos.

Muchos años después, cuando me fui a Holanda a vivir por un tiempo, lo escondió en mi valija. No sé cómo lo hizo, pero cuando llegué y empecé a desempacar mis cosas, me encontré a Colás, oculto en un pullover. Adentro, una notita con su letra de médico decía: “Espero que esta vez leas a Colás y sepas quererlo como se merece y goces de su bienaventurada alegría, que siempre enseña a vivir un poco mejor. Besos. Tu padre, Raúl.” 

Tampoco entonces lo leí.

Con el pasar de los años la tarea de proveedor de lecturas ya no le resultaba sencilla. Su vista se deterioraba, no sabía dónde estaban ubicados los libros que buscaba y sus pulmones no resistían el polvo que se iba acumulado en los estantes. Empecé a comprarle los libros que me pedía y también a prestarle los que iba leyendo, seleccionados por mí. Toda una osadía considerando mi sentimiento de dependencia literaria. Fue una buena época, en la que compartíamos charlas y recomendaciones con más reciprocidad. 

Cuando murió, hace más de 10 años, encontré una libreta colorada, en su cajón. Allí descubrí que anotaba los libros que leía. Son páginas y páginas con listas de libros enumerados que, de pronto, se interrumpen con una línea. Al renglón siguiente vuelve a empezar un listado desde el número 1, lo que me hace suponer que cada línea separa lo que eran sus lecturas de un año. Las listas varían entre 20 y hasta algunas con más de 60 libros. Reconozco los títulos. Me acuerdo de él leyéndolos. Hay más de 30 listados, ¿serán sus últimos 30 años de lector? No puedo asegurarlo.

El listado se interrumpe en un renglón de la libreta en el que, escrito con letra temblorosa, figura uno de los últimos libros que leyó. Seis títulos más arriba, para mi sorpresa, está Colás Bregnon de Romain Rolland. Volvió a leerlo.

Ahora, después de haber “levantado” su casa, tengo la biblioteca y sus libros en la mía. Recorro los estantes y pienso… ¿qué leo papi? 

Busco a Colás, pero aún no logro encontrarlo.

 

 

Inés Rodríguez Sáenz

Escritora y educadora

Mi nombre es Inés Rodríguez Sáenz. Nací en Buenos Aires un 7 de diciembre de 1961. Me dediqué la vida entera a la educación, especialmente dirigida a la primera infancia y a la formación docente. Las escuelas han sido mi territorio cotidiano, siempre. Escribo textos ligados a mi profesión desde hace mucho tiempo atrás, destinados a educadores y educadoras que trabajan con las infancias. 

Hace algunos años empecé a escribir textos más personales, sólo para mí, que fueron el punto de partida para iniciar un recorrido por el camino de la escritura autobiográfica. 

Hace tres años que encuentro, en el taller de Mariana Mazover, un cauce para esas escrituras que hoy empiezan a tomar forma de proyecto real y concreto.