Todas las familias felices se parecen

Verónica

Por Daniela Jaschek.

 

Cuando papá nos dejó yo tenía trece y estaba entrando en lo que mamá llamaba un pedo místico. Fue el primero, y el único en toda mi vida, que tuvo como centro a la religión católica. Mamá odiaba a las monjas desde su época de pupila y a papá le tiraba más la ciencia que el esoterismo, así que no sé de dónde saqué yo ese delirio de ir a misa todos los días y entregarme con los ojos cerrados a darle la mano al de al lado y cantar el padrenuestro, extasiada de emoción y buenas intenciones.

A mí me atraía exactamente todo eso que mis padres despreciaban: hundirme en el lodo de la culpa, expiar mis pecados, buscar la santidad en el sacrificio, entregarme a lo eterno y lo infinito.  No había palabra grande que me sobrara.

Una mañana después de la misa se me acercó Verónica, la chica que acompañaba con la guitarra las canciones de la liturgia, y me preguntó si quería participar de las reuniones de jóvenes.  Ella era cuatro años mayor que yo y tenía una sonrisa que iluminaba cualquier lugar donde estuviera. A diferencia mía, tenía unos padres que no se habían separado y una familia amable que hablaba susurrando, como pidiendo permiso al Señor para romper el silencio. Tenían muchas hectáreas de campo y una casa con tejado que era la más linda del pueblo.

Cuando Verónica me hizo la propuesta, me sentí elegida, como si eso fuera una señal que yo estaba esperando. Pensé que ella veía en mí una posibilidad, algo especial que yo misma no terminaba de reconocer. De la emoción, casi no pude contestarle.

Esa tarde le dije a mamá que los sábados iba a estar ocupada. Ella se burló cuando supo el motivo, pero no puso objeciones. 

Las reuniones de jóvenes resultaron ser más aburridas de lo que pensaba. Nos sentábamos en círculo, alguien leía algún pasaje del nuevo testamento y todos comentaban. Un cura joven ordenaba los debates y ofrecía la interpretación correcta. Cuando alguien cuestionaba demasiado, apelaba a su frase favorita: los caminos del Señor son inescrutables.

Verónica decía que yo era muy madura para mi edad, y empezó a invitarme a su casa. Un día sacó de su biblioteca Juan Salvador Gaviota y me lo prestó. Leelo, dijo, y lo conversamos. Juan Salvador fue el eje de innumerables charlas. Ella decía que la gaviota protagonista era Cristo, y yo asentía, podía ser, en una versión más libre que la del cura que se conformaba con lo inescrutable de los caminos. También era nuestra referencia interna ante terceros. Nos mirábamos y decíamos: como Juan Salvador. O a veces nos mirábamos solamente y ya sabíamos. 

Un día Verónica me dijo que hacía tiempo que me estaba prestando atención cuando cantaba en la iglesia, y que podía probar sumarme al coro juvenil en el que ella participaba. Le dije que lo iba a pensar, que no tenía mucho tiempo, pero la verdad era que no confiaba en mi voz y me aterrorizaba la idea de decepcionarla. Preferí no arriesgarme.

Cuando nos hicimos más amigas, empecé a quedarme a dormir en su casa. Poníamos un colchón en el suelo, al lado de su cama, y hablábamos en la oscuridad hasta que ella decía hasta mañana y se dormía. Yo me quedaba despierta un buen rato, mirando el techo con el hilo de luz que se filtraba por la ventana, imaginándome cómo sería vivir en esa casa, con esa familia, ser Verónica.

Una noche, cuando ella ya dormía, escuché gritos que venían de la habitación de al lado. Un golpe en la pared, un llanto… me hacés ver como un parásito, decía el padre, tu viejo no me aceptó nunca, yo sabía que. Las voces se perdían por momentos, yo afinaba el oído. No aguanto más, toda la vida viviendo de prestado decía el hombre, no levantés la voz que los chicos duermen decía la madre, que se enteren, papá no te perdonó nunca aquello. 

Yo trataba de llenar los huecos. No sabía de qué hablaban pero conocía el tono, la rabia contenida, el susurro a gritos. El padre redobló la apuesta: me cagaron la vida vos y ese viejo de mierda y la madre en un giro inesperado: bien que aprovechaste.

Después un portazo y unos pasos alejándose por el pasillo.

Verónica prendió el velador. Tenía los ojos rojos y le temblaba el labio de abajo. Se levantó en silencio, cerró la puerta de la habitación, me miró y dijo: ¿rezamos? Me agarró fuerte las dos manos y empezó a recitar un ave maría.

A la mañana siguiente, el desayuno fue frío. El padre tomó un café de parado y dijo que se iba al campo. Verónica y la madre levantaron las tazas sin decir una palabra.

Dije que me tenía que ir temprano. Sentía la vergüenza del que estuvo sin querer en el lugar equivocado, como si fuera mi culpa la pelea, el llanto y la vergüenza de ellas.

En los días que siguieron no ví a Verónica. Ella no fue a misa ni me buscó por teléfono. Yo no sabía si quería verla. Tenía un sentimiento innoble de estafa, pero no sabía cuál de las dos era la impostora.

Los encuentros se fueron espaciando sin que mediaran excusas ni explicaciones; yo empecé a ir a misa salteado. Una tarde encontré, caído atrás de la mesa de luz, su ejemplar de Juan Salvador Gaviota. Le dí vueltas entre las manos un rato y decidí jugarme a suerte o verdad: me fui hasta su casa sin llamar antes por teléfono. Verónica no estaba. Le dejé el libro a la señora de la limpieza.

 

Daniela Jaschek

Escritora y antropóloga

Nací en 1964 en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Me fui temprano, aunque eso es una manera de decir: nadie se va nunca de su pueblo.  Viví veinte años en Posadas, donde estudié antropología, hice teatro, trabajé con comunidades rurales y gestioné, junto a un grupo de amigos maravillosos, un espacio cultural en dos galpones del viejo puerto.  

En el 2005 me instalé por algunos años en la Ciudad Autonóma de Buenos Aires, y en esa ciudad en la que no me hallaba, tuve la suerte de encontrar el taller de dramaturgia que Mariana Mazover daba en el Teatro La Carpintería. Siempre me gustó escribir, pero escribía: proyectos, cartas, diarios, informes. Desde hace casi diez años, en los talleres de Mariana, escribo cuentos, relatos, obras cortas. 

Hace cinco años volví a mudarme, y vivo otra vez en un pueblo.