Todas las familias felices se parecen

Un insomnio

Por Véronica Klas.

“Cuando las veo alejarse de la mano, detrás de los animales, comprendo que mis hijas son ya parte de otro mundo” 

Clara Obligado

 

 

Avanza la noche y tira lentamente del hilo del miedo. Quiero tejer una manta con esta madeja, una manta que nos abrigue. Que abrigue a mis hijes y me abrigue a mi. 

Acompaño a la más chica a dormir. Termino de leerle otro capítulo de “La máquina de hacer los deberes” y siento cómo su peso empieza a ceder sobre mi brazo mientras su respiración se hace más profunda. Dejo el libro y la miro dormir en este primer tiempo del sueño que es frágil y pide cautela. Está abrazada a una ardilla de peluche con ojos grandes que le regalaron para su cumple de 3, hace 6 años y al lado suyo duerme el Negri, el bebé que fue de su hermana mayor y que en algún momento tomó como propio, asumiendo que ya era tiempo de hacerse cargo de esa herencia.  Ahora, ocupa todo el largo de la cama, mi chiquita. La chiquita que queda en casa cuando los hermanos salen. La que todavía se duerme en las reuniones si son hasta muy tarde y a la que hay que llevar a upa hasta la cama.  

Nunca termino de entender del todo cómo es que crecen. Es raro lo que pasa mientras la vida cotidiana pasa. Los fideos, los piojos, las amigas, los amigos, las preguntas sobre la muerte, pelar manzanas, las reuniones de la escuela, el viaje de egresados, la chocotorta.

Esta va a ser una noche larga, lo sé.

Me escurro por el borde de la cama hasta el piso, sacando suavemente mi brazo adormecido de debajo de su cuerpo. Ya en el suelo, voy rolando hasta la puerta y me levanto para pasar por el cuarto de mi hijo del medio a saludarlo, hasta mañana que descanses mi amor, y después subir al mío. Acrobacias silenciosas, destrezas de la noche de las madres.

Me acuesto, tomo el libro que empecé a leer hace unos días, no puedo. M cabeza es una colección de imágenes, un museo desordenado, escenas de playa, arena y baldes, actos escolares y cumpleaños en saloncitos. 

Esta noche soy una madre que espera a que su hija adolescente vuelva de una fiesta. De la primera de las que empiezan a las 2 de la madrugada.

Soy nueva en esto. Cuánto será mucho o poco de cuidados, recomendaciones y límites. 

No sé si será la herencia de mis antepasados escapándose de la guerra, no sé si será la herencia del miedo, o qué, pero si no pongo algo que haga de contrapeso, la tragedia se hace un festín conmigo. Por momentos la balanza se derrumba para el lado del mal y vuelvo a empezar, más desgastada.

Buenos Aires desde los ojos de madre es mucho más hostil. A mis 17 no le tenía miedo a nada. De todos los riesgos que corrí, siempre salí por el lado de la suerte. 

Esto me va a llevar unos años, lo sé, algún día voy a dormir, y a leer y hasta voy a irme de viaje mientras ella sale.

Miro fijo el libro como queriendo hacer desaparecer todo lo que lo rodea. El problema es que las interferencias vienen de adentro. 

Bueno ok, no voy a leer esta noche. Recolecto imágenes y sensaciones que andan dando vueltas, recorro la casa que está en mi cabeza, el silencio tibio, la imagen de mi hijo leyendo (él puede), el cuarto de la mayor, la guitarra, los posters, la adolescencia, las ganas de salir al mundo, de descubrirlo, de bailarlo. La cama hecha esperándola. La chiquita y los mimos en la panza que me pidió y que amé hacerle. La cama llena de muñecos. El Negri. Tiene el bracito descosido, tenemos que ocuparnos de eso. 

Quiero dormir. Hay tantas cosas que no pensé cuando decidí ser madre. Hay tantas cosas que me dan miedo, que me enojan, que me hacen feliz. Hay tantas cosas en mi cabeza ahora mismo, tengo adentro una rockola enloquecida.

Tomo valeriana.  Una sana costumbre. 

Agarro el celular. La médica ayurveda me dijo que no lo tenga a la noche en la cama, que trate de no ver pantallas desde un rato antes de dormir. No me sale. Miro y no veo nada, veo borroso, nada me interesa. Empiezo a fastidiarme. Lo dejo y chequeo que la alarma esté puesta. Va a sonar en 4 horas y 23 minutos. 

El insomnio es tierra fértil para que crezcan monstruos.  ¿Por qué no abonar la noche con algún otro ingrediente que la vuelva mansa?

Algo ruge desde el fondo de la intemperie y yo me entrego a lo que no se puede saber. 

Dejo de pelear con los fantasmas y como activado por un interruptor, se despierta un geiser adentro mío. Lloro. Lloro mucho. Lloro con mocos. 

Tengo una sensación de desprendimiento, de algo que muere, algo que estaba en mí y ya no más.

¿Cómo entraba tanto llanto en este pecho? 

No sé a qué hora termina la fiesta. 

Me acuerdo una vez que le dije a mi mamá que volvía a las 3 y volví a las 5. Quizás ya tenía 18. Cerró con llave y me quedé afuera del departamento, en la escalera hasta las 8 de la mañana. No lloré. Ahora lloro también la culpa de mi madre, desesperada de miedo, asomada a sus propios abismos

Lloro y me dejo llevar empujada por el tiempo.  

Llega por fin el suspiro acongojado y casi dormida, vuelvo al libro para rematar el sueño que va viniendo y leo: “Como si fuera fines de octubre y llegaran los días fríos, pero las hojas marrones y crispadas no pudieran desprenderse porque algo en ellas, o algún tipo de contención universal, las retuviera.”

¿Qué es esa fuerza que se empeña en retener lo que debe desprenderse?

¿Qué se necesita para dejar ir?

Algo se desprende y algo nuevo crecerá. Un círculo más se dibujará en la corteza del árbol, una nueva cicatriz con forma de camino.

Tengo pan de masa madre para hacer tostadas para el desayuno. Y mermelada de frutos rojos.

Solo me queda amanecer bajo este cielo inquieto.

Verónica Klas

Escritora, psicológa y mamá.

Es Psicóloga, egresada de la UBA, Psicoanalista con perspectiva de género, Capacitadora en ESI, Psicodramatista, 

Actriz y directora de Teatro Espontáneo, madre de 3. 

Actualmente, desarrolla su práctica en consultorio y es parte de la compañía Hilo Rojo, teatro espontáneo. Escribe, algunas veces.