Primera entrada
Por Victoria Gallarza.
Abrir los ojos en la madrugada se convirtió en mi nuevo hábito nocturno. Puede que sean las dos, las tres o tres y media. Siempre la rutina es la misma: mis párpados se separan, tanteo con la mano los celulares que suelen estar la mesa de luz o en el piso, busco los anteojos que escondo dormida entre el colchón y la almohada, chequeo mensajes de Argentina y reviso si alguien me escribió por WeChat.
Esta noche, una vez más, sigo al pie de la letra esta seguidilla de acciones tras las cuales, mi pupila inquieta comienza a observar todo aquello que cruza su visual. Veo mis manos, la puerta del baño entreabierta, la lámpara circular del techo y la luz azul del purificador de aire que alumbra directo una de las patas de la mesa donde está apoyada la pila de ropa lavada.
Justo enfrente del escritorio está el ventanal que da a Dongzhimen. Memorizar la calle donde vivo me llevó poco más de tres meses. Primero aprendí el nombre del distrito: Dongcheng. Luego, el de la avenida: Dongzhimen. La escritura fue más difícil. Aún observo con extrañeza cada carácter, lo transcribo y me recuerdo copiando del pizarrón en la primaria de Parque Chacabuco: D-O-N-G-Z-H-I-M-E-N.
Miro en detalle los edificios iluminados y me llama la atención dos picos dorados sobre la derecha. Analizo la convexidad de cada lado y cómo estos convergen en un vértice agudo perfectamente alineado a cada torre.
En el otro extremo, distingo que la estructura de hierro curvada que se ve a lo lejos es la Zun Tower, el rascacielo más alto de Beijing que está ubicado en el Central Business District. Leí por ahí que se inauguró el 2018 y que del total de sus pisos, sesenta son oficinas, veinte departamentos de lujo; y otros tantos, un hotel con 300 habitaciones.
Hace unos días me propuse conocer su rooftop garden. Luego de andar veinte minutos en bicicleta a pleno rayo de sol de un mediodía de calor seco, cuando llegué, me dirigí a la entrada y el señor de seguridad sacudió la palma de su mano frente a mi cara mientras repetía con cierto ritmo el monosílabo “bù” que quiere decir no.
Insistí. Hice el gesto de por favor con las manos y con el dedo me señalé el pecho y dije las palabras “Arshentina” y “Meisshi”. Fue inútil. Ni los casi 20 mil kilómetros de distancia que separan mi casa de esa mole de cemento y hierro ni mi vínculo coterráneo con el astro del fútbol me permitieron acceder a esa panorámica a 528 metros del suelo que ahora, mientras aboyo la almohada, intento imaginar.
La altura, pienso, tiene cierta épica. El ascenso deviene en desafío y la cima en recompensa. ¿Hasta dónde hubiese podido ver? ¿Me hubiera dado más vértigo mirar hacia abajo o al horizonte?
Recostada otra vez, veo este paisaje nocturno del que no puedo evadirme. Noche tras noche, como un bucle que me enreda, me entrelaza y vuelve a comenzar. Quiero dormir pero el impulso del insomnio me lleva a escribir este texto.
Victoria Gallarza
Escritora y Lic. en Comunicación Social
(Buenos Aires, 1989). Es egresada de la carrera de Comunicación Social de la UBA y actualmente está terminando la maestría en Ciencia Política en la UNSAM.
El año pasado se sumó a los talleres de escritura de Mariana Mazover.