Mamita
Por Camila López.
«Me abraza y me lleva delicadamente hasta su pecho donde apoyo mi cabeza. No solemos tener muchos momentos en los que haya tanta intimidad, donde nuestros cuerpos estén tan cerca».
En media hora Santi pasa a buscarme. Mientras me baño pienso si rasurarme o no, esto depende de si vamos a tener sexo, y, como mi idea central es hablar cosas serias sobre nosotros, decido por no hacerlo.
Me pongo un vestido negro, borcegos, y el perfume que uso cada vez que salimos, al mismo tiempo él me manda un mensaje avisando que ya está abajo. Antes de abrir la puerta me pongo un poco más, mi intención es que después de la charla de esta noche, cada vez que se encuentre con ese olor, piense en mí como yo cada vez que huelo el suyo.
Con un “Hola Camila, ¿lista para ir a Mamita?” me recibe y me saluda con un beso en la boca. Camino al bar, Santi me habla de lo que hizo en el día, pero no lo escucho. En el auto se mezclan los perfumes que tenemos puestos y no puedo parar de pensar que es lo más unido que tenemos de nuestra relación en este momento, y que, seguramente, sea la última vez que lo sienta tan intenso. Me angustio, hasta que me comenta con un tono de felicidad sobre una propuesta que le hicieron unos amigos para hacer su rutina en un teatro adelante de más de cincuenta personas. Esto hace que vuelva a prestarle atención, y me pone contenta que mucha gente va a reírse con sus chistes, pero al instante la tristeza vuelve a mi cuerpo. No sé si vamos a estar juntos para compartir ese momento.
Todo lo que sea futuro me angustia.
Santi va a buscar algo para tomar y yo me siento en una mesa en la vereda. Lo observo por una ventana sucia cómo espera que lo atiendan. Esta apoyado en la barra, con su mirada puesta en un punto cualquiera, y mueve mucho de arriba abajo el pie. Pienso en las veces que pasamos por “Mamita” cuando volvíamos de las clases de teatro en su auto y nos reíamos de lo turbio que parecía por afuera el bar. Recién hoy, por primera vez, decidimos venir.
Santi trae dos pintas de cerveza. Tomo la mitad del vaso de un solo trago mientras él me cuenta que mañana tiene que ir a ver a sus abuelos y me habla sobre cómo son ellos. No escucho mucho lo que dice, me distraigo con sus ojos, en especial con el derecho, que es en el que se le forma la flor en la pupila. Miro cómo pestañea, lo hace cada tres o cuatro segundos y los ojos se le van humedeciendo un poco más cada vez que toma un trago de su vaso. De vez en cuando miro su cara para poder descifrar si reírme, decir algo o hacer algún gesto. No es que no me interese lo que me cuenta, siempre quise saber más sobre su familia, pero ver como mira a otro lado que no sean mis ojos me distrae, me hace sentir como si algo esquivara con su mirada, como si él también estuviera esperando que pase algo.
Vuelvo a escuchar su voz cuando me pregunta “Y, estuviste viendo Modern Family?”. Lo miro y pienso rápido qué decirle, sólo vi el primer capítulo para poder demostrarle que sí lo escucho cuando me recomienda algo. Le miento con un tono de seguridad “Obvio, vi dos temporadas, tengo que empezar la tercera” y veo cómo sus ojos celestes se iluminan. Se moja y muerde los labios como si fuera un impulso para proponerme un plan. “Vamos a mi casa a ver el primer capítulo de la tercera temporada juntos?” dice. Sin siquiera pensarlo un segundo acepto, pero empiezo a sentir en mi garganta un vacío que me recuerda el por qué quería verlo a Santi, y que por ese motivo decidí no rasurarme.
“Bueno vamos, creo que tengo unas cervezas en mi casa” dice Santi. “Ojalá tenga” repito en mi cabeza, un poco más de alcohol quizás me ayuda a hablar de lo que está pasando entre nosotros.
Su casa está oscura y no hay nadie. Me lleva de la mano hasta su cuarto y ahí sí prende la luz. Pone la serie en su notebook y nos acostamos en la cama a mirarla. Me abraza y me lleva delicadamente hasta su pecho donde apoyo mi cabeza. No solemos tener muchos momentos en los que haya tanta intimidad, donde nuestros cuerpos estén tan cerca. Me caliento, noto cómo empieza a mojarse mi bombacha y solo quiero que el capítulo de la serie se termine.
Santi me acaricia por abajo de la remera, siento la piel de sus manos ásperas pasar por mi espalda, provocándome cosquillas. Levanto mi cabeza de su pecho, lo miro a los ojos y le doy un beso. Nuestras lenguas se rozan mientras él corre la computadora del medio, y así, por fin, empezamos a frotar nuestros cuerpos. Santi me saca la ropa con movimientos lentos, y me da besos por todo el cuerpo. Yo hago lo mismo con él.
Tenemos sexo. Tengo un orgasmo, pero después siento angustia.
Nos quedamos acostados con el cuarto completamente a oscuras sólo por unos minutos, hasta que Santi empieza a vestirse, yo lo copio y le aviso que voy al baño.
Cuando me bajo la bombacha me acuerdo de mis pelos y me sorprende de mí misma haber tenido sexo así. Siempre me dijeron que a los hombres no les gustamos con pelos. Me angustio cada vez más por lo que puede estar pensando de mí. Ni con estos temas deja de aparecer el miedo a hablar.
Cuando vuelvo a la habitación lo encuentro sentado en su cama tocando canciones con el ukelele. Pienso en todo lo que quiero decirle sobre nosotros: que no da para más este juego de ocultarnos, que nunca nos decimos lo que nos pasa y sentimos, y, ahora, se agrega la pregunta sobre mis pelos.
Cuando me decido empezar a hablar escucho que toca el primer acorde de mi canción favorita de Tan biónica y solo me sale sentarme al lado suyo. Otra vez, mi cabeza les gana a las palabras que no pueden salir.
Sentimos el ruido de una puerta cerrarse y Santi afirma que debe ser la hermana. Empieza a ponerse inquieto, deja de tocar el ukelele y lo guarda, acomoda su cama, y mientras se pone las zapatillas me dice “Te llevo, ¿dale?”. Ese vacío que sentí en el bar vuelve aparecer, y baja hasta mi pecho. Es raro, pero siempre aparece cuando dejo de sentir angustia y se distribuye por todo mi cuerpo. Digo que sí con mi cabeza y nos vamos.
Santi para en la puerta de mi casa, se estira hacia mí esperando un beso. Empiezo a sentir mi corazón que late cada vez más fuerte porque es la última posibilidad que tengo para decirle todo. Lo miro, suspiro y solo me sale decirle “avisame cuando llegues”. Me bajo del auto enojada conmigo misma.
Camila López
Escritora, counselor, payamédica y actriz.
Nacida en 1992.
Deviene en múltiples formas, pasando por counselor, payamédica, actriz, amiga, y también escritora.
Cuando tenía 8 años escribió y armo su propio libro de cuentos, pasando por todos los géneros literarios y diseñando, ella misma, la tapa y contratapa.
Hoy con casi 31 años, vuelve a su amor por la escritura en cada clase del taller de Marian, creando una historia con tintes autobiográficos, haciéndole honor a su niña de 8.