Todas las familias felices se parecen

Fuego

Por Mariana Schwartzman.


En la calle el frío era intenso. En este pueblo de mar y bosque el invierno calaba profundo con su humedad y salitre. 

Adentro la casa se enfriaba lenta e insensible, como si mi necesidad de abrigo no le importara y prender el fuego en la salamandra dejaba de ser una idea romántica, bucólica, para transformarse en una necesidad.

El sol entraba por los ventanales y yo, sentada en mi sillón, observaba cómo el cielo mutaba desde la plenitud del celeste al violeta renegrido y cómo las nubes rosadas jugaban a esconder los últimos rayos. El atardecer se demoraba y me permitía retardar el encendido del fuego.


Pero de un modo inevitable, el momento llegaba. La penumbra triunfaba sobre la luz avanzando por las paredes, los sillones y las alfombras. Y en una danza de claroscuros, al lograr encender el fuego, la casa mutaba del amarillo al naranja.


El hombre de la salamandra instaló la mía una tarde de fines del verano para que pudiera anticiparme al frio. Y mientras lo hacía me iba explicando cómo encenderla. Me pidió que buscara una piña y varias ramas del bosque. Y al mismo tiempo en que sus manos grandes y hábiles iban armando el montoncito, me miraba de costado con los ojos entrecerrados y me explicaba: ―Mirá, hacés así: ponés papel, bastante, una piña sólo una, y palito, muuucho palito y a medida que va prendiendo le vas agregando ¿ves? Y cuando van subiendo las llamas, le metés troncos más gruesos y después vas con la leña grande, ni se te ocurra usar el pino ni la pinocha porque la resina que tienen te arruina el tiraje y se puede incendiar, ahora las uso porque es sólo para mostrarte cómo tenés que hacer, pero vos estirándose la parte inferior del ojo derecho con el dedo índice del mismo ladocon cuidado, te conviene comprar leña buena. Es fácil, no pongas esa cara de miedo, ya le vas a ir agarrando la mano dijo mientras el fuego ardió voraz. 


El día en que se presentó el primer frío tenía preparada una acacia que prendió bastante rápido y bien. Dejé el fuego ardiendo y me fui a bañar. Después me pondría a cocinar para la noche. Pero al salir, luego de sólo veinte minutos, encontré la salamandra sólo con brasas. Los dos leños que había puesto se habían consumido más rápido de lo que esperaba. Es que la cuestión no era encender el fuego, sino mantenerlo vivo. ¿Cómo hacer para alimentarlo a través del tiempo? La pregunta rebotó como un eco dentro mío.


Con paciencia, tenía que recomenzar todo el proceso. 


Papel, esta vez sin piña (para no poner más de una por encendido), las reemplacé con algodón y alcohol, palito, mucho palito y a esperar que prenda para subir el tamaño del leño. 


Esta vez, estuve pendiente. Cada quince minutos, la miraba y controlaba el fulgor de la llama. Enseguida que empezaba a disminuir, la alimentaba con más leña. Pero no podía despegarme ni alejarme por más de ese lapso de tiempo. 


Entendí que no iba a poder pasar el invierno pegada a ella cuidándola porque además tenía una vida. Sin embargo era crucial resolverlo y para eso necesitaba entender cómo hacían los demás. 


Decidí comenzar a investigar preguntándole al hombre de la salamandra. Le mande un mensaje. 


Me contestó escuetamente: “Yo la mantengo encendida siempre”.


Había algo que yo no comprendía. Imaginé un pueblo esclavo del fuego en donde todos le rendíamos culto alimentándolo durante el invierno. 


Seguí preguntándole cómo se resolvía entonces la vida cotidiana. Y él me respondió en varios mensajes cortos:


“La dejo así”. 

“Cuando me desocupo le meto otro leño”. 

“No uso acacia”. 

“Uso quebracho”


Me pareció un hombre de paciencia corta pero yo necesitaba entender, aprender. Y, a riesgo de encontrarme con un silencio o, lo que es peor, una mala respuesta, insistí. Quería saber por qué debía elegir una u otra madera. 


“Porque el quebracho es una madera dura y noble”. 

“Prende enseguida y tarda bastante en consumirse”, respondió para mi sorpresa. 


Tenía todo el invierno por delante para experimentar. 


Me comuniqué con el chico de Gesell que repartía la leña para encargarle quebracho.


No se consigue por ahora, hay que esperar un poco, me dijo― pero te aviso si aparece algo. 


Unos días más tarde me encontré caminando por la playa con la profesora de yoga que conocí en la fila del supermercadito. Como es costumbre en el pueblo, paramos a saludarnos e intercambiar algunas palabras. No quise perder la oportunidad de seguir con mi investigación. Mi insistencia con la acacia fracasaba todos los días desde hacía unas semanas y mi tolerancia a la frustración se estaba acabando. Y sobre todo, tenía frío. Ella me confirmó la misma idea: 

―No hay como el quebracho, lo que pasa es que es una madera cara y no todo el mundo te la vende, a mí me resulta mejor si mezclo. Un poco de acacia para que arranque y después seguís con el quebracho, y también podés intentar con el eucalipto que funciona bien, prende rápido, deja linda brasa y no descartes el ñandubay que es bueno como el quebracho pero más barato. 


Esto amplió mi horizonte. Se podía mezclar y además, había variedad de maderas buenas. Decidí probar. 


Esta vez el chico que traía la leña desde Gesell me respondió: 

Estás de suerte porque hoy tengo un poco de todo, te llevo cien kilos de quebracho, cien de eucalipto rojo y blanco y cien más de acacia. 


Con esa cantidad tenía suficiente para casi dos meses.

 

Esa noche comencé tal como me había enseñado el hombre de la salamandra: papel, piña (sólo una), muchos palitos, acacias que iban aumentando el tamaño y finalmente, un tronco de quebracho, uno de eucalipto colorado y otro de eucalipto blanco. Quería probar cuál de todas rendía mejor. 


La salamandra quedó prendida una hora entera sin que tuviera que hacer nada más. Después de ese tiempo tuve que mover un poco los leños, darlos vuelta y enseguida volvió a prender la llamarada que teñía de amarillo naranja las paredes de la casa. La madera más dura resultó ser, efectivamente, el quebracho que resistió encendido varias horas. 


Me sentí exultante, lo había logrado. 


Me hipnoticé mirándolo y comencé a recordar los campamentos a los que fui y a los que lamenté no ir, las reuniones interminables con amigos alrededor del fuego del asado e imaginé a mis bisabuelas en sus luchas cotidianas con el encendido en las cocinas a leña. 


Hoy, al igual que ellas, necesitaba el fuego en forma vital. Hoy, al igual que ellas había logrado conocer sus secretos y el fuego y la salamandra se rendían ante mí.

 


Unos días más tarde amaneció soleado y aproveché para caminar hasta el supermercado. Ya era Agosto. Todavía hacía frio. Caminé unas nueve cuadras de arena, en las que sólo me crucé con algún perro que me ladró a modo de saludo y los pájaros que, como yo, aprovechaban el buen clima. 


El aire comenzaba a oler a flores transformándose en viento mensajero de la primavera que se acercaba.


Mariana Schwartzman

 Eutonista, psicomotricista, profesora de expresión corporal y escritora

De chica tuve dos pasiones: la danza y la escritura. Elegí la primera, vaya a saber una por qué, para hacer de ella una profesión. Me dediqué y me dedico aún al cuerpo y el movimiento. Soy Eutonista, Psicomotricista y Profesora de expresión corporal.

 

En tiempos de pandemia, los algoritmos de Instagram me juntaron con Marian Mazover y de su mano y su palabra volví a encontrarme con mi otra pasión de la infancia.


La escritura y la lectura me acompañan de maneras muy presentes desde ese momento. Me mudé a Las Gaviotas y por eso el bosque, el mar, la playa y el pueblo están muy presentes en mis textos.