Todas las familias felices se parecen

Marilao

Por Regina Dignani.

 

“Alvarito Marilao, Marilao, ¿me escucha? ¿Hay satélites en su planeta, tengo manera de hacerle llegar un mensaje? Usted siempre volando, Marilao, el día que en vez de alas estimule ese cerebro que tiene de adorno quizás le salga la tabla del dos. Alvarito Marilao, qué raro usted mirando por la ventana, ¿está esperando que algún pajarito le traiga la tarea? ¿Nos va a dar el gusto algún día de agasajar a la clase con un deber hecho? Marilao, gracias por bostezar, es la primera vez que lo veo con la boca abierta. ¿Marilao usted sabe hablar? ¿Marilao usted escucha? ¿Marilao usted entiende?”

Me acuerdo su voz como si fuera hoy. La señorita Beti. Para mi desgracia, no sólo fue mi maestra de primer grado sino de los seis años siguientes. Por esas cosas de la inercia ella iba pasando de grado junto a nosotros.

Todos los días se repetía el mismo cantar: “¿Marilao usted vino hoy o trajo una estatúa para distraernos?”

Se esmeraba la muy turra con los chistes. Se lucía conmigo. Y como mis compañeros se reían con todo lo que ella me decía, parecía que se llevaba los chistes preparados de la casa. Era como si el aula fuera su auditorio, su teatro a sala llena, y se sacara conmigo las ganas de aplausos. Y yo la padecía tanto que ni mirarla a los ojos podía. Sentía que, si por un instante se cruzaban nuestras miradas, se iba acordar que yo existía y ahí iba a volver a la carga conmigo. 

Una vez pasó exactamente eso. Llegó distinta, apagada, como si hubiera tenido un problema antes de entrar al aula. Empezó a hacer formulas en el pizarrón sin advertir la presencia de nadie, estaba en su mundo. Ya llevábamos una hora de clase y era la primera vez que no me nombraba. Ni lista había tomado. Yo tenía un alivio que nunca había sentido: por primera vez pasaba desapercibido para las burlas. Pero cuando se dio vuelta para dictarnos la consigna tuve la mala suerte de estornudar y la miré con pavor, como si me hubiera salido de un escondite antes de tiempo. Y ahí me vio y empezó con todo.

“Marilao estornudó: ¡qué emoción, hay sonido en esa boca! Quizás algún día nos hable. El día que hable vamos a hacer una fiesta. Ojo, Marilao, que cuando se genera tanta expectativa después hay que decir algo importante, ¿eh?”.

Nunca le contesté. No me salía. Pero con los años aceptaba sus burlas como un mal necesario. Me ponía en piloto automático y trataba de escucharla como si le hablara a otra persona.

Cuando no la tuve que volver a ver, dejé de pensar en ella. Me desprendí de su recuerdo como quien se aleja de los fantasmas o de los bichos.

Pero ahí estábamos los dos, treinta años después, por esas gracias de la vida.

“Por favor, doctor, salve a Blanquita, es lo único que tengo. Está como muerta, no come, no ladra, casi ni se mueve”, me dijo afligida mientras se abrazaba a una cachorra de raza chihuahua.

Yo la miraba fijo y nada, la señorita Beti no reconocía ninguno de mis rasgos. Y eso que continuaba teniendo mis marcas más distintivas. Mi pelo negro y lacio seguía exactamente igual pese al paso de los años, mi piel oscura, los lunares que se me arremolinaban en los ojos marrones y achinados. Nada de mí le llamó la atención, me hablaba como si no tuviera la mínima sospecha de quien tenía en frente.

Revisé a la perra con detenimiento, hice algunas preguntas, y llegué a la conclusión de que no tenía nada más que una intoxicación. 

En ese momento sonó el teléfono y aproveché para que la señorita Beti escuchara: “Álvaro Marilao, en qué puedo ayudarle?”. Lo dije claro y fuerte, pero ella no hizo ni una mueca que diera cuenta de que mi nombre le resultara conocido. 

Corté rápido la comunicación y volví a dirigirme a Beti: “Me la vas a tener que dejar, hay que hacerle algunos estudios”.

Beti no se quería separar, pero confió en lo que le dije y se desprendió de su perra entre lágrimas.

Una vez solo con Blanquita, le di una pastilla para desinflamarla y para que pudiera vomitar lo que la estaba obstruyendo. Lo hizo esa misma noche y a la mañana siguiente se encontraba llena de energía.

Beti vino a buscarla a las ocho en punto, recién estaba abriendo el local. No me dejó ni tomarme el primer café del día que ya estaba insistente con llevarse a su perra. Y yo que había dormido poco y nada pensando en lo que iba a hacer, le dije que había tenido que practicarle una intervención de urgencia la noche anterior. Ella quiso verla. Le dije que se recomendaba que continuara unas horas más en un espacio aséptico para prevenir cualquier infección. A Beti no le agradó escuchar eso y me llenó de preguntas que yo esquivé con elegancia técnica. Al rato bajó la guardia y se desahogó llena de congoja. Que, aunque Blanquita era cachorra y estaban juntas hacía poco tiempo, había llegado a su vida luego de una gran pérdida. Que antes de la llegada de Blanquita tuvo que ver morir a su perra con la que había vivido once años. Y que Blanquita le había devuelto la alegría de vivir, por lo que ella necesitaba decirle que acá estaba mamá para cuidarla. Yo le pedí que tuviera paciencia, que en ese estado lo mejor era que se quedara en quirófano unas horas más con pronóstico reservado. Beti no se quería ir. “No entiendo como no puedo entrar a verla, doctor”, me insistía. Y se quedó un rato con el rosario enganchado en la muñeca, quería que por lo menos su perra escuchara sus rezos.

Yo no paraba de pensar en qué hacer, sabía que Beti no iba a soportar la espera mucho tiempo más.

Intenté sacarle tema de conversación, le pregunté en donde trabajaba. Ella me dijo que estaba jubilada, que había trabajado más de cuarenta años en la escuela número cinco del barrio. Aproveché la oportunidad y le dije: “Qué coincidencia, Beti, yo hice todo el primario en la cinco, capaz que hasta me tuviste de alumno”. “¿Como era su apellido, doctor?, me contestó ella, “Tuve tantos alumnos que me cuesta retener los nombres.” “Marilao, Álvaro o Alvarito Marilao, ¿le suena?” le pregunté clavándole los ojos para que me mirara fijo y tratara de recordar. Ella revoleó la vista como si buceara en el vacío y al cabo de unos segundos contestó: “No, doctor, debe haber tenido otra docente, no me suena para nada”.

Me llené de ansiedad. ¿Cuánto tiempo tenía que pasar para que Beti me recordara? ¿Podría haberse olvidado de mi nombre tan rotundamente después de haberlo pronunciado hasta el hartazgo?

“Bueno, Beti, vaya yendo para su casa, yo me voy a comunicar si hay novedades. Venga a buscarla a la tarde”, le cambié el tono y la fui empujando sutilmente hacia la puerta.

Ni bien se fue, cerré la persiana del local, le puse el candado, y me subí a la camioneta. Pensé en Lorena, mi amiga de la facultad, que tenía un campo a unos 50 kilómetros de la ciudad con varios perros de distintos tamaños y razas. Me acordé de la cusquita, una cachorra cruza con chihuahua, del mismo tamaño que Blanquita, pero muy agresiva y que siempre nos mordía los pies. Le mandé un mensaje para avisarle que iba, y arranqué.

Lorena me dejó llevarme a la perra sin pedir demasiadas explicaciones. Me dijo que le estaba haciendo un favor. Que era una perra muy mañera. Que no se había adaptado bien al campo y había que estar esquivándole los tarascones. Me alegró escuchar eso y le di un abrazo efusivo. Ella me puso cara de desconfianza, pero me la dejó pasar. Me ayudó a cargar la perra en el asiento del acompañante y la sujetamos con el cinturón de seguridad. También me regaló un bozal para evitar que la perra me hiciera algo durante el camino.

Cuando llegué a la ciudad, volví a entrar en la veterinaria, pero la dejé cerrada al público para evitar cualquier interrupción. Le di unos tranquilizantes a la cusquita para que estuviera dócil y traje a su lado a Blanquita para examinarlas. El color del pelaje era similar en ambas, pero tuve que rapar a la cusquita para que no se le notara que al tacto eran diferentes; Blanquita tenía un pelo suave y sedoso, en cambio el pelo de la cusquita raspaba. Y aunque Blanquita era más rellena y de mirada clara, todo lo que no se iba a poder igualar de una en la otra iba a quedar librado al diagnóstico degenerativo con el que Beti tendría que lidiar a partir de ahora.

A la tarde, la esperé con la cusquita dormida y con un as bajo la manga, una foto del 3er grado B del año 1987. La señorita Beti posaba firme al costado del grupo parada delante de las gradas del lado derecho y yo estaba en la última fila del lado izquierdo, con una sonrisa extremadamente falsa porque Beti siempre nos amenazaba que teníamos que sonreír en las fotos escolares.

Cuando Beti llegó, me pidió urgente ver a Blanquita. Yo le contesté que ya se la traía pero que antes quería compartirle la fotografía que había encontrado entre mis recuerdos. Ella miró la foto distraída, pero de golpe se acomodó los anteojos y dijo: “Juan Pedro Lejarraga, este chico es hoy un cirujano muy famoso, ¿sabe?”. E inmediatamente abandonó la foto y me volvió a preguntar: “¿Y Blanquita?”

“No sabía”, le respondí, “es que pasaron muchos años y yo soy muy volado, Beti, siempre volando Marilao”, le contesté como si estuviera drogado de indignación.

Beti se sacudió, y se puso impaciente. “Quiero ver a Blanquita”. Yo le dije que me esperara un momento y fui a buscarla. En pocos minutos aparecí con la cusquita sedada envuelta en una manta. Parecía una cachorra mimosa gracias a los tranquilizantes.

Beti se le abalanzó, la alzó en brazos y la miró con mucha desconfianza. “No parece mi Blanquita”, me dijo. “Está no es mi Blanquita”, me increpó. Yo le expliqué con tecnicismos abstractos para que no pudiera comprender del todo, pero le aclaré que era consecuencia de su enfermedad por lo que podría advertir cambios de carácter además de los físicos.

Beti se contrarió. “¿Pero y sus ojos miel? ¿Sus orejas abultadas? ¿Y el pelito en el cuello que la hacía parecer de peluche?”, Me preguntó con total desconcierto.

Yo le dije que la caída del pelaje y las ulceras corneales eran parte del diagnóstico pero que posiblemente con la medicación y los jabones capilares que le iba a indicar para que le suministrara durante los próximos días, iba a ir recuperando muchos de sus rasgos.

“No es mi Blanquita”, insistía ella. Y yo le aclaraba que no tenía que perder la fe en su recuperación, que era fundamental que ella tuviera paciencia y confiara.

A la décima vez que Beti dudó, la empecé a apurar. “¿Te la vas a llevar así o preferís que la recuperación la haga acá? Porque cada día de guardería tiene su costo, Beti, lo ideal es que lo haga en su casa con cuidados afectivos además de médicos.

“Es que me cuesta creer que sea ella, usted se la debe haber confundido con la de otro cliente”, me dijo aturdida. “La invito a revisar todo el local si tiene dudas, Beti, pero le aseguro que no hay confusión”, le dije rápido y no la dejé pensar. Me acordé de las marcas que tenía Blanquita en sus patas traseras y que las había reproducido tal cual en la cusquita. “Aferrate a lo que continúa igual” le dije sereno. “Mirá sus marcas. Mirá su collar que la une a vos. Sentí como tiene el mismo olorcito de siempre, está reclamando volver a su casa y a tus cuidados”

Ella me devolvió una mirada agria pero no soltó a la perra.

Me apuré a entregarle la factura y me pagó con disgusto pese a que le había cobrado lo justo y lo necesario. Después, se apresuró a la salida porque la perra empezaba a despabilarse y se le estaba queriendo escapar de los brazos. Pero cuando llegó a la puerta, se paró en seco y se dio media vuelta. Me miró fijo, desafiante. Y la vi tal cual la recordaba, había vuelto. La misma expresión, la misma mirada de treinta años atrás.

“Ni curar una perra, Marilao”, me dijo.

En ese momento, para sorpresa de los dos, la cusquita ladró fuerte y le salió el mismo timbre que Blanquita. Eso hizo estremecer a Beti que rápidamente se amansó y le dijo a la perra. “Ya vamos para casa, mamita, tranquila que ya nos vamos”. La cusquita le lamió la cara y pareció que le daba besitos con la lengua. Yo observé extrañado la escena. Beti me volvió a mirar, pero esta vez para cerrar la puerta cordialmente con un “buenas tardes”.

Cuando se fue, sentí mi agotamiento, como si recién aterrizara de un viaje eufórico al pasado. Me quedé agazapado en el local esperando alguna represalia, pero nadie apareció. Cuando se hizo la hora del cierre, agarré el teléfono y llamé a Malena. Mi respiración se calmó al escuchar su voz.

“¿Viste la perrita que tanto me pediste?”, le dije. “Está ahora conmigo, estamos yendo para casa”. 

Corté la llamada con la alegría de mi hija resonándome en el pecho y fui a buscar a Blanquita. La perra movió la cola y me siguió. Cuando llegamos a la puerta, la levanté, la tapé con mi campera, y nos alejamos del local en un perfecto silencio.

Regina Dignani

Escritora y Lic. en Comunicación

Nació el 3 de enero de 1978 en la ciudad de Bahía Blanca. 

Es egresada de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. 

Realizó publicaciones en antologías poéticas y narrativas y publicó el libro “No está ahí” con la editorial De los Cuatro Vientos.