Diario
Por Mariano Laski.
12 de julio de 1990
Emprendo el viaje que desde hace varios años vengo soñando, seis meses fuera de Argentina, un cuatrimestre de facultad que dejo pendiente: primero a Israel a visitar a mi amigo Jorge; luego sigo a Suiza donde espero que mi amiga Marylin me consiga algún trabajo para poder viajar por Europa; y cierro en New York pasando Navidad en lo de mi prima Lauri.
Viajo solo y con lo justo: pasaje de ida y vuelta y un pase de tren por dos meses.
El viaje hasta Tel Aviv va a ser eterno, casi 48 horas, pero eso es lo de menos, tengo la adrenalina a flor de piel, quiero que el avión despegue ahora mismo.
26 de julio de 1990
Me despierto temprano en Netanya en la casa de Jorge. Hace algunos días que lo estoy ayudando a envasar hielo en bolsas y salir a repartirlas en una camioneta, a medida que van entrando los pedidos en el beeper.
Conozco lugares nuevos, me divierto con mi amigo y los clientes dan buenas propinas que me vienen muy bien; cuantas más bolsas cargo en cada entrega, mejor se recompensa el esfuerzo.
19 de agosto de 1990
Desde Berna salimos con Marylin para Mathod, cerca de Lausana, donde está la casa de sus padres y que será la mía durante los próximos dos meses en los que voy a estar trabajando en un aserradero.
Caminamos por el pueblo que tiene 500 habitantes, todas las casas están al borde de una ruta. Mi amiga se vuelve a Berna. Su madre, que solamente habla francés – idioma que ni siquiera estudié en el secundario y que desconozco por completo – . Creo entender que me dice que se va a dormir y que me deja la comida en el horno.
Estoy repleto de dudas.
24 de agosto de 1990
Una vez terminado el día de trabajo, Monsieur Perret, dueño del aserradero, llama a su hija que hace de traductora del francés al inglés, y me dice que así no le sirve mi trabajo porque no entiendo las órdenes que me dan él o mis dos compañeros -unos franceses leñadores que gruñen en vez de hablar –, y que en una semana volvemos a hablar.
Tiene razón, lo mío aquí es pura fuerza y traslado de troncos y maderas, no comprendo nada de lo que me dicen: si me indican que tengo que llevar diez listones para la derecha, cargo tres y hacia la izquierda.
Este trabajo me va a permitir, si continúo, pagarme todo el viaje por Europa. No se trata de una experiencia solamente, es una necesidad. si no trabajo, no viajo.
06 de septiembre de 1990
Mi francés mejora día tras día, intento hacerme entender y lo logro, nunca tuve vergüenza para lanzarme a hablar idiomas aunque no tenga mucha idea.
La vida es aburrida, no tengo mucho qué hacer. Vuelvo del trabajo, ceno a las seis y media de la tarde y después escribo cartas o leo las que recibo, miro la televisión todo lo que puedo, leo los diarios del lugar, toco la guitarra, me duermo temprano. Así pasan los días de lunes a viernes.
19 de septiembre de 1990
Salvo el llamado semanal de cinco minutos que hace mi mamá, las cartas son la única forma que tengo de conectarme con mi familia, con mis amigos, con las noticias de Argentina y, sobre todo, de Atlanta.
El correo es una oficinita que está enfrente de la casa donde vivo y que abre y cierra a las trece, justo cuando empieza mi hora de almuerzo. Me apuro para ver si el cartero me está esperando en la puerta del correo ya cerrado, lo que quiere decir que me llegó correspondencia. Si está ahí parado, hay alegría para todo el día.
08 de octubre de 1990
Empieza el viaje, decido arrancar por París, y si bien no tengo rumbo fijo, el 22 de octubre, día del cumpleaños de mi mamá, quiero estar en Copenhague, ciudad que ella siempre me dice que quiere conocer, así la sorprendo con un llamado desde ese lugar soñado para ella.
Lo primero que hago es ir a la hemeroteca del Pompidou. Encuentro una versión internacional de La Nación de un par de semanas atrás y me la devoro. Me paso toda la tarde leyendo diarios y revistas en español.
12 de octubre de 1990
Son las 3 de la mañana y el ómnibus en el cual vengo desde París me deja en Victoria Station. El horario de llegada debió haber sido a las 5 y media, pero se adelantó porque tomamos el ferry anterior.
Me tiro en el piso del hall central de la estación apoyado sobre mi mochila, prendo el walkman y en la radio suena Kingston Town de UB40. Me quedo dormido hasta que me despierta el trajinar de la gente que viene a la ciudad a trabajar. Cambio dinero y voy para la casa de Dorita.
En la casa son religiosos, y como es viernes a la noche, se hace la ceremonia del kabbalat shabbat que se interrumpe cuando suena el teléfono: es mi papá. Algo malo tiene que pasar, sino él nunca hubiera llamado, lo hubiera hecho mi mamá. Me dice que ella está con una hepatitis complicada y me pide que vuelva a Buenos Aires. No le creo y llamo con cobro revertido a Silvia, quien me cuenta que mi mamá está con un cáncer muy avanzado sin que haya nada por hacer. Un año atrás le habían sacado un nódulo en el pulmón. Hasta que yo me fui de Argentina, todo estaba bien.
No puedo entender lo que está pasando, todo a mi alrededor transcurre en cámara lenta, me hablan y no escucho. Me ofrecen whisky, un tranquilizante. No quiero nada.
14 de octubre de 1990
El avión aterriza de madrugada en Buenos Aires. No dormí en toda la noche. Intenté hacerlo con un benadryl y dos vasos de vino, pero en vez de que se potenciara la narcolepsia que me da el remedio, me generó una excitación que no me permitía mantenerme sentado. Lo único que se potenció fue mi angustia insomne.
Me esperan mi papá y mi hermano. Llegamos a casa y mi mamá que piensa que tiene hepatitis me abraza arrodillada en el piso para evitar un supuesto contagio, llora y me pide perdón por haber interrumpido mi viaje.
19 de octubre de 1990
El domingo es el día de la madre y el lunes el cumpleaños de mi mamá. El último día de la madre y el último cumpleaños que voy a pasar con ella. No me gustan los shoppings, pero voy a uno y le compro dos regalos.
16 de noviembre de 1990
Acompaño a mi mamá a Pozzi en la Avenida Santa Fe para que se compre una peluca. La quimioterapia ya le empezó a hacer efecto. No entiendo por qué la tienen que someter a un tratamiento tan degradante cuando ya no queda nada para hacer.
05 de enero de 1991
Desde el 24 de diciembre, cuando festejamos la nochebuena, mi mamá no se levanta de la cama. Ella estaba radiante y alegre. No puedo entender de dónde sacó fuerzas y ganas. Fue su despedida.
Estoy solo en mi habitación, alguien me avisa que ella está respirando cada vez con mayor dificultad, quiero estar solo.
Viene mi papá a avisarme que se murió. No la quiero ver, quiero quedarme con el recuerdo de ella viva.
Me estoy duchando. Mi hermana me pide que salga porque vinieron de la cochería a llevarse el cuerpo. Le digo que no quiero. El agua helada cae sobre mi cuerpo.
Hoy conozco a la muerte. Me da pánico. Es una sensación insoportable. Espero que pase pronto.
Mariano Laski
Escritor y abogado.
Mariano Laski nació el 13 de mayo de 1968 en Buenos Aires.
Hincha de Atlanta desde la cuna y abogado desde hace 33 años, a partir del 2021 está trabajando en un proyecto de relatos autobiográficos y participando en los talleres de escritura de Mariana Mazover con el objetivo de registrar situaciones relacionadas con sus vínculos, viajes y pasiones.